autoridad del Papa. O sea, que estos freires no responderan de sus actos ante sus superiores; ni ante obispos, ni ante cardenales. Solo el Papa tendra autoridad sobre ellos.

– Ciertamente, eso si es un privilegio.

– Y no pequeno, Arriaga, y no pequeno. Y ademas, por si esto fuera poco, la bula prohibe modificar «la regla». Solamente el maestre, con la venia del capitulo, ostentara esa facultad; prohibe que se exija a la orden ningun tipo de servicio u homenaje feudal; prohibe que los que abandonan el Temple sean admitidos en otras ordenes salvo con la autorizacion del maestre o del capitulo; confirma la exencion de diezmos y el disfrute de los recibidos y les autoriza a tener a sus propios capellanes, quienes quedarian fuera de toda jurisdiccion diocesana.

– No esta mal.

– Nunca, repito, nunca, ninguna orden ni congregacion dentro de la Iglesia ha tenido privilegios tales, y menos una orden con apenas veinte anos de existencia. ?Os parece normal?

– No. ?Y que pensais de ello?

– Mi senor, y yo mismo, creemos que estos bribones han extorsionado al Papa.

Arriaga prorrumpio en una estruendosa carcajada.

– No os riais. Todo apunta a que asi ha sido.

– El Papa podria haberlos detenido en ese caso.

– ?Y si saben algo, digamos, trascendental?

– ?Como que?

– No tenemos ni idea. Su Santidad no suelta prenda. Algo debieron de hallar en las ruinas del Templo de Salomon.

– ?Algo?

– Si, quizas algun manuscrito, no se. Se dice que tesoros. Son muy ricos.

– Pero ?que descubrimiento puede permitir a unos simples caballeros amedrentar de esa manera a todo un Papa? -pregunto pensativo Arriaga.

Silvio de Agrigento ladeo la cabeza como negando.

– No lo se, Rodrigo, llevamos un ano intentando averiguar algo al respecto y no hemos conseguido nada. Esa orden es como un muro; nadie habla. Inocencio II no ha vuelto a ser el mismo. Mi senor necesita saber que esta ocurriendo porque es obvio que no nos hallamos solo ante nueve soldados que fundan una orden. Estamos hablando de unas cuantas familias de entre lo mas granado de Francia que al parecer estan embarcadas en alguna suerte de «proyecto».

– No tiene por que ser algo malo.

– Ni bueno. En cualquier caso, la Santa Madre Iglesia debe saber de que se trata. ?Que hicieron encerrados bajo tierra, excavando durante nueve largos anos sin dedicarse a luchar y patrullar? ?Que encontraron que les hizo acudir de nuevo a Occidente y les permitio ser reconocidos por el mismisimo papa Honorio? ?Que saben que ha provocado que nuestro Santo Padre Inocencio les conceda tales privilegios? Teneis que averiguarlo.

– ?Yo? -dijo riendo esceptico Arriaga.

– Ingresareis en el Temple.

– ??Como?! ?Estais loco!

– Vuestro amigo Jean de Rossal esta en Carcasona. Ireis alli, os reencontrareis con el y le pedireis ingresar en la orden.

– Estoy proscrito, ?lo recordais? Ademas, no me veo como uno de esos monjes guerreros.

– Pues aqui arriba, viviendo entre las montanas, se podria decir que sois una especie de asceta, ?no, Arriaga?

En ese momento el clerigo se interrumpio y grito mirando hacia afuera:

– ?Tomas, mis cosas!

Al poco entro el joven sirviente con una especie de enorme bolsa de piel de vaca, y el prohombre de la Iglesia comenzo a registrarla. Saco varios pergaminos y una bolsa que al parecer estaba llena de monedas. Despues de abrir el sello de cera de ambos documentos se los tendio a su interlocutor y le dijo:

– Aqui teneis. En este pergamino el rey Ramiro os declara inocente de todos vuestros delitos y el obispo de Jaca os absuelve y declara nula vuestra excomunion. En este otro documento se os devuelve la posesion de las tierras de vuestro padre, que tendreis que entregar a la orden junto con estas monedas como dote.

– Pero esas tierras eran de mi familia. ?Como voy a donarlas?

– Hace anos que pertenecen a la Corona de Aragon. Nada teniais y nada teneis. Asi recuperareis vuestro buen nombre y vuestra honra. Y al acabar la mision, en cuanto averigueis que ocurre, vuestra amada sera exhumada y se le haran los honores que se merece. Ella y la criatura que esperaba iran al cielo.

– Ya, la mitad del pago ahora y la otra mitad al acabar el trabajo.

– Asi se suele hacer.

– Como en los viejos tiempos -dijo Arriaga con un deje de tristeza.

– Necesitamos que os envien a Tierra Santa y que logreis entrar en los subterraneos, en las ruinas del Templo. ?Que hallaron? Es vital saberlo. Vuestro rey Ramiro nos apoya, no en vano su hermano, vuestro antiguo senor, quiso legar su reino al Temple y al Hospital al morir sin descendencia. Afortunadamente pudimos evitarlo. Sereis recompensado, Rodrigo. Tenemos que averiguar que se traen entre manos esos facinerosos.

Arriaga quedo en silencio, parecia pensarselo. Entonces comento:

– Parece negocio dificil. Todo sea porque Aurora y la criatura dejen de sufrir y descansen en paz. Espero no arrepentirme de esto, pero contad conmigo. ?Cuando empiezo?

– Ayer -respondio el cura.

Amicus fidelis, protectio fortis [4]

La taberna del Lobo estaba bastante concurrida. Situada a media legua al norte de Jaca, era un buen lugar donde pernoctar si se queria partir de buena manana. Un embozado entro en ella sacudiendose el frio del camino, paso junto a las enormes barricas de vino que quedaban a su izquierda y giro a la derecha ascendiendo las estrechas escaleras que daban acceso a las habitaciones del piso superior. Golpeo tres veces a la puerta -la senal convenida- y entro sin que lo invitaran a hacerlo. Ella estaba vuelta de espaldas, mirando por la ventana. Su rostro estaba iluminado tenuemente por la luz de la luna. Aquella era la mejor alcoba de la posada.

– Esto tiene que acabar, Toribio -dijo con voz queda.

– Anda, Manuela, no seais mojigata -contesto el quitandose la capa, el jubon y bajandose las calzas-. Venid a la cama.

– ?Ahora! -dijo una voz de hombre.

Un tremendo golpe hizo saltar al amante semidesnudo del lecho y la recia puerta de roble se abrio, dando paso a tres sicarios. La dama quedo justo detras de un tipo menudo que habia salido de detras de la cortina.

– Pinchadle -dijo el enano.

Toribio rodo sobre si mismo encima de la cama y gano unos segundos para evitar a los tres esbirros que, espada en mano, se lanzaron como perros de presa sobre el. Sin tiempo a subirse las calzas, gano la puerta caminando comicamente para verse derribado por el primero de los perseguidores en el angosto pasillo.

Cuando quiso darse cuenta lo habian llevado en volandas a la cama en la que se beneficiaba habitualmente del cuerpo de Manuela, la mujer del avejentado farmaceutico, Bernabe Estebanez.

Mientras su santo marido cogia a la adultera por el pelo y la obligaba a mirar, los tres inmensos matones sujetaron al bravo de Toribio y lo despojaron definitivamente del calzon. En un momento sintio el frio acero de la espada en su hombria.

– ?Ahora! ?Capadlo! -grito el viejo, que tenia la cara picada de viruelas.

Toribio intento farfullar una excusa, alguna mentira que le salvara la masculinidad, pero le habian metido un trapo en la boca y solo acerto a decir algo asi como:

– Googhgoog.

Era su fin.

– Ensenemosle a este fideputa a no joder a las mujeres de los demas -dijo el mas grande de los

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