– No puedo hablar -dijo.

– Puedes hablar. Ahora te entiendo perfectamente. Vamos. El tema de la cancion, tu amigo Petros y mi hija. ?Canta!

– Es verdad. La esposa de tu hijo y Petros. ?Bum, bum, come su pan! ?Opa, opa, en su cama! ?Trabaja para el, verdad? El le da dinero, ella, su trasero.

Cuando Costa salio de la barberia, se apropio del cuchillo sueco colgado en la pared.

Subiendo por la calle, comprobo si estaba bien el bebe en la parte superior del auto. Oscurecia, se acercaba la hora de darle de comer.

– ?Adonde vamos ahora? -pregunto Aleko.

– Hora de alimentar al chico -dijo Costa-. Vamos a casa.

Al cruzar la calle principal vieron el auto de la Policia que venia por el otro lado a toda prisa, sirena en marcha.

Mientras Costa el joven estaba terminando su botella, la pareja de policias, uno un cracker [23] y el otro griego, se acercaron por el porche y llamaron a la puerta.

– Shshshshshshsh… -siseo Costa.

La Policia entro de puntillas en la casa.

Detras de ellos, Costa vio al barbero.

– El no entrara -advirtio.

El policia que era un cracker hablo primero. El se ocupaba de los casos griegos, y el griego se ocupaba de los casos cracker… hasta que topaban con dificultades, y entonces cambiaban la tecnica.

– Bueno, mister Avaliotis -dijo el policia cracker-, somos viejos amigos y siento mucho tener que decir que he recibido una denuncia contra usted. Asalto con provocacion.

Costa alzo el brazo que habia estado debajo del nino. Lo tenia vendado con una tela -parte de una funda de almohada-empapada en sangre.

– Yo tambien puedo denunciar -dijo Costa.

El policia cracker miro al barbero de pie en la puerta del porche.

– Deberia usted llevarlo al hospital -dijo el policia griego a Aleko, que estaba sentado en un rincon de la habitacion.

– Si voy al hospital, tengo que explicar en donde me han hecho esto. Dime, policia, el barbero usa su navaja con enemistad contra cliente, ?me entiende? Su licencia, etcetera, etcetera, cuentemelo.

Ambos policias se volvieron y miraron al barbero que habia retrocedido hasta el extremo del porche.

– ?Va a presentar usted cargos? -pregunto el policia cracker.

– El olvida, yo olvido -dijo Costa.

El barbero asintio y comenzo a bajar los escalones.

Entonces el policia griego entro directamente en materia.

– Ahora no debe usted hacer nada -le dijo a Costa en griego-. Prometamelo o yo…

– ?Tu que? -replico Costa en el mismo lenguaje-. Vete de prisa de aqui, antes de que el diablo te coma. Eres griego, has oido lo que ha estado sucediendo. Mi hijo, el, no esta aqui. Sabes que yo he de hacer algo, no importa que, ni yo se el que, pero algo debo hacer, es mi deber para con la familia, tu sabes eso.

– ?Que es lo que ha dicho? – le pregunto el policia eracker a su companero griego.

– Ha dicho que el incidente ha terminado.

Costa tenia todavia algo que decir al policia griego antes de que se marchara.

– Cuando estas cosas suceden -dijo-, volvemos al lugar de donde vinimos. ?Sus leyes de aqui no significan nada! Tu conoces nuestras leyes.

El policia se despidio en ingles, y anadio en griego: -Buena suerte.

Una hora despues, aproximadamente, con el nino en el asiento posterior protegido detras de la reja de su parque plegado, Aleko y Costa se dirigieron al Sur, en el auto. El cielo estaba oscureciendo, y la carretera densa con el trafico del final del dia.

Aleko detuvo su auto frente a la entrada de la darsena. Llegaba luz desde la oficina y desde algunas de las embarcaciones. De los cruceros habitados provenia un agradable murmullo. La gente estaba cenando.

Dejando a su amigo al cuidado del bebe, Costa camino lentamente bajando por la rampa hasta la oficina a nivel del agua. Presentaba un aspecto poco impresionante, con su brazo izquierdo en cabestrillo, su estomago demasiado voluminoso, su grueso cabello negro en desorden, su paso ondulado sobre los dedos de los pies; pero parecia que se dominaba a si mismo totalmente.

No esperaba encontrar a nadie en la oficina.

– Hola, mister Avaliotis -le dijo la mujer de la limpieza.

– Hola, Clem. -Costa sonrio a la mujer. Aparentaba estar, ella diria mas tarde, como de costumbre.

Salto una cuerda y siguio por un muelle estrecho, atajo hasta la vieja embarcacion esponjera que Petros habia convertido en vivienda. En la bodega se veia una lampara nocturna.

Tampoco habia nadie en la embarcacion, pero Costa encontro algunos objetos de toilette de Ethel: una bata, su cepillo para el cabello, un sujetador con cierre frontal colgado para secarse, una caja a medio usar de tampones.

– Esta noche vamos a quedarnos aqui -Costa le dijo a Aleko, de regreso en el auto.

Cuando su amigo se quejo, Costa le sugirio que fuese a un motel. Pero Aleko no queria abandonarlo, y le respondio que se tumbaria en el asiento anterior. Costa dio al joven Costa su biberon, lo cambio, y lo acomodo nuevamente para dormir, cerrando la puerta del auto desde fuera. Se dirigio entonces a la oficina de Petros y se tumbo en el sofa.

La luna menguante estaba torcida.

Los tres durmieron a pierna suelta.

Es dificil conservar el furor despues de una noche de sueno. Si la emocion que embargaba a Costa hubiera sido simplemente un enfado, era posible que por la manana hubiese desaparecido. Pero, esperando en un banco fuera de la oficina, con el sol naciente en el rostro, Costa estaba mas que nunca firmemente decidido a proseguir sus intenciones. Lo que el sentia merecia otro nombre… quiza responsabilidad tribal, u obligacion hacia su familia. ?Era deber! Sin embargo, ninguno de los que pasaron aquella manana por su lado observaron ningun signo de agitacion en el hombre.

Petros y Ethel llegaron acompanados del barbero de Tarpon Springs. Este fue quien vio primero a Costa.

– Mira, ya te lo dije -anuncio a Petros-. Ya te dije que el estaria aqui.

Petros se volvio hacia Ethel.

– Muy bien -dijo a la joven, que no habia dormido-. Ahora ya no puedes posponerlo por mas tiempo.

La intencion de Petros era cuidar de su negocio de dirigir la darsena mientras su chica tenia la escena con el viejo bobo.

– Tened cuidado, os estoy avisando -murmuro el barbero-. Se llevo de mi tienda el cuchillo, mi cuchillo sueco…

– Oh, vete a casa, ?quieres? -le dijo Petros al barbero-. ?Crees que voy a escapar de este embrollo de mierda? – Se volvio hacia Ethel.- Anda, ve -le dijo- ?ahora!

Costa, sentado todavia, el rostro caliente por el sol, no parecia verlos.

– Primero tengo algo que decirte tambien a ti, Peetie -dijo Ethel-. Voy a dejarte. Voy a irme de este lugar y voy a dejarte. Tambien lo dejare a el, pero tambien te dejo a ti. No voy a quedarme mas a tu lado. La pasada noche fue la ultima noche.

Petros miraba fijamente a Ethel, tan extraordinariamente sorprendido que no sabia que responder.

– Bueno -dijo Ethel- ?ya esta! Ahora voy a hacer lo que me has dicho. Voy a decirselo a el tambien.

Lentamente, con paso incierto, vacilante, Ethel camino por el tablero inclinado hasta aquel viejo que la queria.

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