– No se donde esta -dijo.
– ?No era usted el que lo llevaba en el auto?
– Lo deje frente a su casa.
La Policia no creyo que Aleko estuviera diciendo la verdad.
Sentada en la ventana, dando de comer a un bebe, estaba mistress Achillea. Uno de los policias aventuro una suposicion.
– Si -dijo el Levendis-, me pidio que trajese aqui al chico.
El nino parecia tranquilo bajo los cuidados de mistress Achillea.
– Los policias consultaron entre ellos.
– Sabe donde esta Costa -el policia
– Seguro que lo sabe -respondio el policia griego-. Pero, ?que podemos hacer?
– Podemos obligarlo a hablar. Hay modos de conseguirlo.
El policia griego miro al Levendis, que les estaba ofreciendo cafe, huevos, tostadas, mermelada… cualquier cosa excepto informacion.
– Hablaremos con usted mas tarde -dijo el policia
– Estare en el hipodromo -dijo el
La Policia se dirigio al apartamento de Ethel. La encontraron en la cama, vestida para salir de viaje. En el suelo, a medio hacer, habia una gran maleta de viejo modelo.
– ?Donde piensa usted ir, mistress Avaliotis? -pregunto la Policia.
– No lo he decidido todavia -respondio ella.
Ethel queria tener las ultimas noticias sobre Petros. Uno de los policias salio para llamar al hospital.
– Si descubre usted donde esta Costa -Ethel dijo al otro, el griego-, digamelo.
– ?Donde podria estar?
– ?Preguntaron a Aleko?
– O no lo sabe o no lo quiere decir. Al pequeno de usted, lo he visto alli. Con mistress Achillea, en Clearwater. ?Conoce usted a esa mujer?
Ethel no respondio.
– Esta cuidando bien del nino -dijo el joven policia-. No se preocupe por
Ethel lo miraba fijamente.
– ?Va a venir su marido?
– Esta en el mar.
El policia griego continuo haciendole preguntas, pero tuvo que repetir algunas.
– ?Oye usted mal? -le pregunto.
Ethel habia escrito notas a cada uno de los principales. Las notas estaban esparcidas sobre una mesa redonda, junto a la ventana de la alcoba, iluminadas por los rayos de sol.
El policia miro a quien estaban dirigidas.
– ?Le importa? -pregunto senalando las cartas.
– Haga lo que quiera -dijo Ethel. No se habia movido de la cama.
Cuando el policia griego, un muchacho sentimental, las hubo leido, miro a Ethel con piedad.
– Es mejor que las disimule -dijo-. Si el las lee -podian oir al policia
– Haga lo que quiera -repitio Ethel.
El policia tapo las cartas con una revista, justo en el momento en que su companero entraba en la habitacion.
– No esta en la lista de ios casos graves -dijo el policia
– Bien, mistress Avaliotis -dijo el policia
No supo que decir mas.
23
Vestida para emprender un viaje, insegura de adonde o cuando, Ethel Laffey se quedo sentada junto a la ventana, mirando a traves de la neblina de calor a los postes de telegrafos a igual distancia de separacion y a las senales luminosas del motel en la lejania: LIBRE… LIBRE.
Cuando le entro temblor, no por el frio, sino por el miedo, se metio en la cama tal como estaba, completamente vestida. Cubriendose con una manta, se encogio como solia hacer en sus anos de adolescencia cuando se sentia sola y sin esperanzas.
Habia vivido mas de veintidos anos y nunca, anteriormente, habia estado tan cerca de aquel tipo de violencia: aquellos dos hombres habian renido a matar y ella era la causa. Se engurruno todavia mas, las rodillas tocandole la barbilla.
En la comoda, metida entre el marco del espejo y el cristal, vio las «Polaroids» que Teddy habia tomado de su hijo. El bebe miraba a la camara con una expresion igual a la que tan a menudo la habia mirado a ella. Acusadoramente.
?Podia realmente dejar este nino con el viejo que habia visto salir del agua dificultosamente, con un cuchillo
Pero, ella habia prometido a Costa que el nino era para el.
Se echo a temblar nuevamente.
Decidio aliviarse con un bano y dejo correr el agua tan calienta como podia soportarla.
Ed Laffey le habia contado que hallo a su esposa en la banera en donde habia permanecido tanto tiempo que el agua ya estaba fria. Habia tenido que sacar a Emma sosteniendola en los brazos, un peso muerto.
«Me pregunto donde esta Ed ahora», penso Ethel.
Pero Emma no tenia razon alguna para seguir viviendo, no
Ethel se incorporo y salio del bano. El agua caliente habia hecho afluir la sangre debajo de la piel. Su cuerpo estaba rosado. Con una toalla enjugo el vapor del espejo colocado en la puerta del cuarto de bano, y se miro. No se encontro ningun cambio, ninguna marca de tirantez en el vientre alli donde Costa habia frotado el aceite de oliva, sus pechos sin ninguna disminucion, ningun signo de decaimiento. Su cuello era firme y suave, sin ningun vello. Ningun signo descubria su reciente prenez.
– Eres bella -se dijo.
Su voz era desafiadora; se estaba impacientando consigo misma. ?Por que demonios la proposicion de Robin Bolt tenia que causarle tanta repugnancia? A Ethel Laffey, ?que habia estado en la cama de Julio el metalurgico! ?Trescientos cincuenta dolares semanales hubieran cambiado su vida!
Decidio vestir algo diferente, un modelo atrevido, vistoso, recien llegado de la tintoreria. Haciendo una pelota con el papel de seda lo arrojo a la papelera al otro lado de la habitacion. El vestido estaba confeccionado a su medida; ponerselo la hizo sentir mejor.
Decidio recoger sus cosas de la oficina y del apartamento con vistas al golfo. Eso seria un primer paso. Hacia cualquier lugar.
Antes de salir miro las cartas que tenia encima de la mesa y las rompio. Esta vez no iba a dejar notas detras de ella. Iria al hospital a ver a Petros, encontrarse con Noola y afrontar su desprecio, seguir la pista a Costa y encararse con su ira. Haria frente al castigo.
