fuertes; sus tobillos aparecian despellejados alli donde rozaban con el hierro.

—?Que harias si te dejase libre? —le pregunto el muchacho con la mirada en las argollas.

—Huir y salvar mi vida.

—Dudo de que seas capaz de andar. Ni siquiera puedes levantarte de ese lecho.

—Lo conseguire —repitio el caballero; al incorporarse, una mueca de dolor le contrajo el semblante.

—Hay miles de musulmanes ahi fuera. —En esta ocasion, Hernando se volvio hacia el. Percibio un desconocido brillo en la mirada del noble—. Te...

—?Me mataran? —se le adelanto el caballero.

La llamada del muecin a la oracion interrumpio su conversacion. Anochecia. Los preparativos para el viaje cesaron y los fieles se postraron. «Ahora», silabeo el caballero en el silencio anterior al inicio de los rezos, indicando el extremo de la tienda tras el que se encontraban las mulas.

Hernando no rezaba. No lo habia hecho desde hacia tiempo. La oracion de la noche, aquella en que los moriscos, libres de la vigilancia de los cristianos, podian rezar con cierta tranquilidad escondidos en sus casas. ?Que le habria aconsejado Hamid? ?Que diria el alfaqui de liberar a un enemigo cristiano? Volvio la cabeza hacia el poste de entrada de la tienda. El alfanje de Hamid, ?la espada del Profeta! Por la abertura entre las telas vio como los miembros del campamento buscaban orientarse hacia la quibla, preparandose para la oracion. El berberisco de guardia, como siempre, se mantenia firme en su puesto, al lado del poste, al lado de las espadas. Hernando recordo la amenaza de Barrax: «Si quieres morir, solo tienes que empunar una de ellas». Morir. ?Muerte es esperanza larga! Fue como si los ojos almendrados de Fatima, cuya imagen estallo de repente en su memoria, le guiasen. ?Que importaba ya todo? Cristianos, musulmanes, guerras, victimas...

—Simula que estas muerto —ordeno al caballero, volviendose hacia el—. Cierra los ojos y conten la respiracion.

—?Que...?

—?Hazlo!

El inicio de los rezos de miles de moriscos quebro el silencio. Hernando escucho los canticos durante unos instantes y luego asomo la cabeza entre las telas.

—?Ayudame! —Urgio al guardia—. El noble se esta muriendo.

El berberisco se introdujo en la tienda, hinco una rodilla junto al herido y le palmeo el rostro. Hernando aprovecho que el guardia le daba la espalda para desenvainar el alfanje; el susurro metalico impelio al berberisco a volver la cabeza. Sin dudarlo, desde donde se encontraba, Hernando volteo el acero y acerto en el cuello del guardia, que cayo muerto sobre el caballero.

El noble aparto el cadaver con esfuerzo.

—Dame mi espada —le pidio, al tiempo que hacia ademan de levantarse. Hernando contemplaba absorto la afilada hoja del alfanje, en la que brillaba una fina linea de sangre—. ?Por Dios! Dame la espada —suplico el noble. Hernando miro al cristiano: ?que podia hacer aquel hombre en su situacion con una espada tan pesada como aquella?—. Por favor —insistio el caballero.

Le entrego la pesada espada bastarda y se dirigio al extremo de la tienda; las recuas de mulas estaban justo al otro lado. El noble lo seguia, encorvado, con la espada en la mano. Hernando percibio el dolor y la debilidad en los lentos y

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