Llegaron y se se quedaron de pie junto a la mesa.
– Cuanta comida -exclamo Gabriel.
– A esto se lo llama mesa de Navidad -le explico Joakim-. Cada uno coge un plato y se lo llena con un poco de cada cosa.
Livia y Gabriel hicieron como el decia, hasta cierto punto. Cogieron pollo, patas fritas y salsa, pero no tocaron el pescado ni la coliflor.
Joakim abrio la marcha hacia el salon y los tres se sentaron a la gran mesa, bajo la lampara de arana. Sirvio sidra y les deseo a sus hijos un buen comienzo de Navidad. Espero que le preguntaran por que habia puesto un cuarto plato en la mesa, pero no dijeron nada.
No lo hizo porque realmente creyera que Katrine iba a regresar, pero por lo menos podia mirar su plato vacio y fantasear que estaba alli sentada.
Asi deberia haber sido.
De la misma manera que su madre ponia un plato mas cada Navidad. Aunque Ethel nunca aparecio.
– Papa, ?puedo irme ahora? -pregunto Livia tras diez minutos.
– No -respondio Joakim enseguida.
Vio que el plato de su hija estaba vacio.
– Pero ya he terminado.
– Quedate un rato mas.
– Es que quiero ver la tele.
– Yo tambien -dijo Gabriel, al que aun le quedaba mucha comida.
– En la tele hay un programa de caballos -explico Livia, como si ese fuera un argumento definitivo.
– Quedate aqui -ordeno Joakim, con una voz mas dura de lo que habia deseado-. Esto es importante. Estamos celebrando la Navidad juntos.
– Eres tonto -replico la nina, y lo miro airada.
Joakim suspiro.
– Estamos celebrando juntos la Navidad -repitio sin conviccion.
Los ninos guardaron silencio despues de eso, pero por lo menos permanecieron sentados. Finalmente, Livia se levanto y se encamino hacia la cocina con el plato, seguida de Gabriel. Ambos regresaron con una porcion de albondigas.
– Esta nevando muchisimo, papa -anuncio ella.
Joakim miro por la ventana del salon y vio revolotear gruesos copos.
– Bien. Entonces podremos ir en trineo.
El malhumor de Livia desaparecio tan deprisa como habia empezado, y enseguida Gabriel y ella se pusieron a charlar sobre los regalos de Navidad que habia bajo el abeto. No parecia que prestaran atencion a la cuarta silla de la mesa, mientras que Joakim no dejaba de mirarla de reojo.
?Que esperaba? ?Que la puerta de la casa se abriera y Katrine entrara en el salon?
El viejo reloj de pared dio una sola campanada: ya eran las cinco y media y casi habia oscurecido del todo.
Cuando Joakim se metio la ultima albondiga en la boca y miro a Gabriel vio que su hijo se estaba durmiendo. El nino habia comido el doble de lo habitual, y ahora estaba sentado inmovil y miraba su plato vacio con los parpados entornados.
– Gabriel, ?quieres dormir un rato? -pregunto-. Asi podras estar despierto hasta mas tarde por la noche.
Al principio el nino solo asintio, pero luego dijo:
– Entonces jugaremos. Tu y yo. Y Livia.
– Eso es.
De pronto, Joakim comprendio que el pequeno seguramente habia olvidado a Katrine. ?Que recordaba el mismo de cuando tenia tres anos? Nada.
Apago las velas, recogio la mesa y guardo la comida en la nevera. Luego preparo la cama de Gabriel y lo acosto.
Livia no queria irse a la cama tan temprano. Queria ver los caballos, asi que Joakim le llevo el pequeno televisor al cuarto.
– ?Estas bien? -dijo-. Habia pensado salir un rato.
– ?Adonde? -pregunto la nina-. ?No quieres ver como montan los caballos?
El nego con la cabeza.
– Ahora vuelvo.
Recogio el regalo de Navidad de Katrine de debajo del abeto, se lo llevo al recibidor junto con una linterna, y se puso un grueso jersey y un par de botas.
Estaba preparado.
Se detuvo frente al espejo de pared y se miro. En la penumbra del pasillo apenas se veia, y le parecio que podia distinguir los contornos de la habitacion a traves de su propio cuerpo.
Joakim se sentia como un fantasma, un espiritu mas de la casa. Vio el blanco papel de pared alrededor del espejo y el viejo sombrero de paja, colgado como una especie de simbolo de la vida campestre.
De pronto, todo carecia de sentido. En realidad, ?por que Katrine y el se habian pasado ano tras ano reformando y decorando? Las casas habian sido cada vez mayores, tan pronto como finalizaban un proyecto empezaban el siguiente, siempre esforzandose por borrar los rastros de quienes les habian precedido. ?Por que?
Un apagado maullido interrumpio sus pensamientos. Joakim giro la cabeza y vio un pequeno ser de cuatro patas acurrucado sobre la estera.
– ?Quieres salir, Rasputin?
Se encamino hacia el porche acristalado, pero el gato no lo siguio. Apenas lo miro y luego entro sigilosamente en la cocina.
El viento soplaba en el patio y hacia vibrar los pequenos cristales de la vidriera del porche.
Joakim abrio la puerta y sintio como la corriente de aire tiraba de ella. El viento llegaba en rachas y parecia arreciar, transformando los copos de nieve en punzantes granos que revoloteaban por el patio.
Bajo la escalera con cuidado y miro con los ojos entornados a traves de la nieve.
El cielo estaba mas oscuro que nunca, como si el sol hubiera desaparecido para siempre del mar Baltico. Sobre el agua, las nubes proyectaban un amenazante juego de sombras grises y negras: enormes nubes cargadas de nieve habian comenzado a llegar del nordeste y se acercaban por la costa.
Se aproximaba una tormenta.
Joakim salio al camino de piedra entre los edificios, en medio del viento y la nieve. Recordo la advertencia de Gerlof: uno podia perderse si salia en medio de la nevasca; pero de momento solo una delgada capa de nieve cubria el suelo y un corto paseo hasta el establo no parecia entranar ningun peligro.
Se acerco a la ancha puerta y la abrio.
Nada se movio en el interior.
Capto un brillo con el rabillo del ojo que lo hizo detenerse y volver la cabeza. Era la luz de los faros. El establo ocultaba la torre norte, pero la luz roja de la sur titilaba.
Joakim se adentro en el suelo de piedra; el viento se pego a su espalda, como si quisiera acompanarlo, antes de cerrar la puerta de golpe.
Tras unos segundos, acciono el interruptor.
Las bombillas colgaban como debiles soles amarillentos sobre la oscuridad y no conseguian ahuyentar las sombras de las paredes.
A traves del tejado llegaba el ulular del viento, pero el entramado de vigas no se movia un apice. Aquel edificio habia aguantado innumerables tormentas.
En el altillo estaba la pared con el nombre de Katrine y del resto de muertos, pero esa tarde Joakim no subio la escalera, sino que se encamino hacia los pesebres ante los que los animales habian pasado el invierno.
El suelo de piedra de la caballeriza del fondo seguia libre de heno y polvo.
Se arrodillo junto a la pared y se tumbo boca abajo. Luego repto a traves de la pequena abertura bajo los
