Junto a esta fotografia, otra representaba la misma escena veinticinco anos despues. El viejo capitan Theo habia desaparecido, y Costa estaba de pie junto al timon en su lugar. A su lado habia un chico de doce anos, Teddy. El brazo de Costa rodeaba los hombros del muchacho, pero la historia era diferente, el espiritu no era el mismo. Dos semanas despues de haber sido hecha esta fotografia, Costa vendio el Eleni. La marea roja no le dio ninguna alternativa.

Para algunos hombres el pedir ayuda es una indignidad, aunque sea a los muertos. Costa, de pie frente a esas fotografias, se parecia mas a un combatiente que a un suplicante. Con los pies bien plantados como los de un boxeador, encogia los hombros y hundia la cabeza. Pero el hecho real era que Costa escudrinaba en el rostro de su padre. Y lo que recordaba era lo que el mismo habia repetido con tanta frecuencia:

– Mi padre siempre sabe lo que esta bien.

Sumergido en una especie de ensueno, siguio de pie frente a esos monumentos de su pasado, esperando una senal.

Costa no era un hombre alto, pero tenia amplios y musculosos hombros, desarrollados a causa de su oficio. Ahora, aunque mas redondos y mas suaves, conservaban todavia bastante de su antigua potencia. Sus caderas estaban precisamente en la mitad de su altura, reduciendose en esa parte a la mitad la anchura de su cuerpo. Costa llevaba los pantalones muy bajos.

A sus sesenta y dos anos, poseia una bella cabellera negra. Su bigote era semejante al del viejo guerrero, dando sombra a unos labios gruesos y alargandose mas alla de las comisuras para terminar en un rizo. Sus cejas, igualmente pobladas, se precipitaban al encuentro por encima de su nariz, confiriendo a su rostro una singular expresion, que a menudo era como un aviso de que su paciencia estaba siendo puesta peligrosamente a prueba.

Sus ojos, que habian escudrinado la superficie del mar durante tantas horas y durante tantisimos largos anos, eran negros como la tinta negra, y no de ese color suave castano. Tambien ellos parecian hablar de suspicacia o advertir que se estaban aproximando a un juicio que en caso de ser desfavorable podia desatar una gran reserva de ira. Costa no era un hombre amigable. Cuando ofrecia su amistad, eso constituia un honor.

Hubiera podido ser un bandido o un revolucionario, llevando la vida del exiliado en lo alto de una montana. Pero lo que habia sido, en sus mejores tiempos, fue uno de los componentes de un escogido grupo de pescadores de esponjas que buceaban en el rio Anclote. Cuando la marea roja mato la esponja, se convirtio en comerciante. Su tienda, «Las 3 Bes» (Anzuelo, Botes y Cerveza) [1] estaba lejos del lugar en donde la flota pesquera de esponjas se habia refugiado en las buenas epocas, al otro lado del rio y al oeste hacia el extremo del golfo.

Sin embargo, nunca perdio la autoridad que los capitanes del mar adquieren: en su compania, uno se sentia completamente seguro. Costa solo reconocia una fuerza con la que no podia competir: la misteriosa voluntad del Senor.

– La unica cosa que pido a ese chico -Costa decia a su esposa a la manana siguiente- es que se casara con una de los nuestros, una chica limpia.

– Se te estan enfriando los huevos -dijo Noola.

Aun en el desayuno, la cocina desprendia olor a aceite de oliva y ajo.

Noola no comia hasta que su marido habia terminado. Sentada al borde de la otra silla de la cocina, como una gallinita griega, mantenia la mirada fija en su marido para asegurarse de que el tenia lo que necesitaba en el momento en que lo necesitaba. Noola habia crecido en un ghetto griego de la clase media en Astoria, Queens, un distrito de la ciudad de Nueva York, y este era el ejemplo que habia recibido de su madre.

– Sera conveniente que vayas -dijo.

– Aun no he decidido si voy a ir -respondio Costa, dando golpecitos con el indice en su taza vacia, ordenando-. Hazme un favor, no trates de decidir por mi.

– Despues de todos estos anos -dijo Noola-. ?Bobo!

Dejando el tema, se acerco al fogon, con sus zapatillas de dormitorio que utilizaba igualmente durante el dia y la noche.

– Cual sera el problema, eso es lo que estoy pensando -dijo Costa-. De acuerdo, eres un hombre joven y necesitas una mujer. Asi que te vas, como nosotros soliamos hacer, a Tampa, a Ybor City, encuentras una mujer, solucionas el asunto y vuelves a casa. ?Cual es el problema?

– Si envia dinero -dijo Noola- es que debe de estar enamorado.

– El amor solo esta en las peliculas.

– Estoy pensando todavia que ocurriria entre ellos, con la otra -dijo Noola mientras llenaba de cafe la taza de Costa.

Teddy les habia enviado la fotografia de la chica rechazada hacia algunos meses. Estaba en el aparador junto al bote del azucar. Ambos se volvieron y miraron la chica, una princesa griega con cabello hasta la cintura. No la habian conocido, pero Costa le habia dado instrucciones en conferencia telefonica sobre algunos puntos esenciales.

– Teddy es un chico tranquilo -le habia dicho-. Le gusta la vida familiar, la buena cocina, etcetera. ?Me oyes bien? La vida familiar -habia gritado Costa-. Tu ya sabes lo que quiero decir. Nada de clubs ni vida nocturna.

Costa no podia recordar cual fue la respuesta de ella, pero, al parecer, su consejo no habia sido efectivo. Al cabo de poco tiempo Teddy hablaba de ella como de «esa bruja griega de la sociedad» y algunas veces como de «esa viciosa de la hierba».

– Se lo que sucedio -dijo Costa-. ?Demasiadas fiestas! Hijas de Penelope, Philophtocos, Ahepa, tu, tu heppa me, bailando al estilo americano, bingo, Dios sabe que tipo de asuntos de sociedad. Con una mirada yo le habria dicho: ?vigila! Tanto peor. Su padre, creo, es un hombre rico.

– Supongo que Teddy no la amaria de verdad -dijo Noola.

– No, no, no -dijo Costa-. Mucha gente se casa sin eso. Como yo contigo. Cuando nos casamos no nos amabamos. ?Te acuerdas?

– Seguro -dijo Noola-, no nos queriamos uno al otro. No es como ahora.

– Eso sucede despacio, de una manera conveniente. Tu me diste un hijo y yo vi lo que tu eras, una buena mujer, asi que aprendi a amarte.

– Bueno, de todos modos -dijo Noola- me satisface que vayas.

– Te he dicho que aun no me he decidido -dijo Costa-. ?Que es lo que te pasa hoy?

Se levanto y se alejo de la mesa.

– Yo solo he dicho algo -Noola le grito mientras el se iba-, porque si el manda dinero, esto quiere decir que el realmente…

Al fondo del vestibulo, Costa habia cerrado una puerta.

Pocos minutos despues, mientras Noola tomaba su cafe, sola en la cocina, ella le oyo decir:

– Noola, planchame el traje.

Noola lo encontro en el cuarto de bano, afeitandose.

– Ya que te preocupas tanto -dijo Costa-, sera mejor que vaya. Haz mi equipaje. ?Tienes una camisa limpia?

Cuando llamaron desde «Western Union» para informar a Costa de que el dinero habia llegado, Costa ya estaba dispuesto, vestido con su traje de pelo de camello negro, una camisa blanca, de cuello y punos almidonados, y una corbata color castano. Camino, llevando su maleta y sudando copiosamente, desde su casa en Mangrove Still, un grupo esparcido de tiendas y casas, hasta cerca de Tarpon Spring, el centro de la comunidad griega de Florida, en donde hizo efectiva la orden monetaria.

No habia mirado el horario de vuelos al Oeste, suponiendo que un avion estaria esperandolo cuando su autobus llegara al aeropuerto de Tampa. Costa creia en el destino. El avion estaba alli, tal como Costa habia confiado y telegrafio a su hijo para que fuese a esperarlo.

Pidio un asiento de pasillo, se sento erguido con rigidez, mirando hacia delante, como si el tuviera a su cargo la seguridad de los pasajeros del avion. Cuando le ofrecieron el almuerzo, rechazo la interrupcion con la mano. Mas tarde, el hombre que estaba en el asiento de la ventanilla, junto a Costa, inicio un largo debate con otro hombre al otro lado del pasillo, respecto a si el presidente debia o no dimitir. No se ponian de acuerdo,

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