contra su esposo, que ha mentido. —El cabo se encogio de hombros—. Acompananos a buscar a su esposo —le exigio el sacerdote.

—Tengo cosas que hacer —se excuso este al tiempo que recogia del suelo la cabeza de Barrax—. Acompanadlos —ordeno a una pareja de sus hombres—, y cuidad de que se cumplan las ordenes del principe.

?Iban en busca de Brahim! Hernando ni siquiera presto atencion a los moriscos por los que se entremetieron siguiendo al sacristan. Tampoco lo hizo a los comentarios que saltaban a su paso; el suceso de la cabeza del capitan corsario habia corrido de boca en boca. ?Iban en busca de Brahim... y de Fatima!

—?Alli esta! —El grito de Andres, senalando la mesa de un escribano, le devolvio a la realidad justo cuando su estomago se empezaba a encoger al imaginarse a Fatima en manos de su padrastro—. ?Jose Ruiz! —rugio el sacristan apresurandose hacia el escritorio. El escribano dejo de escribir en su libro y alzo la mirada hacia el grupo que se acercaba a ellos—. ?No me juraste que tu esposa habia muerto?

Brahim palidecio al ver a su hijastro y Aisha, a Musa, a los dos soldados, a unos sacerdotes y al sacristan de Juviles apresurandose hacia el. Hernando no llego a percibir el panico que se reflejo en el rostro de su padrastro; su mirada estaba fija en Fatima, delgada, demacrada, sus hermosos ojos negros almendrados hundidos en cuencas violaceas. La muchacha se limito a verlos venir, impasible.

—?A que se debe este escandalo? —inquirio el escribano, deteniendolos con un gesto de la mano antes de que se abalanzasen sobre el escritorio. Se trataba de un hombre enjuto, de rostro enfermizo y barba rala, al que molesto la interrupcion. El sacristan se lanzo sobre Brahim, pero uno de los soldados le corto el paso—. ?Que sucede aqui? —volvio a preguntar el escribano.

— ?Este hombre me ha mentido! —solto Andres. El escribano le contesto con un deje de resignacion, convencido de que todos ellos lo hacian—. Me juro que su esposa habia muerto, pero en realidad lo que estaba era tratando de esconder a la asesina de un sacerdote —acuso tomando a Aisha del brazo y presentandola ante e l escribano.

— ?Su esposa? Segun dice el —intervino el escribano como si le costase un tremendo esfuerzo el hablar—, su esposa es esa mujer —Y senalo a Fatima.

—?Bigamo! —clamo uno de los sacerdotes.

—?Hereje! —vocifero el otro—. ?Hay que denunciarle al Santo Oficio! El principe no puede perdonar los pecados, eso solo corresponde a la Iglesia.

El escribano dejo caer la pluma sobre el libro y se seco la frente con un panuelo. Tras dias de trabajo y de atender a centenares de hombres y mujeres que ni siquiera hablaban aljamiado, solo le faltaban aquellos problemas.

—?Donde estan los alguaciles de la Suprema? —pregunto Andres. Miro en derredor suyo e insto a los soldados a que acudieran en su busca.

Hernando vio como Brahim temblaba, cada vez mas palido. Sabia lo que estaba pensando. Si le detenian y averiguaban que estaba casado con dos mujeres, la Inquisicion lo encarcelaria y...

—No..., no es mi esposa —farfullo entonces Brahim.

—Aqui pone Maria de Terque, esposa de Jose Ruiz de Juviles —dijo el escribano—. Eso es lo que me has dicho.

—?No! ?No me has entendido! Esposa de Hernando Ruiz de

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