El templario no pudo evitar levantarse y abrazar a su amigo. Un sargento que permanecia de guardia en el pasillo los miro con cara de pocos amigos.

– Dejadnos a solas -dijo De Rossal-. Estas efusiones no nos estan permitidas -aclaro a su amigo-. Pero ?quereis entrar en la orden del Temple? ?Me tomais el pelo! ?No puede ser!

– Si, si, de veras. Cuando tuve noticias de que mi caso se reabria y que el rey Ramiro me exculpaba supe que podia salir de mi escondite. Nada me sujeta ya a este mundo, quiero consagrar mi vida a un noble ideal, la defensa de Tierra Santa, y nada tengo que me retenga. Quiero ir a pelear a Jerusalen.

– Un momento, un momento, hermano. Eso no es tan facil.

– He visto a unos caballeros que partian…

Jean alzo la mano.

– No es tan sencillo -dijo-. Primero debeis pasar un periodo de prueba. No es problema, yo os avalo, pero como minimo un ano no os lo quita nadie. Luego, ya se vera. Nuestra regla dice que si uno desea ir a Tierra Santa, se le envia a las islas Britanicas; que si uno quiere pelear, se le manda a la cocina; que si uno quiere ser escribiente, se le envia a la guerra. Los deseos personales no se cumplen en el Temple, creedme. Lo digo por experiencia.

– Pero yo, yo solo se pelear…

– Y espiar. Sois un hombre valioso, Rodrigo. Mis superiores se alegraran cuando sepan de vuestra solicitud. ?Teneis bienes?

– Las tierras de mi padre. He traido los papeles, las donare a la orden. Yo nada quiero ya de este mundo. Tengo dos caballos de guerra y traigo a dos hombres de armas y un crio que es mi mozo de cuadra.

– ?Fantastico, fantastico! -exclamo el templario frotandose las manos-. Sois el candidato perfecto, dejadlo todo de mi cuenta. Pero debo advertiros de que el Temple no es un camino facil, es una forma de vida dura, de entrega.

– Si vos lo habeis podido soportar…

– He cambiado, Rodrigo. Se que de joven era un crapula y bien es cierto que no aproveche como vos las buenas lecciones de nuestros profesores en Paris, pero el tiempo hace cambiar a las personas. Como sabeis, mi padre fue uno de los fundadores de la orden.

– Pero entonces… ?se puede ingresar estando casado?

– La mayoria de los fundadores tenian mujer e hijos. Si se puede, Rodrigo. Hay hombres casados que profesan votos temporales. Juran servir al Temple durante un ano, dos o tres y mantienen durante ese periodo el voto de castidad. Aunque hay otros que, teniendo esposa, lo abandonan todo e ingresan en la orden. Eso es lo que hicieron los fundadores.

– ?Y que ocurre con la esposa?

Jean sonrio.

– Cuando un hombre casado ingresa en el Temple dona al mismo la mitad de sus posesiones.

– ?Y la otra mitad?

– Queda a disposicion de sus legitimos herederos. Algunos, al decidir ingresar, envian a su esposa a un convento.

– Vaya.

– Es lo que hizo mi padre. Al principio no lo entendi, pero luego, en una peregrinacion que hice a Tierra Santa acompanado por el mismo y otros companeros suyos, vi la luz, Rodrigo. Pero insisto en que este no es un camino facil, si buscais la gloria del combate os equivocais de parte a parte.

– Lo se. No busco laureles; quiero luchar de manera anonima, como uno mas. Vuestra fama os antecede y es lo que mas deseo.

Jean de Rossal miro con satisfaccion a su viejo companero y dijo:

– No sabeis la alegria que me dais. ?A mis brazos, amigo!

7 de mayo del Ano

de Nuestro Senor de 1140

A la atencion de su Paternidad

Silvio de Agrigento

Estimado senor, os escribo desde la ciudad de Rodez, en cuya posada pernoctamos para recuperar a las bestias y a nos de la fatiga del camino. Como podeis comprobar, la mision -tal y como vos gustais de llamar a este encargo- ha comenzado con muy buen pie. Mi buen amigo Jean de Rossal se ha mostrado muy feliz con nuestro reencuentro y mucho mas con mi decision de engrosar las filas del Temple. Me siento culpable al comprobar con que entusiasmo me presenta a sus confreres, que se deshacen en elogios al saber que servi con el Batallador, ya que mi antiguo senor, mi Rey, simpatizaba de veras con esta militia y ellos saben que los queria bien.

Jean es el comendador de una minuscula encomienda situada a apenas una jornada de Paris, hacia el sur de la urbe. Alli nos dirigimos. Tengo que cumplir un periodo de prueba, al igual que mis acompanantes, Giovanno, Toribio y Tomas. No he podido contactar hasta ahora con vos porque siempre hemos pernoctado en encomiendas y hospederias de la orden, pero he aprovechado nuestra estancia en esta posada para sobornar a un mozo para que entregue esta carta al cura del pueblo y que el os la haga llegar.

De momento no me permiten lucir la tunica o la sobreveste blanca que visten los milites templi porque estoy a prueba, aunque me consta -segun dice Jean- que a las altas jerarquias de la orden les ha alegrado mucho mi incorporacion. La cesion de las propiedades de mi padre -si levantara la cabeza- ha supuesto, como dijisteis vos, un retoque perfecto a mi candidatura, un anadido que, por lo que se, no les ha desagradado. Los recursos que se necesitan para combatir en Tierra Santa son enormes y cualquier aportacion es recibida con alegria por la orden. Es curioso, pero en el camino, en todos los pueblos por los que pasamos, hasta en los villorrios mas deprimidos, los campesinos nos salen al paso y nos entregan sus pocas joyas, sus exiguas monedas, la cruz de la abuela, trigo, animales… todo para que luchemos contra el infiel y mantengamos en manos pias el Santo Sepulcro de Nuestro Senor. Jean no rechaza ninguna donacion por pobre que sea el donante. Parece como si sirviera a un fin superior que no obedece ni repara en las vidas de los insignificantes hombres y mujeres que habitan este valle de lagrimas. Todos los caballeros, sargentos y armigueros parecen imbuidos por ese ideal, que los hace semejar superiores, soldados misticos, monjes guerreros con una sola mision: combatir al infiel aun a costa de sus propias vidas o las de los demas. Viajamos acompanados por cinco sargentos y quince peones, asi como por varios armigueros que se encargan de bregar con las bestias y hacer funciones de escuderos de nos, de Jean y otros dos caballeros templarios de la encomienda de Chevreuse que nos acompanan. Uno, de nombre Robert Saint Claire, viene de las islas Britanicas y parece gozar de cierto predicamento pese a su juventud. Al parecer, es de familia influyente. El otro, que rondara la cuarentena, es de origen milanes, se llama Gregorio de Bratava y parece tener malas pulgas.

Mi amigo Jean parece entusiasmado y feliz con mi presencia. En parte me hace sentir culpable. Os tendre informado.

Vuestro hermano en Cristo,

Rodrigo de Arriaga

El castillo de la Magdalena

La nutrida comitiva llego a su destino al atardecer; cuando el crepusculo iluminaba en tonos rojizos el hermoso valle donde se hallaba situado Chevreuse, Jean de Rossal quiso dar un rodeo y en lugar de ascender por el sur a la planicie en que se hallaba el castillo, los caballeros atravesaron el valle pasando por el pueblo. Los lugarenos parecian contentos con la llegada del comendador y salian a saludarle, pues, segun decia el propio Jean, aquella comunidad habia prosperado desde que vivian al abrigo de la encomienda del Temple situada en el Chateau de la Madeleine. Pese a que parecian amables, Arriaga percibio cierto temor en sus ojos cuando saludaban a De Rossal.

Вы читаете El tesoro de los Nazareos
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату