Tenia honor.

– Sigo intrigado con cual es mi mision -dijo.

– Cuelgamuros.

– ?Como?

– Asi se llama el paraje en el que Se esta construyendo el Valle de los Caidos. Hay, aparte de algunos obreros libres, tres destacamentos de presos trabajando alli, entre quinientos y seiscientos tios. Alguien se esta pasando de listo con los suministros. He comparado el menu real, el rancho, y las cantidades que registran en la oficina no suelen tener nada que ver… El otro dia estuve alli, comi el rancho, bueno lo oli, mire las cantidades, pase por la cocina… y alguien se esta forrando, es obvio. Mi gente ha hecho los calculos y desaparece el cuarenta por ciento de los suministros que se sirven.

– Acabas de decir que es lo normal, por lo que cuentas este sistema esta corrompido.

– No lo entiendes. Alguien se esta aprovechando y no renta a la superioridad.

– Ya. Es eso.

– Pero eso no es lo malo. Solo. El rendimiento en los ultimos dos meses ha bajado. Ha habido mas enfermedades, desmayos y accidentes. El proyecto debe avanzar a mayor velocidad y se esta ralentizando por la codicia de unos desalmados. Franco comienza a ponerse nervioso. Quiero que vayas alli y averigues quien es el desgraciado que esta sisando. Tienes plenos poderes. Eres el hombre adecuado. Tu experiencia en aduanas te avala y antes de la guerra estudiabas Medicina. Eres un tipo de Ciencias, bueno con los numeros. Diremos que vas como enviado de la ICCP para vigilar las obras. Los presos de Cuelgamuros deben comer bien, pues esa obra es prioritaria.

– ?Alguna pista, Paco? ?Sospechais de alguien?

– Estamos en blanco. Lo quiero resuelto en una semana. El tiempo apremia.

– Descuida -se escucho decir a si mismo Aleman.

Sono el timbre. Eran Delfina y Pacita, que estaba hecha una mujer. De formas redondeadas, generosas, hermosos ojos negros y amplia sonrisa, lucia una media melena como las de las actrices americanas. La conversacion quedo finiquitada al momento, claro. Aleman se sintio como un viejo verde por pensar de aquella forma en ella, era la hija de su mentor y no en vano la conocia desde nina.

La cena fue excelente, entre continuas indirectas de Delfina y descaradas alusiones a que su hija estaba en edad de merecer, cosa que hacia que el invitado se sintiera aun mas culpable. Al acabar tomaron una copa de Jerez y visionaron unas diapositivas de un viaje que Pacita habia hecho a Italia dos anos atras. Era una cria, veinte anos, pero mucho mas madura de lo que cabia esperar. A Roberto le parecio ingeniosa, pizpireta, ocurrente y le hizo reir.

Al dia siguiente tenia que acudir a Cuelgamuros.

Tornell quedo muy desilusionado cuando recibio una carta en la que Tote le comunicaba que no podria acudir a Cuelgamuros. Al menos de momento. Trabajaba como mecanografa en un bufete de abogados y para poder viajar hasta tan lejos tenia que pedir el sabado libre y quiza el lunes entero, lo cual no era asunto sencillo. Aun asi sus jefes le habian dado permiso para hacerlo tres semanas mas tarde. Juan Antonio, pese a la desilusion, supo que tenia que armarse de paciencia. Ya llegaria el dia, tres semanas no era tanto. Ademas, quiso ver el lado bueno. Veintiun dias mas de recuperacion, de trabajo vigoroso al aire libre y con una alimentacion que completaba con lo ganado en sus horas extra no le vendrian mal. Asi Tote le veria con mejor aspecto. Decididamente, aquello le obsesionaba:?Que pensaria ella al verle asi? No parecia precisamente un galan de cine con el pelo al rape, flaco como un galgo y vistiendo aquel uniforme medio raido, completado con una vieja rebeca de lana que habia conseguido en el economato. Las alpargatas apenas si le protegian del frio pese a que se ponia dos calcetines y los sabanones le mataban. Alli arriba hacia un frio de muerte, sobre todo a la noche. Se comia mejor que en otros campos, se trabajaba al aire libre y se disfrutaba de la sierra, si, pero el frio era lo peor con diferencia. Y pensar que, como decian los que conocian aquellos parajes, aun no habia entrado el invierno de verdad. Tornell supo que estaban nada menos que a 1.300 metros de altura. Cada vez aumentaba mas el numero de horas extra que hacia y eso le permitia mejorar su alimentacion para poder renunciar a aquellas horribles latas de sardinas que habian sido su sustento y el de tantos otros en la multitud de campos que habia tenido que recorrer. Durante mucho tiempo aquel habia sido su unico plato diario: un par de sardinas sobre una rebanada de pan duro, con gorgojos, provenientes de requisas que se hicieron al Ejercito Republicano, latas caducadas, con el aceite putrefacto, que alli arriba esperaba no volver a consumir.

A pesar de ello, habia que trabajar mucho para sobrevivir, eso estaba claro. Cada trabajador recibia un sueldo de unas dos pesetas diarias, de las que se le retenian 1,50 en concepto de manutencion. Una injusticia, claro, porque si un obrero libre, en la calle, cobraba por dia unas catorce o quince, los presos recibian 0,5. Si el preso tenia mujer -siempre que pudiera acreditar estar casado legalmente y por la Iglesia- percibia dos pesetas mas y luego, una peseta por cada hijo menor de quince anos. Era evidente que para cobrar un sueldo normal habria que tener algo asi como quince hijos. La solucion estaba, obviamente, en las horas extra: una vez cumplida la extenuante jornada que dedicaban a «reconstruir con sus manos lo que habian destruido con la dinamita» comenzaban a trabajar para ellos mismos. Los solteros eran, de largo, los mas perjudicados por aquel sistema, pero si un preso se mataba a trabajar, reducia mas pena y podia comer mejor. El palo y la zanahoria. Lo tenian bien pensado, no cabia duda. Pese a ello, en Cuelgamuros se podia salir adelante. Habia incluso un botiquin con consultorio medico. No obstante los accidentes eran muy numerosos pues se trabajaba con medios muy precarios y a toda velocidad. No eran raras las fracturas, miembros aplastados e incluso los bloques de piedra que se desprendian de pronto, por lo que habia que ser cauto en el trabajo para no acabar mal. El tercer martes de octubre, Tornell se torcio un tobillo y apenas podia andar. Disimulo lo que pudo. Llego a temer que le devolvieran a la carcel, pero no, le enviaron a que le examinara el medico, don Angel Lausin, un buen hombre que trabajaba alli depurado, como casi todos.

El medico le mando una pomada y le recomendo dos jornadas de reposo. Aprovechando la soledad del barracon Tornell saco su libreta e hizo algunos apuntes. Cuando apenas habia reiniciado su tarea se presento un tipo de baja estatura, mas bien recio y de enorme cabeza. Un tipo que se identifico como «el camarada Higinio». Dijo que era el hombre a cargo del Partido Comunista en Cuelgamuros y que habia logrado ser preso de confianza. Hacia los recuentos y aquello le permitia trapichear con los guardianes y obtener informacion.

– Nos ha costado trabajo traerte -le solto de pronto-. Espero que estes a la altura.

Era un individuo muy resuelto, de los que tanto abundaron en el Partido; tenia bolsas bajo los ojos y unas amplias entradas que hacian su frente inmensa, como si fuera un tipo inteligente.

– De momento, me he centrado en recuperarme -contesto Tornell.

– Bien hecho -repuso el otro-. He aprovechado que estabas a solas para charlar un poco contigo y ponerte al dia. Y presentarme antes, claro, no queria llamar la atencion.

– Bien hecho. Hazme un resumen de la situacion.

Gracias a Higinio, Tornell supo que alli habia cierta organizacion politica entre los presos. Los guardianes lo sospechaban pero no tenian pruebas. Se rumoreaba que sus carceleros habian introducido policias camuflados como obreros libres para detectar cualquier atisbo de organizacion, por lo que era necesario ser muy prudente. Aun asi, los presos se organizaban por afinidades ideologicas: los cenetistas por un lado, a su aire, como siempre, y los comunistas y los socialistas por otro. Todos seguian manteniendo sus mutuos recelos y jerarquias aunque muy en secreto. Las delaciones estaban a la orden del dia, como en todos los campos que Tornell habia conocido. Era muy habitual que algun desgraciado identificara a un antiguo comisario politico a cambio de una onza de chocolate. Por eso era necesario ser discreto, muy discreto. Aquellos comportamientos habian ido disminuyendo pero en los primeros tiempos, al acabar la guerra, las cosas habian sido duras, durisimas. Tornell relato a Higinio como era la situacion en los campos y carceles que continuaban abiertas. El comunista 110 tenia demasiadas noticias al respecto desde que habia llegado al Valle. En Miranda de Ebro le habian apaleado dos veces, delante de un juez y dos verdugos.

– Me acusaban de esto y lo otro y yo negaba, claro, solo fui un soldado -se oyo decir a si mismo mientras Higinio le escuchaba muy atento-. Cuando perdi el sentido me cargaron sobre una manta y me llevaron a una celda de castigo. Tarde veinte dias en estar bien. Otra paliza. Al final, como no tenian nada contra mi me metieron solo una pena de muerte. Por ser oficial.

– Vaya. Supongo que luego te la conmutaron, ?no? Has pasado por mas campos segun me cuenta Berruezo.

– Si, pero si Miranda era malo creo que peor fue lo de Albatera. Aquello fue antes, me parece que hace ya

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