— Vieja —dijo mientras se acomodaba—, manana seguiras teniendo trabajo. Te lo aseguro. —Estiro del ronzal que habia lanzado por encima de los animales y lo mantuvo firme: ninguno de ellos debia moverse—. Allahu Akbar! —suspiro al notar la proteccion de ropas y animales.

La tempestad arrecio durante la noche; sin embargo, Hernando se dejo vencer por la duermevela tras comprobar con satisfaccion que nadie podia caer al suelo, emparedados como estaban entre rocas y mulas, protegidos del viento, del frio y de la nieve.

Amanecio soleado y en silencio. El reflejo del sol sobre la nieve danaba los ojos.

—?Madre? —pregunto.

Aisha logro hacer un hueco entre la ropa que la cubria. Cuando Hernando se volvio hacia Fatima, esta tambien mostraba su rostro. Sonreia.

—?Y el nino? —se intereso.

—Hace un rato que ha mamado.

Entonces fue el quien esbozo una franca sonrisa.

—?Y mis... hermanos?

Noto que a su madre le complacia que los llamara asi.

—Tranquilo. Estan bien —contesto ella.

No sucedio lo mismo con las mulas. Hernando salio por entre las patas de la recua y se encontro con que las dos que estaban expuestas al viento estaban congeladas, tiesas y cubiertas de escarcha. Eran de las nuevas, de las que Brahim trajo de Cadiar, pero aun asi... Recordo la pedrada que habia tenido que propinar a una de ellas y le palmeo el cuello. La escarcha se desprendio y cayo en miles de brillantes cristalillos.

—Tardare un poco en sacaros de ahi —grito.

No fue asi. Tras desatar la recua, se limito a empujar aquellas dos estatuas de hielo que cayeron por la pendiente y provocaron un pequeno alud a los pies de las rocas que les servian de refugio. Los demas animales estaban entumecidos y los arreo muy despacio, esperando con paciencia a que cada uno de ellos adelantara una mano... y luego la otra. Cuando le llego el turno a la Vieja, le froto los rinones durante un buen rato antes de permitir que se moviera para dejar salir a las mujeres. La noche anterior no habia tenido la precaucion de poner a buen recaudo los alimentos que llevaban y ahora ni siquiera podia encontrarlos: estaban enterrados en la nieve, como muchos de los objetos que habia tirado al suelo al quitar los arreos y las alforjas de las mulas.

—Parece que hoy solo almorzara el nino —dijo.

—Si la madre no come —advirtio Aisha—, mal lo hara el hijo.

Hernando los observo a todos: tambien estaban entumecidos y sus movimientos eran lentos y doloridos. Miro al cielo.

—Hoy no habra tormenta —aseguro—. En media jornada llegaremos a los llanos del puerto. Alli estaran los nuestros y podremos comer.

La Vieja logro encontrar el camino al puerto de la Ragua. Caminaban tranquilos, relucientes en sus abrigos de oro. Antes de partir, Hernando habia rezado con devocion, con el viento de la noche aun retumbando en sus oidos y el imborrable recuerdo de los grandes ojos almendrados de Fatima cuando dejo de frotar a su nino y miro a la noche, temerosa, como la victima indefensa pudiera hacerlo a su asesino. ?Mil veces agradecio a Ala la

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