famelicos y enfermos, tres mil quinientos moriscos, los Ruiz de Juviles entre ellos, abandonaron Granada por el camino de la Cartuja. Durante siete dias recorrieron escoltados las mas de treinta leguas que separaban Granada de Cordoba, acomodando las etapas de su viaje al bienestar del corregidor y sus oficiales, que buscaban detenerse en aquellos lugares en los que podian hacer noche sin prescindir de cama y comida.

Durante la primera etapa caminaron hasta Pinos, en la vega, a cer ca de tres leguas de Granada. Don Francisco de Zapata se acomodo en el pueblo, pero los moriscos tuvieron que aguantar la noche bajo la lluvia, en las afueras, protegiendose unos a otros. El reparto de comida fue escaso. Los lugarenos se mostraron reacios a aumentar a quienes habian denostado de la cristiandad. Al amanecer iniciaron el ascenso a Moclin, lugar en el que se alzaba una imponente fortaleza que protegia el acceso a la vega y a la ciudad de Granada. La distancia que recorrieron fue la misma que la de la primera jornada, pero en este caso ascendiendo y sintiendo como el frio de la sierra se enredaba en las ropas empapadas por la lluvia para colarse hasta los mismos huesos. No podian quedar moriscos en el camino, por lo que todos los hombres habiles fueron obligados a ayudar a los enfermos o incluso a transportar los cadaveres. No habia carro alguno. Hernando, lejos de Fatima y Aisha, que caminaban por delante, cargo durante la ascension con un anciano escualido incapaz de sostenerse en pie, con una tos seca que a medida que transcurrio la jornada se convirtio en un sordo estertor que machacaba los oidos del muchacho. Fallecio esa misma noche, como setenta moriscos mas. El unico consuelo para los deportados fue que, tras cargar con sus muertos hasta la siguiente parada, la falta de ataudes les permitia enterrarlos en tierra virgen.

Algunos, desesperados, optaron por la huida, pero el principe habia dispuesto que todo morisco que intentara huir pasaria a ser esclavo del soldado que le detuviese, por lo que la falta de cualquier hombre, mujer o nino daba paso a una avida caceria por parte de los cristianos, quienes despues herraban al fuego a sus nuevos esclavos, en la frente o en los carrillos, mientras los aullidos de dolor corrian por las filas de deportados. Ningun morisco alcanzo la libertad.

De Moclin se dirigieron a Alcala la Real, a otras tres leguas, caminando por lo alto de la sierra. Hernando fue llamado a cargar con una matrona coja en sustitucion del anciano muerto, para lo que necesito la ayuda de otro muchacho de su edad. La noche anterior percibio en Fatima preocupacion por el pequeno Humam, cuyas toses ella trataba de apaciguar contra su pecho.

En Alcala la Real, a los pies de una colina coronada por otra fortaleza en cuyo interior amurallado se construia una imponente abadia sobre una antigua mezquita, fue donde Aisha anuncio a su hijo la muerte del pequeno Humam durante la marcha de ese dia: al igual que el anciano, sus toses se fueron convirtiendo en una respiracion silbante y la criatura empezo a tiritar de tal modo que la propia Fatima hizo suyos aquellos temblores entre el llanto y los gritos de impotencia. No les permitieron detenerse. Fatima, desgarrada, rogo de rodillas a los cristianos que la ayudasen, que le permitiesen detenerse un momento para procurarle algo caliente al nino, pero sus muchas suplicas fueron respondidas con el desprecio. La soldadesca parecia mas atenta a la posibilidad de que aquella joven madre, bella incluso en su sufrimiento, tomase la desesperada decision de huir para cuidar de su hijo; por Fatima se podria obtener un buen precio en el mercado de Cordoba.

—Nadie nos ayudo —sollozo Aisha recordando las miradas de compasion de los demas moriscos.

Siguieron adelante hasta que a menos de una legua de Alcala, madre e hijo dejaron de temblar. La propia Aisha tuvo que despegar el cadaver del nino de los agarrotados brazos de su madre.

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