Rapidamente varios soldados acudieron a la llamada de su companero mientras los moriscos se apartaban de Hernando, Aisha y Musa, que al instante se encontraron rodeados de hombres armados. Hernando seguia con la mano en el interior de la bolsa.

—No escondo arma alguna —intento tranquilizar a los soldados, empezando a extraer, lentamente, la cabeza del arraez—. ?Esto es lo que queda de Barrax! —grito mostrandola agarrada del cabello—. ?El capitan corsario!

Los murmullos se extendieron incluso por las filas moriscas. Uno de los soldados veteranos ordeno a un bisono que fuera en busca del cabo o del sargento mientras otros soldados y sacerdotes se sumaban al corro alrededor del muchacho y sus acompanantes. Todos sabian quien era Barrax.

—?Como te llamas? —le pregunto un cabo que se abrio paso entre la gente y que sonrio al ver la cabeza del corsario.

—?Hernando Ruiz! —se oyo al otro lado del corro antes de que este pudiera contestar.

El muchacho se volvio sorprendido. Aquella voz... ?Andres, el sacristan de Juviles! El sacristan tambien se habia introducido en el grupo acompanado de dos sacerdotes y se dirigio directamente hacia Aisha, a la que abofeteo nada mas tenerla delante. Hernando dejo caer la cabeza de Barrax e hizo ademan de saltar hacia el sacristan, pero el cabo le detuvo.

—?Que sucede? —Se extrano el soldado—. ?A que viene...?

—Esta mujer asesino a don Martin, el parroco de Juviles—chillo el sacristan con los ojos inyectados en sangre. Entonces hizo ademan de abofetear de nuevo a Aisha.

Hernando noto que le cedian las piernas al recordar a su madre acuchillando al cura. Nunca previo que se encontrarian con alguien de Juviles, y menos aun con Andres. El cabo agarro el brazo del sacristan y le impidio golpear a Aisha.

—?Como te atreves...? —salto uno de los sacerdotes en defensa del sacristan.

Las ordenes del principe eran tajantes: no debia hacerse nada que pudiera suscitar la sublevacion de los moriscos.

—Don Juan —arguyo el cabo— ha prometido el perdon a cuantos moriscos se rindan, y nadie va a ir en contra de su decision. Este muchacho —anadio— viene a entregar sus armas y... la cabeza de un capitan corsario. Los unicos que no gozan del favor ni del perdon del principe son los turcos y berberiscos.

—?Ella asesino a un hombre de Dios! —replico el otro sacerdote mientras zarandeaba a Aisha del brazo.

—Parece que tambien han matado a un sanguinario enemigo del rey. ?Ella viene contigo? —anadio.

—Si. Es mi madre.

—?Claro! —Exploto de nuevo Andres escupiendo sus palabras contra Aisha—. No podias volver con tu esposo, ?eh? Cuando le reconoci en una de las filas con otra mujer..., ?juro que habias muerto! Por eso has tenido que volver con tu hijo y con el triunfo de un corsario para ganar la libertad...

—La libertad se la concede el principe —salto el cabo—. Os prohibo —advirtio a los sacerdotes— que tomeis medida alguna contra esta mujer. Si teneis algo que decir o reclamar, dirigios a don Juan de Austria.

—?Lo haremos! —chillo el primer sacerdote—. Contra ella y

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