– ?De que se trata? -pregunte.
Aquel hombre se limito a repetir el nombre y los apellidos de mi padre y a preguntar impaciente:
– ?Es usted?
– No. Mi padre.
– Es importante. Del juzgado.
– Espere un momento. Voy a buscar la llave.
Cerre el ventanuco. Mi padre me miro con los ojos humedos.
– ?Policia? -pregunto.
Yo asenti con la cabeza, tristemente.
– No, otra vez no -gimio mi padre-. No podria aguantarlo.
– ?Escondete! ?Sal al patio y escondete!
Mi padre corrio hacia la puerta del patio y se detuvo. Se volvio un instante a mirarme y me senalo con un dedo como si fuera a decirme algo. Luego nego con la cabeza, cogio sus guantes de encima del televisor y salio sin hacer ruido. Mire a mi alrededor. Mi padre habia estado ahi hasta ese mismo momento y su presencia aun no habia tenido tiempo de irse del todo. En el aire quedaban su olor, el recuerdo de sus susurros, algun resto del calor de su cuerpo… Saltaba a la vista, o eso al menos me parecia a mi, que se habia marchado hacia unos segundos y que no podia haber ido demasiado lejos, y yo me temi que los policias percibirian todos esos rastros de su presencia en cuanto iniciaran el registro y que sin duda le encontrarian.
Del exterior me llego un bocinazo largo y apremiante del coche de policia. Yo grite:
– ?Voy!
Tenia la llave en la mano pero estaba tratando de ganar tiempo. Abri finalmente el candado y alce de un tiron la persiana metalica. A la luz gris de aquella manana de invierno observe al hombre calvo y a los policias, que permanecian dentro del coche. El hombre calvo agito la cabeza malhumorado.
– ?Ya era hora…!
Luego se quito un guante y lo sostuvo bajo una axila mientras rebuscaba en su carpeta y me plantaba ante los ojos unos cuantos folios grapados por una esquina. Hizo todo esto con gestos cansinos pero tambien ligeros, y al mismo tiempo dijo que era un agente judicial y que aquellos papeles formaban parte de un expediente de testamentaria. Un expediente de testamentaria, eso dijo.
– No te olvides de darle esto en cuanto lo veas -anadio-. Ahora echame una firmita.
Apenas medio minuto despues aquel coche se habia ido con los tres hombres dentro. Ahora yo estaba solo y desconcertado, y con una mano sostenia aquellos papeles mientras con la otra agarraba la persiana para volverla a bajar.
– ?Se han ido! -grite.
Supuse que mi padre lo habia oido todo desde detras de la puerta del patio.
– ?Puedes salir! ?Se han ido! -volvi a gritar.
Le espere sin moverme y mientras tanto eche una ojeada a esos folios. Lo que yo entendi fue que habia muerto mi abuela de Vitoria.
Mi abuela habia muerto y mi padre iba a heredar una parte de su fortuna.
Pense, naturalmente, que tenia que haber algun error. Que mi padre se convirtiera de repente en un hombre rico no entraba dentro del orden de los acontecimientos. Si, podia ser que mi abuela hubiera muerto, y alli constaba la fecha: justo al dia siguiente de salir mi padre de la carcel y marcharnos los dos de Vitoria. Lo que no podia ser era que mi padre heredara. ?Mi padre heredar? ?Mi padre heredar parte de la fortuna de mi abuela? ?Mi padre convertirse en el dueno de la mitad de la casa de Vitoria, de la mitad del fronton, de la mitad de cada uno de los cines y los hoteles de la abuela? Imposible. Eso era lo que no entraba dentro del orden de los acontecimientos. ?Podia alguien en su sano juicio creer que mi abuela, despues de todo, no le hubiera desheredado?
Repase aquellos papeles.
– ?No me has oido? ?Ya puedes salir! -grite con voz temblorosa, porque lo que en realidad queria gritar era: «?Somos ricos! ?No te lo vas a creer, pero somos ricos, muy ricos!»
Eche a correr hacia la puerta del patio agitando los folios en el aire. La abri. Por algun motivo yo me lo imaginaba ansioso, pegado a la puerta y con las manos entrelazadas como la gente que se arrodilla en los funerales. Mi padre, sin embargo, no aparecia por ningun lado.
– ?Papa! -grite, y en ese momento me di cuenta de que hacia mucho tiempo que no le llamaba asi.
Busque por todas partes pero era evidente que no estaba. Y, lo que era peor, tampoco estaba la Mobylette. Entre en el taller. Uno de los empleados me dijo que no hacia ni cinco minutos que le habia visto salir corriendo con el ciclomotor. Volvi junto a la persiana metalica y me acurruque en una esquina. Queria creer que mi padre regresaria en cualquier momento, que habia huido de los policias pero regresaria en cuanto supiera que estos se habian marchado.
Salio el sol, un debil sol de invierno, y yo seguia esperando. Para entonces me estaba ya temiendo lo peor. Me acordaba de aquella noche en la playa en la que mi padre salio de casa con la idea de estrellar el coche y matarse, y me acordaba tambien de aquella otra noche en Zaragoza en la que trato de hacer algo parecido, arrojarse con el coche al canal. Si lo habia intentado en dos ocasiones anteriores, podia ser que se hubiera propuesto intentarlo de nuevo: que hubiera cogido la Mobylette con la idea de estrellarla contra un muro o despenarse o lanzarse al rio y librarse asi de una vez por todas de sus problemas y sus angustias… Eso, por desgracia, si que entraba dentro del orden de los acontecimientos. Que mi padre estuviera dispuesto a suicidarse para cancelar sus cuentas pendientes y dejarme el dinero del seguro, que pretendiera hacer algo asi justo cuando acababa de convertirse en un hombre rico al que todas esas minucias no tendrian por que atormentarle: ?no os parece que el destino siempre se burlo de el, que jugo con su pobre existencia sin la menor muestra de respeto o delicadeza?
Espere un rato mas y finalmente me decidi a iniciar la busqueda. Ya os he dicho que viviamos al otro lado del Ebro. Hay, o al menos habia, en esa ribera una carreterita que discurre paralela al rio. Yo la conocia muy bien porque era un buen sitio para coger caracoles, tanto si llovia como si no, y lo primero que pense fue que, si yo hubiera escapado de casa en una Mobylette con el proposito de encontrar una muerte rapida y segura, me habria encaminado sin dudarlo hacia esa carretera y me habria arrojado al agua desde una cualquiera de sus suaves curvas. Esa parte del rio dicen que es mortal, de manera que, si hubiera conseguido sobrevivir al golpe, seguro que habria sido arrastrado al fondo por alguno de los numerosos remolinos.
Anduve, pues, por aquella carretera, escuchando a ambos lados el croar de las ranas escondidas, asomandome de vez en cuando a las aguas del rio por entre las altas paredes de maleza y de juncos. Vi dos o tres piraguistas que remaban con los ojos entrecerrados y una familia de gitanos empujando una furgoneta sin puertas y unos chicos que disparaban a los pajaros con una escopeta de perdigones. Vi tambien a un hombrecito cuidando de su pequeno huerto y una rata gordisima que rebuscaba entre los restos de un vertedero y una chica joven que arrastraba un carrito lleno de barras de pan. Y vi luego casas y mas casas y uno de los puentes de la ciudad y los otros puentes, y esa carreterita se habia convertido ya en una calle normal, en la que a nadie nunca se le ocurriria tratar de suicidarse.
Volvi por el mismo camino, mas deprisa ahora, casi corriendo. Tenia la esperanza de que hubiera regresado. Llegar y encontrarmelo. ?Que le diria si asi fuera? No, no le hablaria de mi busqueda. No le diria que llevaba dos horas buscando su cadaver entre los juncos de la orilla. El no sabia que yo habia visto la poliza de su seguro y que habia deducido todo lo demas. Le diria simplemente que todo habia cambiado de repente, que habia muerto su madre, su detestada madre, y que no le habia excluido de su testamento. Le diria que ahora era un hombre rico.
Pero mi padre no estaba.
– No -me dijo el del taller-. Por aqui no ha vuelto.
Me acorde del canal. Ya en una ocasion habia pensado en tirarse al canal, no seria extrano que volviera al mismo sitio. Corri hasta la parada de autobus. Cogi el primero que paso y luego, en la plaza de Espana, me cambie a otro que llevaba al barrio de Torrero. Baje junto al puente del canal y me detuve un momento a descansar. Era curioso. No habia notado el cansancio mientras andaba o corria, pero nada mas sentarme en el asiento del autobus me habia sentido a punto de desfallecer. Eche a andar. Caminaba despacio entre los arboles que bordean el canal y miraba a uno y otro lado sin saber muy bien que era lo que pretendia encontrar. ?Los restos destrozados de la Mobylette al pie de uno de esos arboles? ?El cadaver de mi padre arrastrado por la
