– Pero, debo ir a dormir… -dijo Rodrigo.
– Soy vuestro comendador, ?no? Estais dispensado de ir a la cama, tenemos que hablar.
Aquello sono mal de veras a los oidos del aspirante. Subieron al segundo piso del inmenso
– Pasad, Rodrigo, sentaos -dijo Jean sacando una botella de cristal tallado y dos vasos de un arcon.
Sirvio un poco de un liquido opalescente para ambos y se dejo caer en su silla, agotado, con los pies en la inmensa mesa de nogal.
– Bebed, amigo -ordeno.
– Pero… ?se nos permite?
– Desde luego que no. Es moscatel. Bebed. Por los viejos tiempos.
Ambos entrechocaron los rusticos recipientes de madera y, tras beber, se miraron.
«Esta dulce», penso Arriaga.
– Rodrigo, os tengo que decir una cosa.
– ?Como? ?Ocurre algo? -pregunto el confundido espia.
– No, no, no temais. No es nada sobre vos. Es mas, estamos muy contentos con vuestros progresos -?habia dicho «estamos»?- y desde arriba me han ordenado que acelere vuestro ingreso en la orden. A nadie se le escapa que sois hombre de armas, pero sobre todo les interesa vuestra otra faceta.
– ?La de espia?
– Si, mas o menos, pero recuerdo que hablabais bien el hebreo, la lengua de oc, frances normando, el aragones y creo que el arabe tambien, ?no?
– Si, pero de eso hace tiempo.
– Al menos vos aprovechasteis bien las lecciones que nos dieron en Paris.
– Eso creo, si. ?Que ocurre entonces, Jean?
– Bueno, Rodrigo, es solo que me preocupa uno de vuestros hombres, ese…
– Toribio.
– Si, ese Toribio. Creo que su comportamiento es algo inadecuado. No somos tan severos con los sargentos como con los caballeros, pero los votos… visita a una puta junto a la carniceria y el otro dia unos mozos lo sorprendieron folgando con una zagala junto al pajar de su casa.
– ??Como?! -exclamo Rodrigo haciendose el sorprendido.
– Lo que ois. Sale de noche de la encomienda.
– ?De noche? ?Por donde?
– Esa no es la cuestion, amigo. No queremos libertinos en esta casa. Me resulta dificil manejar a tantos hombres de combate encerrados como bestias, pues cualquier pequeno privilegio puede dar al traste con la disciplina necesaria. Ese Toribio no parece a gusto aqui. Hablad con el. No quiero que puedan pensar que por ser sirviente vuestro tiene un trato de favor. Ya me cuesta bastante trabajo mantener a raya al hermano Roger como para buscar mas complicaciones.
– No tengais cuidado, hablare con el. Siempre ha sido un hombre de sangre caliente y poco a poco se acostumbrara a esto. Roma no se hizo en un dia -repuso Arriaga reflejando la preocupacion en el rostro.
Aquella misma noche Rodrigo espero a que todos estuvieran dormidos para levantarse con mucho sigilo. Aguardo a hallarse en la escalera para encender una vela y se dirigio hacia el edificio de la entrada, al dormitorio de los sargentos. Caminaba de puntillas, esperando que nadie lo oyera. Cuando llego donde Toribio, comprobo que este roncaba sumido en un profundo sueno.
Lo desperto con sumo cuidado y le susurro que le siguiera, en un tono que no dejaba lugar a la duda. Salieron fuera, bajo el portico de la gran puerta de entrada al castillo. Rodrigo tuvo la prudencia de apagar la vela.
– ?Que habeis hecho, insensato? -le dijo a Toribio.
– ?Yo?
– Si, el comendador me ha llamado la atencion sobre vuestras salidas noctur…
Rodrigo se quedo de pronto en silencio. A lo lejos, hacia la cara noroeste del castillo, cinco figuras caminaban en fila. Llevaban enormes mantos blancos y cubrian sus rostros con amplias capuchas.
Toribio se giro y dijo:
– ?Pardiez! ?Quienes son esos?
– ?Vamos! -ordeno su amo tomandolo por el brazo. Los encapuchados habian bajado ya por la escalera que, junto al muro norte, daba a las estancias subterraneas. Rodrigo y Toribio caminaron con cuidado y al llegar a los primeros peldanos descendieron con sigilo. Ya en el primer piso del subterraneo, que hacia las veces de bodega y despensa, pasaron entre los barriles y cajas y bajaron con cuidado al siguiente nivel donde, tras un estrecho pasillo abovedado, se accedia a un distribuidor al que se abrian tres celdas. Solo dos presos permanecian recluidos alli: un estafador detenido por vender falsas reliquias y un ladron de poca monta. Los ronquidos demostraban que los dos proscritos dormian. Un piquero que habia de vigilar cabeceaba apoyado en una silla. Al fondo del pasillo se adivinaba luz bajo un pequeno pero recio porton. Arriaga y Toribio se acercaron y escucharon voces, como un murmullo. Luego comenzo a percibirse algo asi como un canto monotono que resultaba ininteligible.
Se miraron el uno al otro, intrigados. ?Que seria aquello?
Esperaron un buen rato pero no sacaron nada en claro; solo reconocieron la voz de Jean y de Gustavo, el hermano procurador. No se entendia lo que decian. ?Que harian alli reunidos aquellos cinco individuos?
– Vamonos, Toribio, pueden descubrirnos.
Por el camino de vuelta Arriaga recrimino a su sirviente y amigo sus salidas nocturnas. Le ordeno que no contara nada de aquella reunion secreta ni a Giovanno ni a Tomas. No se fiaba de ellos.
No quiso ser muy duro con Toribio, pues gracias a sus correrias nocturnas habia descubierto algo. Se apresuro a llegar cuanto antes al dormitorio para ver que camas se hallaban vacias. Estas eran la de Jean, la de Gustavo, la del hermano Roger, la de Beltran el sodomita y la de Robert Saint Claire, por supuesto.
?Que hacian esos cinco reunidos en secreto?
Trahit sua quemque voluptas [6]
Las siguientes jornadas no fueron agradables para Rodrigo. La misteriosa reunion nocturna que habia presenciado junto a Toribio hacia sospechar al novicio que Silvio de Agrigento podia tener razon. ?Habria algo oscuro en todo aquello? No quiso decirselo a Toribio pero aquel murmullo que habian escuchado le habia sonado a una de las lenguas que aprendiera de joven: el hebreo.
Silvio de Agrigento le habia dicho que uno de los motivos que los habia llevado a elegirlo para aquella mision era que de joven habia estudiado la lengua de los judios.
?Que podian estar haciendo unos templarios cantando en hebreo? No se le ocurria una respuesta logica. ?Que hacian aquellos cinco caballeros en el subterraneo y a aquellas horas de la noche? Fuera lo que fuese no debia de ser algo bueno, porque era obvio que se ocultaban. ?Que asuntos se trataban alli que no podian ser vistos en las reuniones del capitulo de la encomienda?
Todo aquello dejo en Rodrigo una mala sensacion que, para colmo, termino con unos sucesos que tuvieron lugar una tarde de finales de julio. Robert y el salieron a recoger con unos peones el diezmo correspondiente a la vendimia de las tierras de una conocida familia del pueblo, los Regard. Aprovechando el tedioso proceso del pesaje de la parte que correspondia a la orden, Robert se ausento para verse con su moza, Clara. Corria la hora sexta y hacia un calor horrible para aquellos lares. Un buen rato despues de que se hubiese ausentado Robert, Amaga oyo gritos. Estaba tumbado en un ribazo y casi se habia quedado dormido, asi que se levanto y acudio al camino principal que cruzaba el pueblo. Vio a tres jovenes con horquillas y hoces que caminaban hacia la posada. ?Que ocurria?
Monto en su caballo y se dirigio hacia alli al trote. Vio de reojo que Toribio y Giovanno le seguian caminando a paso vivo. Al llegar a la posada diviso a mas de cuarenta personas aporreando la puerta que estaba cerrada. Al fondo, junto a la entrada de las caballerizas, vio a la moza de Robert, Clara. Llevaba un camison por unica vestimenta y tenia el rostro y las manos manchados de sangre. Alguien la habia cubierto con una manta y dos
