Rodrigo Arriaga ordeno a Silvio de Agrigento que trajera tres jarras mas de cerveza, y mientras veia al cura alejarse diciendo «?Ha estado en Tierra Santa! ?Ha estado en Tierra Santa!», susurro:
– Veras, Toribio, este es el negocio.
A la atencion del reverendisimo e ilustrisimo
Lucca Garesi, de parte de su secretario
y servidor en Cristo Silvio de Agrigento
Estimado y admirado padre:
No he podido escribir antes porque no tenia la seguridad de que nuestro hombre fuera a hacerse cargo de la mision, pero es ahora, a las afueras de Carcasona, en una posada donde hemos pernoctado, que me despido de Arriaga para dejarlo solo ante su destino.
Ni que decir tiene que no resulto facil de convencer; es un tipo testarudo, independiente y resabiado por los avatares del destino, que gusta de trabajar solo y al que no agrada meterse en lios. Desde luego, el argumento que mino su determinacion -mas que el oro, las tierras y las prebendas- fue la posibilidad de que su amada y la criatura que esta albergaba en su seno descansen en tierra consagrada. A pesar de ello, desde el dia en que hable con el y acepto el negocio, se ha arrepentido varias veces y a punto ha estado de abandonar. No resulto asunto facil que dejara sus tierras y he tenido que gastar mis buenos dineros en contratar a dos hombres que ayuden a sus caseros a recoger las cosechas en verano y a mantener reses y tierras en buen estado hasta su vuelta, que no auguro yo inminente, la verdad, pues es este un encargo de calado que puede llevar sus buenos cuatro o cinco anos, y el lo sabe.
Despues de disponer que todo quedara en orden me vi obligado a invertir una fortuna en comprarle un caballo de combate y arreos de los que necesita un caballero, pues es indispensable que vaya bien pertrechado de cara a que lo tomen en serio y lo acepten en la orden. Y por si esto fuera poco, tuve que comprometerme a asignarle una renta de por vida -con cargo a las arcas de su Ilustrisima- para el caso de que vuelva con exito de esta tribulacion en la que se embarca. Cuando ya creia que ibamos a partir, viendo que el deshielo era inminente, nuestro hombre se empeno en que bajaramos hasta Jaca para buscar a un hombre de su confianza que, junto con Giovanno y el bueno de Tomas, lo acompanara en la mision. Este tipo, de nombre Toribio, es como su mano derecha, y Arriaga no acepto del todo el encargo hasta que se aseguro de contar con su concurso en el viaje. Con tanta vuelta, tira y afloja, hemos llegado a este mes de abril en el que, gracias al Altisimo, he podido comprobar que Jean de Rossal permanece aun en Carcasona, aunque, segun me dicen nuestros espias, su partida es inminente. Asi que esta manana, y tras desayunar como es debido, Rodrigo Arriaga, Toribio, Giovanno de Trieste y Tomas se han dirigido al interior de la bien fortificada ciudad de Carcasona para comenzar con la mision.
Permanecere de momento al tanto de lo que ocurra. Por cierto, debo decir que he sabido que nuestro hombre estuvo en Tierra Santa. Fue de peregrino con su fiel Toribio. Eso es bueno para nuestra mision, sin duda, porque ya conoce el terreno. Espero que Dios nos asista.
Vuestro humilde servidor en Cristo,
Silvio de Agrigento
Carcasona
La comitiva formada por el gallardo caballero y los tres hombres que lo acompanaban llamo la atencion al entrar en Carcasona. Lo hizo por el sur, por la puerta de San Nazario o del Razes, como la llamaban algunos. El bueno de Tomas, que iba a hacerse pasar por palafrenero, quedo maravillado al encontrarse tras la muralla con la basilica dedicada a san Nazario y san Celso, pues el trasiego de mercancias, hombres y bestias era considerable en aquella hermosa villa dedicada al comercio de telas. Rodrigo Arriaga, como el que conoce el camino, enfilo su inmenso corcel de combate hacia la derecha, por la calle que alli llamaban Pio. Vestia una comoda sobreveste de gamuza, calzas de cuero y botas con suelas de piel de vaca. Los arreos de combate, pertrechos y armadura iban en el caballo de reserva. El gallardo caballero saludaba con amabilidad a las damas que salian al paso, mientras Giovanno, Toribio y Tomas luchaban por evitar con sus monturas al gentio que con sus idas, venidas y regateos obstaculizaba el camino. A un lado y a otro de la calle abrian sus puertas las tiendas de los artesanos, con sus toldos y mercancias situados al pie de los transeuntes. Maravillados por tan colorista espectaculo e importunados por dos ninos mendigos que insistian en hacerles de guia, llegaron a la plaza Marceu, para seguir por otra estrecha calle, la Puits, en cuya esquina Rodrigo detuvo su montura, descabalgo y entro en una posada llamada El Perro Negro. Tomas se hizo cargo de los caballos y fue hacia el patio mientras Toribio y Arriaga se entendian con el posadero, un corso rechoncho y con un inmenso bigote que loaba la llegada de tan noble comitiva. Despues de apalabrar dos cuartos y refugio para las bestias y una vez que los mozos de la posada hubieron ayudado a Tomas a ubicar a los animales en el establo, los cuatro hombres se reunieron en el salon de la posada delante de unas jarras.
– Bueno, ya estamos aqui -dijo Toribio.
– Debemos localizar a De Rossal -repuso Giovanno.
– Eso no es problema -contesto Arriaga-. Tomas, vete donde esos dos pilluelos que aguardan en la calle y dales esta moneda. Diles que buscamos a Jean de Rossal, que es amigo de tu amo.
El joven caballerizo, antano criado de Silvio de Agrigento, apuro la jarra y salio agachandose para evitar el marco de la pequena puerta que daba acceso al exterior.
– Ya sabeis que debemos ser cautos -continuo Arriaga-. Diremos que sois sirvientes mios y que ingresais en la orden con vuestro amo. Intentaremos que os acepten como sargentos y el zagal sera armiguero.
– ?Como? -dijo el sargento papal, que no entendia.
– Es el equivalente a escudero dentro de la orden.
En eso, volvio Tomas.
Dicen que en un par de horas lo habran encontrado.
Bien. Propongo que nos hagamos servir la cena y que en cuanto tengamos noticias de mi amigo De Rossal nos retiremos a descansar. Vamos a tener trabajo y no nos vendra mal reponernos del camino.
Todos se mostraron de acuerdo, pues estaban agotados por el viaje.
Despues de desayunar frugalmente, Rodrigo se hizo acompanar por Toribio para ir al encuentro de su viejo amigo Jean de Rossal. Segun uno de los pilluelos, el ahora miembro de los templarios se alojaba en una de las casas que tenia la orden en la ciudad; concretamente en la calle del Chat Noir, justo en el lado oeste de la villa, al sur del magnifico castillo condal cuya construccion acababa de finalizar. Los vizcondes de Carcasona, del linaje de los Trencavel, habian abandonado su vieja residencia situada junto a la puerta de Narbona para construir un confortable e inexpugnable castillo que los lugarenos llamaban el Palatium. Por el camino, Arriaga iba mostrando a su fiel amigo los lugares, tascas y comercios de interes en aquella populosa ciudad que conocia como la palma de su mano. El Languedoc era un lugar cosmopolita, libre y de economia floreciente, que acogia con los brazos abiertos a los mejores trovadores y artistas impregnados por la creciente influencia de la herejia catara, cuyo ambiente renovador comenzaba a molestar a la poderosa Iglesia catolica. Los templarios parecian integrados en demasia en aquel lugar, cosa curiosa, pues se les suponia guardianes en Tierra Santa de la fe de Cristo, cuando era de dominio publico que en Tolosa, en Albi y en la propia Carcasona se profesaba la fe catara, no solo entre el vulgo, sino entre las familias mas preeminentes que, extranamente, estaban nutriendo las filas del Temple con sus mejores y mas jovenes caballeros. Todo aquello resultaba raro a Arriaga. Pasaron junto a la barbacana del hermoso y solido castillo y se encaminaron hacia la casa donde se hospedaba De Rossal. El pilluelo que los guiaba se giraba de vez en cuando para asegurarse de que le seguian. Habia movimiento en la ciudad, al parecer Andre de Montbard, uno de los ya legendarios fundadores del Temple, se hallaba en la urbe y se disponia a partir con
