Se quedo frente a el.

Costa no se levanto. Siguio sentado, con los brazos cruzados, como un juez.

– Lo que estan contando sobre mi -dijo Ethel suavemente-, eso… se que lo has sabido por otras personas y lo siento… pero esas habladurias malintencionadas son habladurias verdaderas. He estado con el, con ese hombre que tu estas mirando… si, con Petros.

Ethel se volvio. Petros seguia de pie ahi donde ella le habia dejado, justamente como ella lo habia dejado.

– Ahora acabo de decirle que le dejo -Ethel dijo a Costa-. Pero Teddy… hace mucho tiempo que deje a Teddy. He fingido por ti. Ahora, algo mas…

La expresion del viejo no habia cambiado. Parecia estar esperando algo que todavia no habia sucedido.

– No se de quien es -dijo Ethel-. El pequeno Costa, quiero decir. Pero no es de Teddy. ?Me estas escuchando?

Costa afirmo con la cabeza. Mientras observaba a Petros.

Ella se volvio y vio que Petros estaba caminando lentamente por la pendiente, y detras de el, seguia el barbero. Ambos actuaban como casualmente.

– Ha habido otros hombres -anadio Ethel-. No se cual de ellos es el padre del nino.

El viejo parecia estar tomando el asunto con calma, asintiendo con la cabeza diversas veces.

Ethel podia oir a Petros y al barbero cruzando los pasos de madera detras de ella.

– Pero si me lo preguntas -Ethel ahora murmuraba-, es nuestro. Es mio y es tuyo. Yo lo hice para ti y no pertenece a nadie mas.

El viejo parecia no haber oido. Cuando Petros se acerco mas, Costa dejo caer la cabeza.

Parecia inerte, sin decision.

Petros estaba junto a Ethel en aquel momento y detras de el venia el barbero.

– Cuando hayas terminado con el -Petros dijo a Ethel en voz baja-, yo quiero hablar contigo.

Miro entonces al viejo.

– Hola, Costa -le dijo.

Costa dio un cabezazo, sin alzar la cabeza. Parecia estar estudiando los zapatos del barbero, puntiagudos y de dos colores.

Petros se encogio de hombros y se alejo. Habia sucedido como el imaginaba: sin peligro. Sonrio despreciativamente al barbero antes de irse. Entonces, dando grandes zancadas, se dirigio hacia el golfo por el muelle estrecho. Tenia, o fingia tener, un negocio pendiente con el gran yate al final, en el ultimo embarcadero.

– Ayer me robaste mi cuchillo, tu, hijo de zorra -el barbero le dijo a Costa, que seguia sentado alli, dejandose insultar-. Dame mi maldito cuchillo, tu, viejo ladron de mierda…

Ethel vio como el viejo aligeraba su peso, alzando lentamente una nalga y sacaba de su bolsillo el cuchillo sueco con mango de cuerno de reno. Mientras lo sacaba lentamente del pantalon, torcio la cabeza y lanzo una mirada al muelle. Petros estaba aproximandose al embarcadero final, cerca del lugar en donde estaba amarrado el gran yate.

– ?Quieres decir este cuchillo, barbero? -le pregunto Costa. Y le enseno el cuchillo.

– Si. Damelo.

Costa asintio lentamente. Parecia adormilado, confuso, casi aturdido.

– Muy bien -dijo, mirando la hoja, y al barbero despues, y de nuevo hacia donde Petros estaba caminando por el muelle.

Ethel supo entonces lo que Costa estaba esperando.

Petros habia llegado al final del paso de madera, al final del cual solo quedaba el agua del golfo, y Costa emprendio la carrera por el estrecho pasaje a una velocidad increible.

– ?Cuidado! -grito el barbero-. ?Petros! -Y comenzo a perseguir al viejo que corria. Pero Ethel, exaltada por la subita accion de Costa, impidio el paso al barbero. Durante unos pocos segundos. Los necesarios para Costa.

Cuando Petros se volvio, se enfrento a la carga de Costa que lo embestia con la cabeza agachada, vacilante su equilibrio sobre los pies, por el impetu de su furiosa acometida. Petros, sin posibilidades de echarse a un lado en el estrecho paso, recibio el golpe.

El barbero abofeteo a Ethel con la mano abierta y consiguio pasar.

Ella se volvio y vio que Costa habia arrojado a Petros por el extremo del muelle. Ambos cayeron en el agua, y mientras caian -fue tan rapido que no hubiera podido asegurar que lo que habia visto era la realidad- vio que Costa habia cogido a Petros con uno de sus fuertes brazos y clavaba sus dientes en la parte delantera de la camisa de su enemigo. Sosteniendolo de este modo, clavo en su presa que se retorcia la hoja de acero sueco que tenia entre los dedos apretados de su pesada mano.

Despues se perdieron de vista, ambos cuerpos, peso muerto, desaparecidos en las aguas del golfo.

Ethel siguio al barbero que corria por el muelle.

De todas partes se acercaron los hombres. Una vez alli, no supieron que hacer.

Era como estar contemplando dos grandes criaturas marinas. No se podia ver nada de lo que estaba sucediendo entre ellos a causa del remolino del agua del puerto y la nube de arena y lodo que se alzaba del fondo. Algo terrible estaba ocurriendo alli, pero nadie hubiera podido explicar el que.

La gente se habia amontonado al final del muelle. Los hombres se gritaban unos a otros, sugerencias, instrucciones, avisos.

Algunos se prepararon para echarse al agua, otros los retuvieron arriba.

Todos vieron entonces una mancha de sangre elevandose desde el fondo en donde luchaban los dos cuerpos, el oscuro color rojo mezclandose con los nubosos remolinos azulados del combustible de pantoque de la popa del yate anclado.

Ethel vio que Petros luchaba por liberarse, mientras que Costa, en su elemento, aquel elemento que el conocia muy bien, y que no temia, acuchillaba una y otra vez al hombre mas joven que el.

Costa salio del agua, soplando y jadeando, con el cuchillo en la mano.

Busco a Ethel, la encontro.

Costa queria, por encima de todo, que Ethel fuese testigo de lo que el habia hecho. Era su respuesta a los actos de Ethel. Se encaramo al muelle. Agotadas sus fuerzas, se puso de pie lentamente.

Desde todos los lados, los hombres saltaban al agua.

Otros intentaron detener a Costa, pero los amenazo con su cuchillo. Sabian que Costa era capaz de cualquier cosa porque no temia a nada.

Sacaron a Petros.

Estaba en estado de shock, sangrando por multiples heridas. No le quedaban fuerzas para luchar.

Lo tendieron en los tablones manchados de sangre en donde se habia limpiado tanto pescado.

A la cabeza del paso, desde la oficina de la darsena, esperaba el «Chevrolet», con la puerta abierta y el motor en marcha. Costa tambaleandose primero y finalmente sobre sus rodillas y manos, se encaramo dificultosamente hasta el asiento de delante.

Lo ultimo que Ethel vio fue al viejo volviendose para mirar al nino que iba en la parte posterior. El auto se marcho despues.

Petros sangraba por muchos cortes. Pero una rapida inspeccion en el hospital puso de relieve que la peor herida habia sido la inferida en su orgullo.

Petros evito dirigir la mirada a Ethel.

La Policia fue en busca de Costa. No estaba en su casa. Su esposa, Noola, dijo que no tenia ni idea de donde podia estar y la Policia la creyo.

Fueron entonces en busca de Aleko el Levendis. Su esposa les dio una pista.

– Miren en casa de mistress Achuica, en Clearwater -les dijo.

Alli encontraron a Aleko desayunando tranquilamente y estudiando las carreras de caballos del Times de Saint Petersburg.

Aleko recibio cordialmente a los policias.

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