Hernando forzo una sonrisa ante sus palabras.

—Yo... —titubeo Yusuf sin atreverse a mirarle al rostro—, yo...

—Di.

—?Te parece bien? ?Puedo?

Entonces fue Hernando quien escondio su mirada. Se le trabo la voz antes de contestar y carraspeo repetidamente.

— No tienes que pedirme permiso. Tu... — se detuvo y volvio a carraspear—, tu eres libre y no me debes nada. En todo caso soy yo quien te debe gratitud.

—Pero...

—Que Ala te proteja, Yusuf. Ve en paz.

Yusuf se acerco a el con la solemnidad que se puede esperar de un muchacho, y la mano extendida, pero termino echandose en sus brazos. Aun ahora, Hernando sentia la entrecortada respiracion del nino en su pecho.

Alcanzo la cima del barranco y se dirigio al campamento rodeando la tienda de Barrax. No necesito tomar excesivas precauciones: la guardia estaba formada por un unico berberisco que daba cabezadas, en un vano intento por mantenerse despierto. Los demas dormian la fiesta cerca de las hogueras. ?Donde podria encontrar a Fatima y a su madre? Tenia que recorrer el campamento, y despues de sus paseos con los garzones, ?quien no le reconoceria? Vio un turbante tirado cerca de las brasas de una de las hogueras: no sabia como hacerse con el. Aunque el guardia estuviera dormitando, seguro que se daba cuenta de alguien que merodeara entre sus companeros; nada se movia y el fulgor de las antorchas que iluminaban el campamento le delataria. Recorrio el lugar con la mirada hasta... ?No!

Las piernas le flaquearon y cayo de rodillas mientras un sudor frio asolaba todo su cuerpo. Vomito. Vomito por segunda vez y su estomago le pidio una tercera y una cuarta, pero ya no tenia mas que echar y las arcadas le desgarraron. Luego volvio a mirar hacia la entrada de la tienda de Barrax: ensartada en la misma pica de la que el arraez habia ordenado colgar las espadas aparecia la cabeza degollada de Yusuf; le habian arrancado la nariz y las orejas, y las habian clavado debajo de la testa, en linea: primero una oreja, luego la otra y al final lo que debio ser la nariz del muchacho. Le asalto otra arcada, pero en esta ocasion no dejo de mirar. Imagino al inmenso arraez sobre Yusuf arrancandole nariz y orejas a dentelladas. ?Cuantas veces habia amenazado con ello! Solo podia haber sido por su causa. Habrian culpado al muchacho de su fuga; la falta de la Vieja... El era quien se ocupaba de los animales. Busco la cabeza de Ubaid, pero no la encontro. Sin duda, el arriero debio de ser mas listo y habria huido. Miro otra vez hacia los restos de Yusuf, testigos de la crueldad del corsario. Se levanto y desenvaino el alfanje.

Con sumo sigilo recorrio el lindero de la cumbre del barranco hasta colocarse a espaldas del berberisco que montaba guardia. «De poco te servira ese viejo alfanje si no aprendes a empunarlo con fuerza», le habia dicho aquel jenizaro. Si fallaba, volveria a caer en poder de Barrax. Apreto los dedos sobre la empunadura y tenso todos los musculos antes de descargar con fuerza el alfanje justo en la nuca del soldado. Solo se escucho el silbar del arma en el aire y el sordo golpear del hombre al caer a tierra con la cabeza colgando. Luego cruzo el campamento, sin preocuparse de los berberiscos que dormian, las mandibulas apretadas, los musculos en tension y la mirada clavada en la entrada de la tienda del arraez. Aparto la lona y entro. Barrax dormia en el suelo, sobre su jergon. Hernando espero hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra y se dirigio a el. Alzo el alfanje por encima de su cabeza; los dedos le dolian, los musculos de sus brazos y su espalda pugnaban por reventar. ?Ahi

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