muerte que les habia perdonado! Recordo a Hamid... ?Que razon tenia con las oraciones! ?Que habria sido de Ubaid?, penso al instante. Le parecia haber visto a algunos hombres escapar de los cristianos. Sacudio la cabeza y se obligo a olvidar al manco. Luego, mientras ordenaba los arreos y las alforjas de las mulas, mando a sus hermanastros que buscaran entre la nieve el botin que podia haber quedado sepultado; solo el oro y la plata amonedada estaban a resguardo. Para Musa y Aquil la mision fue como un juego, y asi, a pesar del hambre y el cansancio, se divirtieron revolviendo en la nieve. El sonido de sus risas hizo que Fatima y Hernando cruzaran sus miradas. Solo se miraron: sin palabras, sin sonrisas, sin gestos, y un dulce escalofrio recorrio la columna vertebral del muchacho.
En cuanto estuvieron en el camino del puerto de la Ragua, empezaron a cruzarse con moriscos. Muchos abandonaban derrotados y ni siquiera volvian la cabeza al cruzarse con el pintoresco grupo que formaban Hernando, mujeres y ninos arropados en sedas ricamente bordadas. Pero no todos escapaban: algunos subian con provisiones y otros simplemente merodeaban por las laderas; muchos de estos ultimos se les acercaron.
—Es el botin del rey —terminaba aclarandoles el muchacho.
Alguno trataba de comprobarlo y se acercaba a las alforjas, pero Hernando desenfundaba el alfanje y el curioso cedia. Muchos de ellos, tras las explicaciones, corrian a adelantar las noticias al rey.
Asi, cuando llegaron a los llanos del puerto de la Ragua, donde los restos del ejercito morisco habian logrado levantar un precario campamento, Aben Humeya y los jefes monfies, con Brahim entre ellos, les esperaban. Detras estaban los soldados, y a los lados las mujeres y los ninos que habian logrado escapar junto a sus hombres.
—Sabia que lo conseguirias, Vieja. Gracias —le dijo Hernando a la mula a un escaso centenar de varas de los llanos.
Pese a su precipitada salida, Aben Humeya se las habia compuesto para vestir con cierto lujo y les observaba soberbio, altanero como era, al frente de sus hombres. Nadie salio al encuentro de Hernando. El y su comitiva continuaron caminando, y cuando estuvieron lo bastante cerca, los acampados pudieron comprobar que las noticias eran ciertas: aquel muchacho traia consigo el oro del botin de los musulmanes. Entonces resono la primera ovacion. El rey aplaudio y al instante todos los moriscos se sumaron a la aclamacion.
Hernando se volvio hacia Aisha y Fatima, y estas le indicaron que se adelantara a ellas.
—Es tu triunfo, hijo —grito su madre.
Llego al campamento riendose. Se trataba de una risa nerviosa que no podia controlar. ?Le aclamaban! Y lo hacian aquellos mismos que le llamaban nazareno. Si Hamid le viese ahora... Acaricio el alfanje que colgaba de su cinto.
El rey les concedio uno de los muchos precarios chamizos construidos con ramajes y alguna que otra tela, al que inmediatamente se traslado tambien Brahim. Del propio botin salvado por Hernando, premio al muchacho con diez ducados en reales de plata de a ocho que su padrastro miro con avaricia, mas un turbante y una marlota leonada, bordada de flores moradas y rubies que refulgian en el interior de la cabana con cada movimiento de Hernando. Aben Humeya le esperaba a cenar en su tienda. Con torpeza, trato de ajustarse la prenda ante Fatima, que estaba sentada sobre una de las alforjas de cuero. Despues de la oracion del anochecer, cuya llamada podrian haber escuchado incluso los cristianos de mas alla del puerto, Aisha tomo en brazos a Humam y con sus dos hijos abandono la tienda sin explicaciones. Hernando no pudo apreciar la previa mirada de complicidad que se habia cruzado entre Aisha y Fatima: la de su madre incitando; la de la joven, aceptando.
