Se detuvo alli y coloco sus brazos en los hombros de su amigo. El Levendis pudo comprobar que Costa estaba sufriendo desesperadamente.
– Aleko, ?eres mi amigo?
– Si, naturalmente. Tu ya sabes eso.
– Pues, dimelo.
– Decirte, ?que?
– Cuentame lo que dicen.
Los hombres de la plaza estaban observandolos.
– No se de que me estas hablando -dijo Aleko.
Costa se dejo caer en el suelo, y cogio las rodillas de su amigo entre las manos. Aleko trato de alzarlo, pero Costa parecia haber perdido el control de sus extremidades, como un peso muerto.
– Lo se -dijo Costa. Estaba sentado en el suelo-. Lo se -repitio. Miro a su alrededor, a los otros hombres-. Siempre lo he sabido -anadio.
– ?Sabias que? -dijo Aleko-. ?Levantate Costa! -murmuro.
Costa seguia sentado, inmovil, cabeza gacha.
– ?Por que no me cuentas lo que sabes? -pregunto-. ?No te das cuenta…? Mirame… ahora ya puedes contarmelo. Si ya lo se. ?Vamos! ?Vamos!
Oyo que algunos hombres murmuraban en un banco cercano. Uno de ellos, contemplando el espectaculo de un viejo bobo sentado en el suelo, habia comenzado a reir.
Costa lo agarro por el cuello. Sacudiendolo, grito:
– No es verdad. Todos sois mentirosos. ?Nunca he confiado en ninguno de vosotros! No sois mis amigos si creeis eso.
– No soy yo quien lo dice -consiguio decir el hombre que Costa estaba sacudiendo-. Ellos lo dicen.
– ?Quienes? ?Donde?
– Al sur de aqui. En la nueva darsena en Bradenton, alli todos lo comentan.
– ?Comentan que? Maldito idiota, dime, ?que comentan?
– Ve a preguntarselo. Sueltame… ?me estas matando!
– ?No! Es a ti a quien lo pregunto. Dilo. ?Dilo y entonces te soltare! ?Vamos! ?Vamos! -Le sacudio otra vez.
Otro hombre viejo, hablando tranquila y suavemente desde otro banco, lo dijo:
– Lo que dicen, pues que tu hija se queda cada noche con el chico de Kalymnos, Petros, esa bestia con dinero. Ella es su chica.
Costa solto al hombre que estaba sosteniendo por el pescuezo, y no lo siguio con la mirada cuando aquel echo a correr.
Costa comenzo entonces a caminar en circulo. Los hombres sentados en los bancos en el centro de la plaza no se atrevian a moverse: no querian atraer la atencion hacia ellos.
– ?Has oido tu eso tambien, Demosthenes? -Costa murmuro a un hombre viejo con el que simpatizaba. – ?Lo has oido con tus propios oidos?
– No por nadie de alla abajo, Costa -le dijo-. Nadie lo oyo de alli abajo.
– ?En donde entonces?
– El barbero -alguien dijo-. Ve a hablar con el barbero.
El barbero de la ciudad era el lechuguino de la ciudad. Nacido en Kalymnos, habia refinado su personalidad durante los cinco anos que paso en Atenas, antes de emigrar a Florida. Era inevitable que repudiara algunos aspectos de la cultura norteamericana. Especialmente, al parecer, los zapatos («para alpinista») porque hacia que se los enviara su tienda favorita de Atenas, zapatos de punta fina, en dos tonos, con tacones, su tipo preferido. No era necesario levantar la cabeza para saber que quien se estaba acercando era el barbero.
El oficio de barbero proporcionaba a este hombre el pan de cada dia, y el canto era el alimento de su alma. Tenia voz de tenor, y en las bodas y otras celebraciones cantaba las viejas canciones y guiaba a sus felices clientes por el intringulis de los bailes griegos que los jovenes de la comunidad griega no habian aprendido debidamente. A su manera era un lider cultural, y la barberia un centro para las artes del pueblo, entre ellos el cotilleo.
El chismorreo vulgar, naturalmente, no es un arte; hace falta tener una talla considerable para elevarlo a este nivel. El barbero lo hizo. Cuando daba con un tema merecedor de su talento, lo convertia en cancion. Sus versos se citaban en todas partes.
A pesar de su altura, poco mas de metro y medio, el barbero era tambien un
Por esta razon, asi como por otras mas instintivas, a Costa nunca le habia gustado ese hombre. Ahora, cuando Costa y Aleko entraron en la barberia, Costa no dudo un momento en tirar al barbero por el codo, alejandolo del cliente que tenia en el sillon.
El barbero se ofendio.
– ?Que es lo que quieres, tu? -protesto en griego. Habia estado afeitando a un norteamericano, un viejo politico del Condado.
– ?Que es lo que hay para afeitar? -respondio Costa, tambien en griego, senalando al recaudador de impuestos, que era calvo, tenia un bigote fino y un flequillo en la nuca.
– Vamos, vamos, tengo que hablarte uno o dos minutos.
– Espera hasta que acabe con mi cliente…
– ?Una mierda espero! Mister, vamos, vayase de aqui, vuelva dentro de quince minutos, ?de acuerdo, mister?
El viejo fanfarron no tenia ningun deseo de quedarse alli si el barbero cogia su navaja por otras razones que no fuesen profesionales. Se levanto y echo a correr, busco una cabina de
– Ahora, cerdo, vas a cantar para mi -dijo Costa- Canta para mi lo que hasta ahora has estado cantando a mi espalda.
– ?De que clase de imbecilidad sin pies ni cabeza estas hablando? -pregunto el barbero.
– Sabes bien de lo que estoy hablando, estoy hablando de la esposa de mi hijo. ?Quien te ha dado a ti el derecho de mencionar su nombre, pequeno cerdo de zapatos puntiagudos?
– ?Quien me ha dado el derecho? ?Necesito algun derecho especial para hablar en mi barberia? Este es un pais libre, ?es que todavia no te has enterado?
– Ahora me acuerdo, tu eres amigo de Petros, ?no tengo razon?
– Yo no soy su gran amigo. Que demonios, vengo de la misma parte de la isla, pero no soy su primo. Pero dejame que te diga que Petros, en su peor dia, es un hombre mejor que tu.
Cuando Costa se abalanzo, centelleo la navaja del barbero. Nadie supo inmediatamente si la navaja habia tocado a Costa, pues el corte fue muy fino. Costa agarro al hombre del pescuezo y le golpeaba la cabeza contra el soporte metalico para la cabeza del sillon.
– Ahora, canta, hijo de puta, canta, canta para mi.
– Si, si -jadeaba el barbero.
Costa aflojo un poco la presion. Al mismo tiempo coloco su rodilla entre las piernas del barbero, de modo que lo mantenia contra el respaldo del sillon, estirando su cuello por encima del soporte superior.
– Deja que yo lo oiga, que yo lo oiga todo. -Costa sacudia otra vez al hombre.
– ?Como quieres que hable si me estas apretando el cuello? Sueltame, por el amor de Cristo.
– Ten cuidado con la navaja, Costa -dijo Aleko. Se acerco rapidamente y se la quito al barbero.
Desarmado entonces, el hombre hablo.
