Ascendio el camino y accedio al castillo en ruinas; desmonto despacio, cabizbajo, y espero a que sus ojos se habituasen a la nueva oscuridad. Eligio el bastion que aun quedaba en pie, en el lado sur de la fortaleza, y se dirigio a el.
Trato de encontrar la direccion de La Meca y cuando creyo haberlo conseguido, cogio arena del suelo y se lavo con ella. Alzo los ojos azules al cielo: unos ojos distintos a los que habian contemplado el alfanje de Hamid por vez primera. El brillo infantil habia desaparecido, velado por una expresion de dolor.
—No hay otro Dios que Dios y Muhammad es el enviado de Dios.
Lo recito en voz baja, en un susurro, con el alfanje de Hamid por encima de su cabeza, sin desenvainar, agarrado por ambos extremos. ?Cuantas veces habia negado a Barrax aquella profesion de fe?
—Hamid, aqui estoy —volvio a susurrar. Escucho el silencio—. ?Aqui estoy! —aullo. El grito resono por cerros y canadas sorprendiendole. ?Que habria sido del alfaqui? Dejo transcurrir unos instantes y tomo aire—. ?Ala es grande! —chillo con toda la fuerza de sus pulmones. Solo le respondieron las silenciosas cumbres—. Prometi que ningun cristiano —anadio con voz temblorosa— se haria con este alfanje.
Lo enterro al pie del bastion, lo mas hondo que pudo, desgarrandose los dedos y las unas mientras escarbaba en la tierra con un punzon que habia cogido en el campamento. Luego rezo, sintiendo a Hamid a su lado, como en tantas ocasiones lo habian hecho en Juviles y al final, con la ayuda de una piedra y del punzon, golpeo los pernos de los grilletes hasta que estos saltaron y dejaron a la vista unos tobillos descarnados.
El sol superaba el mediodia cuando el grupo de Hernando llego al campamento de don Juan de Austria. A un cuarto de legua de su destino, las mujeres empezaron a descubrirse cabezas y rostros y a esconder entre sus ropas las joyas prohibidas. En un gran llano a las afueras del Padul, los moriscos eran recibidos por varias companias de soldados.
—?Rendid vuestras armas! —gritaban mientras les obligaban a formar en filas—. ?Aquel que alce un arcabuz, una ballesta o empune una espada, morira en el acto!
En la cabecera de cada una de aquellas largas filas, una serie de escribanos, sentados detras de unas mesas que desentonaban en el campo, tomaba nota de los datos personales de los moriscos y de las armas que entregaban; la espera era interminable debido a la indolencia y lentitud con que los escribanos cumplian con su tarea. A su lado, otro ejercito, este de sacerdotes, rezaba alrededor de los moriscos, exigiendoles que se sumasen a sus oraciones, se santiguasen o se postrasen ante los crucifijos que les mostraban. De las filas se alzaban los mismos tediosos e ininteligibles murmullos que durante anos se habian podido escuchar en las iglesias de las Alpujarras y con los que los moriscos respondian a los requerimientos de los sacerdotes.
—?Que llevas ahi? —le exigio a Hernando un soldado con la cruz roja de san Andres de los tercios bordada en su uniforme, senalando la bolsa que portaba en la mano derecha.
—No es... —empezo a decir Hernando abriendola e introduciendo la otra mano con indolencia.
—?Santiago! —grito el soldado desenvainando su espada ante lo que le parecio una actitud sospechosa.
