para que su madre no olvidara lo que le sucederia al pequeno si no le satisfacia, Fatima recreo cuanto habia aprendido de su madre y de las demas moriscas sobre el arte del amor, tratando de recordar aquello que le complacia a su esposo y cuantos comentarios intercambiaban las mujeres acerca de como satisfacer a sus hombres. Una y otra vez simulo el placer que hasta entonces le habia negado. Luego Brahim la dejaba, llevandose consigo a Humam. La mayor parte del tiempo que pasaba en el chamizo, sola, lo dedicaba a rezar y a observar a Aisha y a su hijo a traves de los resquicios del chamizo, llorando y acariciando la mano de Fatima que pendia de su cuello, esperando el momento en que tenia que amamantar al pequeno, unico momento en que su esposo le permitia estar con el. Brahim pretendia tenerla apartada de todo, incluso de su hijo.

Entretanto, en el otro extremo del campamento de Aben Aboo, del que iban y venian los moriscos para escaramucear con las tronas del duque de Sesa, Hernando trataba de salvar la vida del cristiano. .. Y la suya. Durante unos dias, el caballero permanecio en la semiinconsciencia, luchando contra la infeccion. En los momentos en que despertaba y que Hernando aprovechaba para darle de beber algun caldo, rezaba y se encomendaba a Jesucristo y a la Virgen. En alguna ocasion le pidio que rezase con el, negandose a tomar alimento hasta que lo hiciese, y el muchacho accedia y rezaba mientras se empenaba en introducir el caldo, que acababa chorreando por la barba del caballero. En otra ocasion de mayor lucidez, el hombre clavo su mirada en los ojos azules de Hernando.

—Son ojos de cristiano —dijo, inspeccionando despues su aspecto harapiento—. Dejame libre. Te recompensare.

Si lo hiciera, ?adonde iria?, penso Hernando mirando la sombra del berberisco que permanentemente montaba guardia ante la tienda.

—?Como te llamas? —se limito a contestarle.

El noble volvio a fijar su mirada en los ojos azules de Hernando.

—No cargare en mi familia el deshonor de morir en la tienda de un corsario renegado, ni en mi principe la preocupacion por mi cautiverio.

—Si no dices quien eres, no podran rescatarte.

—Si sobrevivo, ya habra tiempo para ello. Soy consciente de que valgo mucho dinero, pero si muero aqui, prefiero hacerlo en la ignorancia de los mios.

Hernando leyo la inscripcion que constaba en uno de los lados de la achatada hoja hexagonal de la larga y pesada espada bastarda de seis mesas del noble, colgada en el poste de la entrada de la tienda junto al alfanje de Hamid, alli donde dia y noche montaba guardia un soldado. Desde que Barrax trajera al cristiano herido, tuvo que dormir en la tienda del arraez al cuidado del caballero. La primera noche, el corsario le sorprendio mirando de reojo hacia el alfanje, en una esquina de la tienda. Barrax se dirigio al alfanje, lo cogio y lo colgo en aquel madero junto a la espada del caballero. El berberisco de guardia le observo sin decir palabra.

—Si quieres morir —advirtio entonces a Hernando—, solo tienes que empunar una de ellas.

Desde aquel momento, siempre que entraba en la tienda, Barrax desviaba la mirada hacia el poste y el berberisco de guardia dormia apoyado en las armas.

«No me saques sin razon ni me metas sin honor», rezaba la espada del noble. Hernando desvio la mirada al rostro del caballero, que en aquel momento dormia. ?Y que razon tenian los espanoles para desenvainar sus armas? Vulneraron el tratado de paz suscrito por sus reyes cuando la rendicion de Granada. Ellos, los moriscos, tambien eran subditos

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