mas de trescientos caballeros reclutados por toda Europa.

Justo cuando llegaban a la calle en cuestion, el sonido de los timbales y las largas trompetas les hizo apartarse. Tres sargentos del Temple con tunicas negras y montando caballos arabes abrian el paso haciendo a un lado a la muchedumbre. Detras se adivinaba el beassaunt, el pendon que reunia a los caballeros del Temple en combate. La gente gritaba vivas y vitores a los monjes soldados que habian de mantener Tierra Santa en manos cristianas. Enseguida aparecio un hombre que vestia tunica y sobreveste enteramente blancas y llevaba la capucha de su cota de malla echada hacia atras. Tenia el pelo cano, muy corto, y la barba blanca recortada con esmero. Era un caballero bien parecido que montaba un brioso corcel negro. A pesar de que no se engalanaba con gallardetes y que las riendas y arreos de su montura eran mas bien sobrios, aquel gentilhombre no carecia de cierto donaire, aunque estaba ya entrado en anos.

– ?Viva Andre de Montbard! ?Viva el Temple! -gritaban las comadres y los menestrales que se iban congregando ante tan gallarda comitiva.

Luego pasaron los nuevos caballeros en sus monturas. Iban en fila de a dos y formaban un grupo de mas de trescientos, vestian enteramente de blanco y algunos llevaban cosida la cruz en la espalda, el hombro o el pecho. Al parecer iban donde la barbacana, en el castillo condal, a despedirse y rendir tributo a los Trencavel que, curiosamente, protegian descaradamente a los herejes cataros.

La comitiva era impresionante: muchos jovenes, algunos entrados en anos; la mayoria de aquellos caballeros pertenecia a lo mas granado de la Europa cristiana. Habia francos, normandos, anglos, sajones, frisones, belgas y germanos. Algunos freires delataban por su tez que su procedencia era mas meridional; venian de luchar contra los moros en Espana. Tras los monjes soldado desfilaba marcial la tropa de sargentos, todos de negro y portando cruces rojas en el pecho a la manera de los cruzados. Eran lo menos doscientos. Luego aparecieron los turcopoles, los guerreros traidos de Oriente que servian al Temple como tropa mercenaria. Iban a caballo, armados con largas lanzas en cuyas puntas colgaba la divisa del Temple, con ligeras corazas de cuero y sobre monturas de pequeno tamano. Tras ellos iban los armigueros, que retiraban las deposiciones de los caballos y que hacian las veces de escuderos de los templarios. La gente estaba euforica. Los caballeros iban a Tierra Santa. «?Estare a tiempo de partir con ellos?», penso Arriaga, que no vio a su amigo entre los integrantes del desfile. ?Habria partido ya? Esperaba que no.

?Serian ciertas las sospechas de Silvio de Agrigento? ?Se hallarian ante unos vulgares chantajistas? Era evidente que al Papa y a la Iglesia les interesaba que existieran las ordenes militares. Mantener Tierra Santa en manos de los creyentes suponia un esfuerzo economico y militar insostenible para los Estados cristianos de Occidente. Era logico que el Papa les beneficiara, aunque, ?por que a los templarios y no a la orden de San Juan? Era obvio que existia malestar entre los obispos porque el diezmo habia pasado a manos de la orden del Temple alli donde se fundaban encomiendas y eso suponia que los ricos prelados habian visto mermados sus enormes beneficios. ?Acaso no seria todo cuestion de celos? Arriaga volvio al presente desde sus profundas ensonaciones.

El gentio se iba disolviendo tras el paso del desfile. Unos volvian a sus quehaceres y otros seguian al cortejo hacia el Palatium. Arriaga supuso que Giovanno y Tomas se encontrarian deambulando por ahi, maravillados ante aquel espectaculo y ante la ciudad misma. Rodrigo y Toribio llegaron en unos minutos a su destino: una amplia casona en una calle estrecha, junto a la muralla, de la que pendia una bandera con los colores del Temple. Rodrigo llamo a la puerta, que estaba cerrada pese a la algarabia que reinaba fuera. Se abrio un ventanuco a la altura de su cara y aparecieron unos ojos grises y escrutadores.

– ?Quien va? -Se oyo decir a una voz desde detras del porton.

– Rodrigo Arriaga. Vengo a ver a un amigo, Jean de Rossal. Creo que se hospeda aqui.

El ventanuco se cerro de golpe. Paso un rato.

De pronto el chirrido del inmenso porton les hizo girarse y contemplar a un tipo alto, espigado y de pelo rojo, cortado al rape, que miraba a Rodrigo.

– ?A mis brazos! -dijo el recien llegado, que asemejaba una aparicion.

Jean de Rossal vestia una suerte de sobreveste blanca cenida unicamente por un amplio cinturon. Llevaba botas de cuero y se le adivinaba una fina camisola del mismo material tachonada de piezas metalicas. «Siempre listo para el combate», penso Rodrigo al verle, a la vez que se lanzaba en brazos de su amigo de juventud.

– ?Que bien se os ve! -exclamo abrazando al templario, que llevaba una pequena cruz escarlata junto a uno de sus hombros. Aunque oficialmente debian vestir de blanco, la mayoria de los caballeros se iban sumando a la costumbre de tomar la cruz y llevarla con orgullo sobre la capa y los ropajes, a la manera de los cruzados.

– ?Cuanto tiempo! -dijo De Rossal-. Pero… ?que clase de anfitrion soy? Acompanadme dentro…

Rodrigo hizo un gesto a Toribio y dijo:

– Jean, este es mi fiel sirviente, Toribio, que nos dejara solos para hablar de nuestras correrias y hara unos recados.

Toribio capto la indirecta y se despidio entre parabienes.

Los dos hombres se adentraron en la casona agarrados del hombro.

– ?Estais mas gordo, bribon! -dijo el templario amagando un punetazo al estomago de Arriaga, que lo freno sujetandole el antebrazo. A Rodrigo le llamo la atencion el cambio experimentado por su amigo. Sus viejos bucles habian dejado paso a un pelo cortado a cuchillo casi al rape, al estilo de la gente de armas, y lucia una hirsuta barba que en algunas zonas mostraba alguna cana que otra-. ?Vino! -ordeno De Rossal dando una palmada como el que esta acostumbrado a mandar y ser obedecido.

Un armiguero salio corriendo a cumplir la comanda, mientras los dos amigos entraban en una especie de amplio comedor presidido por una inmensa mesa de nogal rodeada de una amplia bancada. Tomaron asiento.

– ?Vaya, vaya! ?Dichosos los ojos! -dijo el templario sonriendo-. ?Que ocurre? -anadio comprobando que su amigo lo miraba con aire divertido.

– Nada -repuso Arriaga-. Es solo que no os imaginaba como… no se, como un monje guerrero. Os recuerdo mas mundano, estais flaco.

– Todos cambiamos, Rodrigo -contesto Jean sirviendo el vino que habia traido el joven criado-. Todos cambiamos. Oi que teniais problemas.

– Si, con mi rey Alfonso.

– Se decia que os tenia en muy alta estima.

– Demasiada.

– Si, eso precisamente escuche. Pero yo sabia que gustabais de las buenas mozas, aunque el rey Alfonso, pese a buen guerrero, no fuera tenido por demasiado galante… ya sabeis, con las damas. Salud.

Ambos brindaron.

– ?Podeis beber vino? ?Esta permitido?

– Rodrigo, estamos celebrando un reencuentro, ?no? Ademas, esta no es una encomienda, es una casa de paso, una suerte de albergue para los caballeros y miembros de la orden que viajan de un lugar a otro. Por cierto, no os veo proscrito precisamente…

– No, compre unas tierras en los Pirineos y me oculte. Siempre he contado con buenos amigos en la corte que hicieron que el rey Ramiro retirara los cargos contra mi -mintio.

– ?Y la excomunion?

– Mi obispo hizo otro tanto.

– Vaya, se puede decir que os volvio la suerte. Algo oi de una moza…

– Murio. Mi Rey la hizo matar.

– No era un buen tipo, la verdad, aunque con nosotros se porto bien. Al morir soltero nos tendria que haber dejado un tercio del reino, pero…

– Entonces aparecio el Monje, el hermano, que acepto el trono e invalido ese testamento.

– Asi es. No nos quiere bien, no. Pero en fin, el caso es que aqui estais, con la honra restituida y con vuestro viejo amigo.

– Ahora templario.

– Ahora templario, en efecto. Decidi tomar los votos y dejarlo todo. ?Y que os trae por Carcasona? Se os ve bien. ?Algun negocio de la herencia de vuestra madre?

– Quiero unirme al Temple -solto de pronto Arriaga.

– ?No! -exclamo Jean de Rossal sin ocultar su cara de satisfaccion.

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