cuentas, y encima va y mata al padre de la moza. Merece la horca.

– ??Como?!

– Tranquilo -dijo Jean alzando la mano-. Vestiremos de blanco al preso ese, al estafador. Pasara por Robert. Desde abajo, el pueblo no notara la diferencia.

– ?Al vendedor de falsas reliquias?

– Exacto. Cuando la cosa se calme, un par de dias despues de la ejecucion, vos escoltareis a Robert Saint Claire al Temple de Paris. Alli decidiran que hacer con el, pues tenemos nuestra propia justicia. Esta noche ahorcaremos al preso. Asi, en la oscuridad, el engano saldra mejor.

– Pero Jean, ese hombre no tiene culpa…

– ?Que preferis, la vida de un desgraciado vagabundo por el que nunca nadie preguntara o la de vuestro amigo Robert? ?Que me decis del bienestar de la encomienda?

Rodrigo penso que su amigo tenia razon. Total, habia hecho y visto cosas mucho peores en su anterior vida de espia.

– Sea, pues -dijo Jean frotandose las manos-. Preparaos para la ceremonia. El hermano procurador os indicara.

Rodrigo no se atrevio a preguntar por la extrana reunion junto a las mazmorras.

In albis [7]

Un dia entero es mucho tiempo a solas. De rodillas, casi a oscuras, excepto por la tenue luz de una vela en la pequena capilla de la encomienda y ante la figura de una Virgen Negra, Rodrigo tuvo la oportunidad de hacerse una idea de su nueva situacion.

Iba a entrar en el Temple. Se sentia ilusionado, como un nino. La vida en la encomienda, la rutina, la oracion, el entrenamiento… todo formaba parte de un ritmo pausado de vida, algo duro, con falta de sueno y frugalidad en las comidas, si, pero una rutina a fin de cuentas que le proporcionaba una agradable sensacion de seguridad. No pensaba en Aurora. Estaba haciendo lo posible por sacarla del infierno. Si cumplia con exito la mision -e iba camino de ello, pues nada hacia sospechar que Silvio de Agrigento estuviera en lo cierto- seria exhumada, se le darian los ultimos sacramentos y moraria en la Gloria para siempre, en tierra sagrada. El, por su parte, expiaria sus culpas, las penas de su vida anterior de espia, de hombre de armas y de asesino, luchando con el Temple en Tierra Santa. A su manera, y por primera vez en mucho tiempo, se sentia feliz. Oyo desde la capilla la llegada de muchas monturas, y supuso que otros caballeros de encomiendas cercanas acudirian a su iniciacion. Todo se habia precipitado tras los acontecimientos de la posada. Robert Saint Claire habia echado a perder un brillante futuro en la orden. De algun modo, lo habia envidiado: era un joven de buena familia que ya ingresaba en la misma con las mejores recomendaciones, y cuyo futuro era, a ciencia cierta, ocupar un lugar principal en el Temple. Intento desechar esos sentimientos oscuros. Debia presentarse al rito de la manera mas pura, sin macula. Era cierto que el Temple habia comenzado siendo un proyecto de un grupo de amigos de lo mas granado de la nobleza europea, pero ahora habia alcanzado proporciones de verdadero estado y su empresa no tenia parangon: mantener Tierra Santa en manos cristianas. El propio Arriaga habia peregrinado a Palestina con su fiel Toribio y sabia de las dificultades que entranaba un viaje de aquellas caracteristicas. Gracias a las ordenes del Temple y del Hospital, muchos peregrinos podian viajar con escolta por aquellas desoladas tierras en manos de los infieles. Penso en Jean y en Robert. El primero, hijo de uno de los nueve miticos fundadores de la orden; el segundo, emparentado con el venerado y ya fallecido Rugues de Payns. Eran lo mejor de lo mejor: jovenes, nobles, valientes y entregados al ideal del Temple. Jean habia dicho a Rodrigo que necesitaba una mano derecha en la encomienda y, de momento, no podia contar con Robert; por eso habia decidido que ingresara en la orden cuanto antes. Ademas, De Rossal necesitaba que Arriaga llevara a Saint Claire hasta Paris. Luego verian.

Despues de una noche en vela y todo el dia de ayuno la mente alcanzaba una suerte de iluminacion, un grado sumo de perspicacia que hacia ver las cosas muy claras. Aquel era un ideal maravilloso al que servir. Solo una suerte de sombra le hacia sentir algo de temor, como un velo de preocupacion: la reunion en el sotano de aquellos cinco hermanos y sus cantos, al parecer, en hebreo.

Volvio a caer la noche y dos companeros vinieron a por el. Un inmenso tonel abierto y lleno de agua caliente lo esperaba en el dormitorio. Dos armigueros lo ayudaron a tomar el bano ritual de purificacion. El agua olia a esencias exoticas venidas de tierras lejanas. Tras el bano le pusieron una tunica blanca y le cubrieron el rostro con un suave velo semitransparente de gasa. Era noche cerrada, aunque hacia horas ya que habia perdido la nocion del tiempo y se sentia como mareado. Las rodillas le dolian y la espalda tambien. Iba descalzo. Rodrigo y los dos caballeros subieron a la sala capitular siguiendo la tenue luz de una palmatoria.

La falta de sueno, el ayuno y el cansancio fisico le infundian una extrana sensacion de irrealidad, como si estuviera sonando.

Entraron en el amplio salon, donde esperaban mas de treinta caballeros. En el centro de la estancia habia un circulo formado por pequenas velas; el resto quedaba a oscuras. Jean se adelanto y le dijo a Arriaga que le guiaria en el proceso y que si tenia alguna duda sobre algun aspecto de la ceremonia podia preguntarle sin ningun problema. Dos caballeros se adelantaron para apadrinarlo: Gustavo, el Eslavo, y Beltran, al que los armigueros y sargentos llamaban socarronamente el Sodomita. Roger, el parisino, lo miraba con odio desde la semipenumbra en que se hallaba el resto de los caballeros.

Un tipo inmenso, de craneo rapado y espesa barba negra, dio un paso al frente. El ambiente era sobrecogedor. ?Comenzaria en aquel momento alguna extrana y heretica ceremonia de iniciacion? ?Que le esperaba? No conocia todos los detalles del rito.

– Este es el hermano Joseph, es el maestre provincial y representa al Gran Maestre en esta ceremonia -aclaro amablemente Jean.

Rodrigo inclino la cabeza con respeto. El otro hizo lo propio.

El iniciado quedo solo en medio del circulo de velas y el hermano Joseph dijo con voz potente y cavernosa:

– ?Buscais la compania de la orden del Temple y deseais participar en sus obras espirituales y temporales?

– Si, es mi deseo -contesto Arriaga, reparando en las espesas y negras cejas del maestre provincial.

– Buscais lo que es grandioso pero no conoceis los duros preceptos que se observan en la orden. Nos contemplais con hermosos habitos, con gallardas monturas, perfectamente equipados, pero no podeis conocer la vida austera de la orden, pues si deseais vivir a este lado del mar, sereis llevado a ultramar y viceversa; si deseais dormir tendreis que levantaros, y caminar hambriento si habeis deseado comer. ?Aguantareis todo esto por el honor de Dios y la salvacion de vuestra alma?

Rodrigo contesto afirmativamente. El otro continuo:

– Queremos saber si creeis en la fe cristiana, si estais de acuerdo con la Iglesia de Roma, si os habeis comprometido con otra orden o estais vinculado por matrimonio. ?Sois caballero nacido de matrimonio legitimo? ?Estais excomulgado por vuestra falta o por otra razon? ?Habeis prometido algo o hecho algun regalo a un hermano de la orden para ser recibido? ?No estais afectado por alguna enfermedad oculta que pueda imposibilitar vuestro servicio en la casa o vuestra participacion en el combate? ?No estais cargado de deudas?

Rodrigo hablo en voz alta:

– Si, creo en la Iglesia de Nuestro Senor Jesucristo, estoy de acuerdo con la Iglesia de Roma; soy hombre libre; soy noble caballero, nacido de matrimonio legitimo; no estoy excomulgado; no he realizado regalo a hermano alguno para ingresar; no padezco enfermedad o dolencia que me impida el combate y no tengo deudas.

– Jurad.

– Lo juro.

Entonces, los dos hermanos que apadrinaban a Rodrigo lo acompanaron escaleras abajo, al patio de la encomienda. Hacia fresco. Lo dejaron alli solo y volvieron a subir. El novicio sabia que acudian a preguntar si alguien tenia algun impedimento para que el nuevo hermano ingresara en la orden. No fue asi porque volvieron al poco.

Le preguntaron si insistia en su intencion de ingresar en la orden y el contesto de nuevo que si. Volvieron al

Вы читаете El tesoro de los Nazareos
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату