– Te vi con ella en el bote, y ?recuerdas como le cogias las manos cuando Anthea cantaba? ?Te acuerdas de aquel dia?
Costa se levanto y salio de la casa. El Levendis, contento por haber escapado por un hilo, lo contemplo mientras Costa desaparecia por el naranjal.
Cuando Grace regreso para el almuerzo, Aleko estaba todavia alli.
– ?Donde esta? -pregunto a Aleko.
Aleko senalo el estanque.
– Enloquecido cada vez mas.
Costa caminaba por la ribera, cabizbajo, las manos golpeando el aire, hablando consigo mismo como un antagonista.
– Tienes razon, esta tocado -dijo Grace-. Gritando y llorando toda la noche… no puedo soportar oir a un hombre adulto que llora. ?Por que se lo ha tomado tan a pecho? Petros se pondra bien. Ya esta concediendo entrevistas a la Prensa como cualquier politico.
– No Petros. La chica. La desgracia sobre la familia. ?Sabes lo que hacen en nuestra isla en una situacion como esta? ?Quieres oir algunos casos?
– No mientras estoy comiendo.
Costa volvio.
– Aleko -le ordeno -, a las seis en punto. Trae el auto.
– Costa, por el amor de Dios. Tengo cosas importantes…
– Olvidate de las carreras hoy. ?Auto! Seis en punto.
– A las seis ya esta oscuro… ?lo has olvidado?
– ?Que crees tu, que mi cerebro no funciona? Anda, ve, ve.
Cuando hubo terminado el trabajo del dia y la luz comenzaba a desvanecerse, Grace pago a los puertorriquenos y entro en la casa. Encontro a Costa en el cuarto de bano, vestido con la bata de Grace, y afeitandose lenta y cuidadosamente con la espuma producida con una barra de jabon «Palmolive» y la maquinilla que ella utilizaba para las piernas.
– Planchame el traje, en seguida -dijo Costa-. Lo llevaba en el agua.
Observo como Grace presionaba con el hierro caliente sobre su vestido y el silbido del vapor a traves del tejido reluciente.
– No vayas a verla -dijo Grace.
– Grace, hazme el favor, cuida de tus asuntos.
– Esa chica me gusto -dijo Grace.
– Me gusta tambien a mi -dijo Costa-. Pero sabemos una cosa de la Biblia, Grace, tu catolica, lo comprendes. Debemos pagar lo que hacemos mal. Cuando pagamos, Dios nos perdona. ?No es asi?
– Recuerda tan solo que tu no eres Dios.
– Yo soy el hombre de esta familia. Teddy es mi chico. Mi trabajo es limpiar el nombre de la familia.
Vestido con su traje negro, se sento en el porche de delante, esperando la puesta del sol. Se le anunciaba un dolor de cabeza. Reconocio el aumento de la presion detras de los globos de los ojos y las primeras pulsaciones en las sienes.
Cuando Ethel regreso a su casa, acabo de lavar unas prendas y las colgo en la cuerda sobre la banera junto a las que habia lavado la noche anterior. Escribio entonces una carta a la propietaria, dandole instrucciones para que cualquier cosa que ella dejara debia ser mandado a Beneficencia, excepto la pequena mesita redonda que tanto admiraba la propietaria: podia quedarse con ella.
A las cuatro, desanimada y desconsolada, llamo a Anthea y le dijo que se daba por vencida.
– Ahora ya se que el no vendra -dijo.
– Aprovecha para dormir un poco -le dijo Anthea-. Te espera una noche pesada. Yo procurare que el nino duerma todo lo posible. A las ocho te estara esperando, hermoso. Yo te llamare a las siete y media, quiza, para asegurarme de que te despiertes.
Ethel se puso una camisa de dormir blanca, corta y una bata ligera y se metio en la cama. Estaba durmiendo cuando oyo un golpe fuerte en la puerta, una orden.
Entro el patriarca, trayendo la posibilidad de redencion.
Se sento en la butaca, y evito mirarla.
– Cierra la puerta -dijo-. Con llave.
Ethel hizo lo que se le ordenaba, sentandose despues en el borde de la cama esperando su juicio.
Se dio cuenta de que Costa habia comenzado inmediatamente a sudar. La habitacion se habia sobrecalentado con el sol poniente. Costa se quito la chaqueta, se sento de nuevo, levanto las manos y con la parte carnosa de las palmas presiono suavemente sus ojos.
– ?Dolor de cabeza? -pregunto Ethel.
– No.
Ethel nunca lo habia visto tan circunspecto ni tan severo.
– He venido a hablarte -dijo Costa.
– Yo he estado esperando para hablar contigo -respondio ella.
– Oigo que la gente habla contra ti -dijo el-. Dicen que eres mala persona.
Ethel parecio aceptar satisfecha este juicio.
– Ellos olvidan que tu eres mi familia, es asunto mio lo que tu haces y lo que tu dices. Ellos olvidan que nosotros estamos juntos en esto.
– ?En que?
– Nuestro problema. Familia, estoy hablando. Por esto vengo a hablarte.
Eso parecio ser todo lo que tenia que decir por el momento.
La luz de los faroles de la calle iluminaban a Ethel, pero Costa estaba de espaldas a la ventana, de modo que el quedaba en la oscuridad. Unicamente sus ojos relucian. Costa observo la maleta en el suelo, preparada para el viaje, pero no hizo ningun comentario al respecto y dedico su atencion a la cama, durante tanto rato sin pronunciar palabra que Ethel comenzo a preguntarse que es lo que Costa estaria pensando. Recordo que Costa nunca habia estado antes en casa de ella.
«Ahora es el momento de decirle que me voy -penso-, ahora, mientras esta callado.»
– ?Como esta Petros? -pregunto Ethel.
– Hablo en el periodico contra ti -respondio Costa.
– ?Diciendo que?
– No me hara denuncia, ha dicho. ?Imaginate! Hijo de macarra. Hablo solo contra ti.
«Ahora -penso Ethel-, diselo ahora.» -Puedo entender bien por que lo hizo -dijo.
– «Todos saben de quien es la culpa», ha dicho. Quiere decir que es tuya.
Miro otra vez la maleta.
– Estas a punto de marchar -dijo. Una afirmacion, no una pregunta.
– Si -respondio Ethel, de nuevo dandose animos para contarselo todo, su resolucion y sus planes, todo, ahora.
– Aleko esta fuera, esperando en el auto. Nos llevara a casa -dijo Costa-. Pero, primero, he de decirte algunas cosas.
– Supongo que es asi -dijo Ethel-, como Petros ha dicho: por culpa mia.
– Tu no lo has arrojado al agua, tu no le has clavado ningun cuchillo en el cuerpo. ?Por que no me denuncia a mi? ?Ja! Di, contestame eso.
– No lo se.
– Porque, si no habla contra mi, la gente pensara que hombre tan maravilloso es Petros, y cuando habla contra ti, todos piensan igual ahora. No soy imbecil. Comprendo estas cosas.
La bata se le habia entreabierto. Mientras la plegaba sobre sus rodillas, Ethel se dio cuenta de que Costa la sentia con una sensibilidad proxima y viva.
– Tu eres mi problema -le dijo el-. Yo te dire lo que debes hacer, no Petros. ?Entiendes lo que te digo?
– Si, pero…
– Si, pero nada. Nada de peros. Tu eres mi familia. Yo te protejo ahora.
