Llevado por el impetu de su decision, hizo ademan de abandonar el rio pero cayo al agua cuando las cadenas se lo impidieron. Las habia olvidado.

—Esta resolucion te honra —reconocio el caballero mientras le ayudaba a levantarse—. Ven —anadio, y senalo hacia la orilla.

—?Que te propones?

—Muchacho, no hay hierro moro que pueda resistirse al buen acero toledano —contesto el cristiano, al tiempo que le indicaba que se sentase y que con las piernas extendidas colocara los pies encadenados sobre una pequena roca.

Hernando le vio empunar la espada con las dos manos. No podria hacerlo; estaba herido. Aun en la penumbra, pudo leer el dolor reflejado en el rostro del caballero al alzar el arma por encima de su cabeza.

—?Por los clavos de Jesucristo! —grito el noble.

Hernando creyo ver sus pies libres entre las chispas que saltaron de cadena y piedra cuando el acero golpeo contra el hierro. El crujido del eslabon tajado coincidio con el alboroto que se produjo por encima de sus cabezas. Habian descubierto su fuga. El cristiano se inclino sobre la espada, ahora clavada en la tierra, como si aquel golpe hubiera acabado con sus fuerzas.

—?Huye! —le apremio Hernando. El caballero ni siquiera contesto. Hernando le paso un brazo por debajo de las axilas y le acompano hasta la Vieja. Le ayudo a subirse igual que antes, de traves, como un fardo. Desato uno de los correajes y ato al cristiano a la mula. Guardo otras correas para si—. Confia en ella —le dijo, acercandose a su oido—. Si ves que se detiene, ordenale que se dirija a Juviles. —La Vieja irguio las orejas—. Recuerda: a Juviles. ?A Juviles, Vieja! ?A Juviles! —Arreo a la mula golpeandole en el anca. La contemplo encaminarse cauce abajo, pero solo durante un momento: el barranco aparecia ya plagado de antorchas que descendian con extrema precaucion.

Hernando se escondio entre unos matorrales mientras los berberiscos de Barrax buscaban aqui y alla sin excesivo celo, llevando con indiferencia las antorchas de un lado a otro. Los gritos del arraez resonaban por encima del barranco. Un par de soldados siguieron el curso del arroyo en la oscuridad, pero regresaron poco despues. Al dia siguiente retornaban a Argel, mucho mas ricos de cuando desembarcaron en las costas de al-Andalus; ?que les importaba a ellos si Barrax habia perdido a su cautivo?

Espero a que transcurriese la mitad de la noche antes de decidirse a ascender por la senda abierta por los propios berberiscos. Con las correas que habia guardado, ato los extremos sueltos de la cadena por encima de los grilletes; le rozaban y con toda seguridad le despellejarian igual que los aros de hierro de sus tobillos, pero el dolor era diferente: hasta entonces el sufrimiento le habia hecho arrastrarse; ahora, apenas era una molestia que sentia en sus piernas libres.

Mientras esperaba al pie del barranco pudo oir las zambras y las fiestas en el campamento. Muchos corsarios y berberiscos, al igual que Barrax, habian decidido volver a su patria y celebraban su ultima noche en tierras de al-Andalus. Por su parte, los moriscos continuaban acudiendo a rendirse a don Juan de Austria y abandonaban, ya fuera a escondidas o con total descaro, las huestes musulmanas. En esta ocasion la orden del principe cristiano se cumplia, y hombres y mujeres eran respetados en su camino. Hasta el pequeno Yusuf le habia confesado esa misma tarde su intencion de escapar a la manana siguiente para rendirse. El muchacho se habia apoderado de una vieja ballesta, con la cual pretendia acudir al campamento de don Juan como exigia el bando. Aun no tenia catorce anos, pero queria comparecer como un soldado mas. Lo exclamo con orgullo.

Вы читаете La Mano De Fatima
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату