del escenario de la guerra, a un enviado del papa Pio V. En nombre de toda la cristiandad, Su Santidad reclamaba el inicio de una nueva cruzada, a cuyos fines proponia la constitucion de una Santa Liga para luchar contra la amenaza del infiel que, segun el pontifice, se creia fuerte por la atencion que Espana prestaba a sus conflictos internos. El piadoso monarca espanol acepto, pero para dedicar esfuerzos a esa empresa le era imprescindible poner punto y final a los problemas con los moriscos de las Alpujarras.

El bando consiguio la rendicion en masa de los moriscos, que acudieron al campamento de don Juan de Austria, en el Padul, para entregarse. Pero tambien consiguio que gran parte del ejercito cristiano desertase ante la imposibilidad de obtener beneficios. De los diez mil hombres con que contaba el duque de Sesa al entrar en las Alpujarras, solo le restaban cuatro mil.

—?Nos vamos! ?Volvemos a Argel! —La orden de Barrax trono entre sus hombres—. Tenedlo todo preparado para manana por la manana. —Luego entro en su tienda—. ?Me has oido? —grito a Hernando—. Preparalo para el viaje —anadio senalando al caballero.

Hernando se volvio hacia el noble: estaba algo mejor, pero...

—Morira —dijo sin pensar.

Barrax no replico. Fruncio las cejas hasta que los extremos de cada una de ellas llegaron a fundirse por encima de sus ojos entrecerrados. Hernando contuvo la respiracion mientras el arraez tuvo clavada su mirada sobre el. Barrax le dio la espalda y abandono la tienda; su mano derecha acariciaba una daga, como si quisiera indicar al muchacho cual iba a ser su destino.

Estaba condenado, penso Hernando: le aguardaba la muerte o, en el mejor de los casos, remar en galeras de por vida. Sentado en el suelo, contemplo las cadenas que ataban sus tobillos. No podia correr. ?Ni siquiera andar! Era un esclavo. ?No era mas que un esclavo aherrojado! Y Fatima... Se llevo las manos al rostro y no pudo contener las lagrimas.

—Los hombres no lloran mas que cuando se les muere una madre o tienen las tripas abiertas.

Hernando miro al caballero y tomo aliento, en un intento por contener el llanto.

—Vamos a morir ambos —le contesto, secandose los ojos con la manga.

—Solo moriremos si Dios lo tiene asi dispuesto —susurro el cristiano.

?Donde habia escuchado esas mismas palabras? ?Gonzalico! La misma disposicion, la misma sumision. Chasqueo la lengua. ?Y el islam? ?Acaso la propia palabra no significaba sumision?

—Pero Dios nos ha hecho libres para luchar —anadio el caballero, interrumpiendo asi sus reflexiones.

Hernando le contesto con una mueca de desprecio.

—?Un hombre herido y otro encadenado? —A la vez que efectuaba esa observacion senalo hacia el exterior de la tienda. El trajin era constante.

—Si ya has aceptado tu muerte, permite al menos que yo luche por mi vida —replico el cristiano.

Hernando observo sus cadenas: no eran gruesas pero si

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