grandes: yo no habia visto ninguna hasta que llegamos a Zaragoza por primera vez, e incluso esas las habia visto de lejos, como algo que no acababa de comprender y que nada tenia que ver conmigo. Solian ser breves y violentas, un centenar de estudiantes que gritaban consignas y arrojaban panfletos y rompian escaparates hasta que los policias se lanzaban en su persecucion y les golpeaban con sus porras en las piernas y los rinones. Aquella tarde regresaba a casa despues de recorrer las calles mas centricas de la ciudad y, al pasar junto a la facultad de medicina, vi una docena de coches celulares y tanquetas de la policia nacional aparcados alrededor de la plaza. Yo aprete el paso y cruce en direccion al paseo de la Independencia. Era el camino natural para ir a mi casa, y al llegar al paseo vi que un grupo de jovenes ocupaba el centro de la calzada y comenzaba a lanzar objetos a los policias. Habia tambien estudiantes en ambas aceras. Uno de ellos me pregunto:
– ?Sabes si han cerrado esta calle?
Aquella tarde no llevaba mis mocasines italianos de color granate sino unas zapatillas de deporte, mas comodas. Me imagine que cualquiera podria tomarme por un manifestante mas, pese a mi cartera de vendedor ambulante. Segui avanzando por el paseo y una chica rubia de pelo larguisimo me dijo:
– Por ahi ni se te ocurra. Esta plagado de grises.
Obedeci de forma instintiva. Me desvie hacia otro lado y, cuando me quise dar cuenta, me encontre junto a unos manifestantes que prendian fuego a unas papeleras y las arrojaban al centro de la calzada. Luego, sin tiempo para pensarlo, yo mismo arranque otra papelera y la arrastre por el paseo hasta un lugar donde seis o siete jovenes trataban de volcar un Seat 600.
– ?Rapido! -me dijeron-. ?Levanta tu por este lado! ?Uno, dos, tres!
Ayude, por supuesto, a volcar ese coche y otros dos mas. Se habia apoderado de mi un raro frenesi, la incontenible necesidad de destruir todo lo que hubiera a mi alcance. Notaba ademas la proximidad del peligro y la insolita tension de mis musculos, y eso provocaba en mi interior una mezcla de sensaciones que me resultaba desconocida e inequivocamente placentera.
– ?Ya vienen! -grito alguien.
Mire a todos aquellos policias que ahora corrian hacia nosotros. Con sus cascos grises y sus viseras caladas, con sus escudos y sus porras, tenian muy poco de seres humanos y mucho de simples maquinas, de robots programados para el combate. Encontre una botella rota y la lance contra ellos. Si hubiera podido verles la cara, tal vez no lo habria hecho.
– ?Cuidado! ?Tiene una pistola! -oi.
Era verdad. Mezclados entre los policias habia tres o cuatro hombres de paisano. Uno de ellos, con una gabardina abotonada hasta el cuello, alzaba una pistola en su mano derecha. Eche a correr. Eche a correr entre las papeleras incendiadas y los botes de humo, entre los gritos de dolor y el ruido de las sirenas, y no me detuve hasta que a mi alrededor ya no habia ni policias ni manifestantes. Me deje caer dentro de un portal. Estaba nervioso y cansado, me temblaban las piernas. Pero estaba contento. Me encontraba bien, muy bien.
Luego descubri que en medio de la confusion habia perdido la cartera con los relojes. Bueno, que importaba. Conte el dinero de las ultimas ventas, que no me alcanzaba ni para recuperar las quince mil pesetas, y decidi no acudir a hablar con el ladron de Delgado. ?Para que? ?Para tener que darle explicaciones? Pense incluso que todo aquello podia ser una senal del destino, algo asi como un mandato que me conminaba a dejar ese trabajo y buscar uno mejor. Delgado, ademas, nunca podria exigirme nada porque ni siquiera conocia mi verdadero domicilio.
Yo entonces me sentia muy fuerte. Estaba seguro de que superaria todos los obstaculos que se me presentaran y de que siempre saldria adelante. Habia cambiado. No era el mismo que un ano antes y lo sabia. Tambien mi padre habia cambiado, solo que su cambio habia sido opuesto al mio. Era como si mi padre hubiera ido dejando por el camino grandes trozos de si mismo y como si yo los hubiera recogido e incorporado a mi vida y forma de ser. Nos pareciamos, claro que nos pareciamos. Mi padre, en su adolescencia, no debia de haber sido tan distinto de mi, y yo veia en el uno de mis futuros posibles. Mi admiracion por Patricia Hearst hacia meses que se habia disuelto sin dejar huella, y a mi ya ni siquiera me importaba si la habian detenido o no. Habiamos podido ser algo parecido a uno de esos comandos simbioticos, pero eso no entraba en nuestro destino. Tambien habiamos podido ser como don Quijote y Sancho, pero lo mismo. Ahora eramos solo dos seres solitarios, un padre y un hijo que se ganaban la vida como podian y se juntaban por la noche para ver concursos en un televisor prestado.
?Y mi madre? Estuve muchas veces a punto de preguntarle por ella pero al final nunca llegue a hacerlo. En eso nuestra relacion no habia cambiado. ?Y mi madre? Habria sido tan facil hacer esa pregunta y dejar que mi padre me hablara de ella, de lo mucho que la habia querido y de las viejas heridas y los viejos sacrificios que habia aceptado solo por ella. ?Llegariamos alguna vez a hablar de ella? Si, seguro que si: la vida es muy larga. Pero ?cuando? ?Acaso cuando el fuera viejo y estuviera en una cama de hospital, con un tubo en la nariz, reponiendose de un infarto?
Despues de lo de los relojes encontre un trabajo de aprendiz en una peluqueria canina. Ridiculo, ?verdad? Mi mision consistia en limpiar el suelo de los pelos dejados por los caniches blancos y negros y en abrir y cerrar la puerta a las cursis propietarias de los caniches blancos y negros. Quiza mas adelante hable de algunas de las cosas que entonces me ocurrieron, pero lo mas seguro es que no llegue a hacerlo nunca, porque a los pocos dias de empezar en la peluqueria sucedio algo que cambio definitivamente nuestras vidas.
– ?Quien es? ?Quien puede ser? -susurro mi padre, alterado-. Asomate tu. O no. Espera. No hagas nada, a ver si se van.
Era un dia cualquiera por la manana. Temprano, muy temprano. Habian golpeado varias veces la persiana metalica. O, mejor dicho, la habian aporreado, y ahora volvian a hacerlo. Esa era, al menos, la impresion que uno tenia si estaba ahi dentro.
– No puede ser Felix -volvio a susurrar mi padre.
No, no podia ser el. Felix siempre daba tres golpecitos para anunciar su llegada. Tres golpes secos con los nudillos, toc, toc, toc. Aquella manana, quienquiera que fuese golpeaba la persiana metalica con la palma de la mano. Y no tres veces, sino cinco, seis, acaso mas.
– El ya nos habria llamado por nuestros nombres…
Esa era otra. Felix tenia su propia llave. Si el candado estaba en el lado exterior de la persiana, eso queria decir que no habia nadie dentro. Si por el contrario estaba en la parte interior, resultaba evidente que al menos uno de nosotros se encontraba en ese momento en aquel almacen.
– Insisten… -dije yo, en voz muy baja.
En efecto, volvian a llamar, y ahora lo hacian con particular fuerza. Mire a mi padre. A cada uno de aquellos golpes cerraba los ojos y alzaba los hombros, como si estuvieramos en un refugio antiaereo en mitad de un bombardeo y no se tratara de simples golpes sino de autenticas explosiones.
– ?Ya voy! -grite, y aquel estrepito ceso en el acto, dejando tras de si un eco breve y confuso.
Mi padre pego la espalda a la pared mas cercana. Yo entreabri el ventanuco cuadrado y mire. El que habia llamado era un hombre calvo y robusto que se frotaba la nariz con la mano enguantada. En la otra mano sostenia una carpeta, y a su espalda vi un coche de policia con los cristales medio empanados y dos agentes de uniforme en su interior. «Policias, lo peor que nos podia ocurrir», pense, y lo pense con tal intensidad que casi temi que aquel hombre hubiera podido oirme.
– Lo siento…-dije-. Estaba dormido.
Dije eso, y mientras lo decia (?cuantos segundos pudieron pasar?, ?dos segundos?, ?tres?) os aseguro que tuve tiempo mas que suficiente para pensar una cosa y pensar la contraria y para pensar dos o tres cosas mas totalmente distintas de las anteriores. Pense, por ejemplo, en todas las cosas que mi padre pensaria en cuanto yo me volviera y le dijera que eran policias. Que, por supuesto, venian a buscarle. Que tenia todavia cuentas pendientes con la justicia. Que podia ser que vinieran de nuevo por lo mismo, lo de los coches de importacion, pero que tal vez no. Que tal vez venian por lo del robo de la caja registradora, o tal vez por sus continuadas estafas a la compania telefonica, o incluso por mis tios, por esos ahorros que quiza nunca podria devolver. Pense en lo que sin duda pensaria mi padre pero pense tambien algunas cosas mas. Pense tambien que podia ser que vinieran por mi. ?Que tendria de extrano? Podia ser que Delgado hubiera denunciado mi desaparicion con uno de sus muestrarios de relojes. Tambien podia ser que Delgado fuera, en efecto, un ladron de relojes y que la policia le hubiera detenido y ahora estuviera buscando a sus complices y colaboradores… Todos esos pensamientos pasaron por mi cabeza en tan poco tiempo, apenas dos o tres segundos.
El hombre calvo, sin dejar de frotarse la nariz, dijo el nombre y los dos apellidos de mi padre.
