capitular sita en el segundo piso del magnifico donjon del castillo. Jean se mostraba receptivo a las sugerencias de sus hermanos y solia aceptar las decisiones alcanzadas por mayoria. A Rodrigo se le permitia asistir a las reuniones del capitulo sin voz ni voto, para que fuera familiarizandose con sus futuros companeros y con el funcionamiento de la encomienda. Los dias transcurrian de manera rutinaria entre entrenamientos, a veces en el patio de armas del chateau y otras en una planicie que habia junto al rio, al noreste del pueblo. Alli era donde los catorce caballeros se ejercitaban con sus caballos, realizando cargas como un solo hombre, cubiertos con sus pesadas armaduras y todos los pertrechos. Zeus, el inmenso caballo del Pirineo que montaba Rodrigo, era una bestia imponente, no rehusaba el combate ni se asustaba ante el estruendo del choque de las armas. Estaba satisfecho con aquella bestia.

Arriaga se hallaba moderadamente contento con su nueva vida, no en vano era soldado. El recogimiento y la oracion no venian mal a su perturbado espiritu, por lo que comenzaba a agradarle la idea de profesar como caballero templario. No veia nada raro en el proceder de los pobres caballeros de Cristo, luego, ?que iba a decirle a Silvio de Agrigento? Era evidente que era un recien llegado y que no iban a confiarle los secretos de la orden pero, por otra parte, la conducta de los caballeros, su renuncia y su duro modo de vida, no le hacian pensar que pudieran ser una amenaza contra la Iglesia. Por otra parte, si no lograba descubrir nada, ?cumpliria su promesa Silvio de Agrigento? ?Exhumarian los restos de Aurora y le darian los ultimos sacramentos? Si no habia nada que demostrar, nada raro, nada oculto, Silvio de Agrigento deberia darse por satisfecho. ?O no?

Siempre le quedaria la opcion de aplicarse a ser un buen caballero y rezar a la Virgen para que aceptara su alma a cambio de la de Aurora. Si moria en combate contra el infiel tenia asegurada la gloria y quiza podria ofrecerse a cambio de ella. Seguro que Nuestra Senora aceptaba su sacrificio.

Corrian los ultimos dias de julio cuando Rodrigo se llevo una sorpresa. Aprovechando que los habian enviado a cobrar el diezmo al molino, Robert se cito con su amada en la posada. En aquellos dias salian mucho de la encomienda, pues era el momento de la vendimia y los templarios habian de recoger su parte. Iban acompanados de Toribio y Giovanno, asi que los tres aguardaron en la planta baja a Saint Claire. Pidieron una jarra de vino y al segundo trago Toribio solicito a su amo que lo dejara acercarse donde la puta. Rodrigo lo miro con resignacion y, tras pensarselo un poco, le autorizo a hacerlo. Entonces, la moza de la posada, Beatrice, la que enviara la carta a Silvio de Agrigento, se le acerco y le dijo:

– Alguien desea veros.

Rodrigo miro a Giovanno de Trieste, extranado.

– Esta arriba -repuso la joven.

Arriaga se levanto y siguio a la moza de formas redondeadas. Subio las escaleras tras ella, sin poder evitar reparar en el bamboleo de su oscilante trasero. Olia a lavanda y su sedoso cabello le llegaba casi a la cintura. Las maderas del suelo del primer piso crujian. Le parecio escuchar unos gemidos al pasar junto a una puerta: debian de ser Robert Saint Claire y su amada. Entonces, Beatrice se volvio y mostrandole su mejor sonrisa le abrio la puerta del cuarto de enfrente. Sus ojos eran bellos, verdes, y su sonrisa calida. No pudo evitar sorprenderse al ver a Silvio de Agrigento sentado a una mesa y enfrascado en la lectura de un sinfin de papeles y memorandos.

– Loado sea Dios -dijo el diacono, que vestia una sencilla tunica de cura de pueblo.

– ?Vos aqui?

– Vaya, esperaba un recibimiento mas caluroso. Sentaos y servios un poco de vino.

La puerta se habia cerrado tras la salida de la joven y los dos hombres se quedaron a solas.

Rodrigo se encamino hacia la mesa y, tomando la jarra de arcilla, lleno los dos cuencos de madera.

– Recuerdo nuestro primer encuentro, Arriaga.

– Si, fue algo violento.

– ?Violento? ?Acaso no recordais que a pocas me matais?

Arriaga sonrio.

– Si, domine, si. ?Que os trae por aqui?

– Mi senor Lucca Garesi esta preocupado. ?Cuanto tiempo llevais en la encomienda?

– Creo que dos meses. Algo mas.

– Y en dos meses solo hemos recibido una carta.

– Senor, haceos cargo de que no es facil enviar misiva alguna. La Regla nos prohibe hablar, besar o incluso escribir a la familia sin permiso de nuestros superiores.

– Ya, ya.

– Ademas, no podemos salir asi como asi de la enco…

– Ahora estabais solos.

– Excepcionalmente.

– Bien que habeis aprovechado para hacer de alcahueta y permitir a Saint Claire folgar con la moza. -Rodrigo hizo un gesto de desagrado-. No, no. No penseis que me parece mal; al contrario, tendreis algo con que chantajearle en el futuro. Seguro que sabe cosas.

– No puedo creerlo.

– ?No erais espia? Asi funcionan las cosas en vuestro mundo, ?no?

– Si, domine, en efecto. Asi funcionaban las cosas en mi mundo.

– ?Y? Hablais en pasado.

– Es que no creo estar seguro de volver a el. Los enganos, los venenos, chantajear a los demas…

– Vaya, mi senor, el Ilustrisimo cardenal Garesi tenia razon. Os han convencido. Sois uno de ellos.

– No. O si. No lo se. Solo digo que los templarios no hacen mal a nadie. Gestionan bien sus tierras y con los beneficios mantienen tropas en Tierra Santa. Si no fuera por ellos, anos ha que estaria en manos de los infieles.

Silvio de Agrigento lo miro con detenimiento, paladeando su vino. Entonces, calculadamente, dijo:

– ?Y vuestra Aurora? Si no cumplis vuestra parte del trato morara eternamente…

Rodrigo dio un punetazo en la mesa.

– ?Basta! -grito-. Hicimos un trato y Rodrigo Arriaga siempre cumple lo que promete. Hare el trabajo para vos e investigare hasta donde pueda, pero…

– ?Si? -contesto el cura con cierto aire cinico.

– Si no hay nada que averiguar cumplireis igualmente vuestra parte del trato.

– Me parece bien, pero yo dire cuando acaba este trabajo.

– ??Como?!

– No seais ingenuo, Rodrigo. Se hace evidente que habeis hallado consuelo en la oracion y en la vida monacal; os reconforta y me alegro. Pero no podeis olvidar que vuestros nuevos hermanos sufririan una gran decepcion si supieran que ingresasteis en la orden como espia. Pensad en vuestro buen amigo Jean, ahora tan pio, tan responsable, tan feliz de veros progresar.

– Sois un hijo de puta. Si al final de este negocio Aurora no sale del infierno, morireis como una rata. ?Lo juro!

Silvio de Agrigento volvio a sonreir. Entonces su rostro se torno serio y dijo:

– Resultados, Arriaga, quiero resultados. Permanecere por aqui, cerca.

– ?Y como os podre localizar si averiguo algo?

– Tranquilo, hijo, yo me pondre en contacto con vos -contesto el sacerdote, haciendo la senal de la cruz sobre Arriaga para dar por terminada la conversacion.

Rodrigo paso los dos dias siguientes de mal humor, taciturno y reflexivo en exceso. No le agradaba Silvio de Agrigento. El enviado del cardenal Garesi parecia muy seguro de que los templarios ocultaban algo con lo que habian chantajeado a Su Santidad, pero, aunque asi fuera, ?como iba a averiguarlo el, un recien llegado, un aspirante a milites? De momento lo unico que podia hacer era aplicarse a la tarea que le habian encomendado: ser un buen novicio para terminar convirtiendose en caballero lo antes posible. Tuvo pesadillas durante varias noches, en las que se agitaba confuso entre suenos y no recordaba nada al despertar.

Una noche, tras el oficio de completas, Jean le pidio que lo siguiera, queria hablar con el.

Вы читаете El tesoro de los Nazareos
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату