cuarto de bano, minusculo, asqueroso, compuesto nada mas por un retrete agrietado y un lavabo sin agua caliente. La otra daba al patio de un taller mecanico en el que se amontonaban neumaticos viejos, trozos de carroceria, motores inservibles. Era ahi donde mi padre guardaba la Mobylette. Se la habia prestado Felix en cuanto supo que habiamos tenido que vender el coche. Ya digo que se porto muy bien con nosotros: nos dejo el local, nos dejo la Mobylette, de vez en cuando venia a buscar a mi padre y le ofrecia algo de dinero por ayudarle a limpiar un piso o una tienda.

– Hasta la semana que viene no creo que vuelva a tener nada para ti -solia excusarse ante mi padre-. En la television dicen que las cosas van bien pero no es verdad. Cada vez hay menos trabajo.

Felix siempre estaba excusandose por no poder ayudarnos todo lo que el habria querido. En realidad seguia teniendo a mi padre por un caballero culto y distinguido, y yo no se que le dolia mas, si el hecho de no estar en condiciones de proporcionarle empleo o el de que los trabajillos que de vez en cuando podia ofrecerle no estuvieran, segun el, a la altura de mi padre.

Recuerdo la imagen de mi padre en la Mobylette. Recuerdo el intenso frio de aquellas madrugadas de invierno y a mi padre preparandose una bolsa con el mono azul y un par de bocadillos y metiendose paginas de periodicos dentro de la americana para abrigarse. Viendolo asi, en esa pequena motocicleta y con los periodicos asomandole por la americana cruzada, comprendia con facilidad hasta donde habia caido su autoestima. Lo que quiero decir es: con esa moto y esos periodicos, y tambien con esa nariz moqueante y esa nube de aliento pegada a la boca, ?podia mi padre aunque solo fuera fingir la seguridad que siempre habia mostrado al volante del Tiburon?

Felix me habia prometido que, si las cosas mejoraban, intentaria darme trabajo tambien a mi, pero yo pense que a mi padre no le gustaria. No le gustaria verme trajinar a su lado con fregonas, cubos de agua y botellas de lejia, y sin duda tampoco le gustaria que yo le viera de igual modo. Eche una ojeada a las ofertas de empleo del periodico y recorte un anuncio que decia:

Departamento de VENTAS prestigiosa marca de relojes NECESITA:

jovenes ambos sexos, activos, emprendedores, con don de gentes y conocimiento de idiomas.

OFRECE:

retribucion minima 50.000 ptas. mensuales.

Llame por telefono para concertar una entrevista. Pregunte por un senor apellidado Delgado.

– ?Edad? -me pregunto.

– Dieciseis -menti.

– ?Experiencia en ventas?

– He trabajado en negocios de importacion. Hace poco intervine en una campana de introduccion de productos americanos en nuestro pais…-dije, y esto no se podia decir que fuera una mentira.

– ?Que productos?

– Botes de caramelo liquido, latas de pipas peladas…

– ?Pipas peladas? Jamas habia oido hablar de algo asi.

Acudi a su despacho, que era en realidad una vivienda normal en cuya puerta no habia ningun letrero. Me abrio el propio senor Delgado y me hizo esperar en un saloncito que daba a las vias del tren. Sentados en sendos sillones estaban dos chicos algo mayores que yo, y sobre la mesita de cristal habia un cenicero con propaganda de Cinzano que emitia un leve tintineo cada vez que pasaba un tren.

– ?De que se trata? -pregunte, y uno de los chicos se encogio de hombros y dijo:

– Ni idea.

Los observe en silencio. Yo era como ellos, como cualquiera de esos dos chicos que sonaban con esa retribucion minima de cincuenta mil pesetas y miraban a los demas con desconfianza. Veia en sus ojos el brillo feroz de la necesidad, de la lucha por la vida, acaso el recuerdo de los anos vividos en miserables cuartos de casas miserables, atestadas de gente, sin intimidad. Yo me decia a mi mismo que era como esos dos chicos pero, al mismo tiempo, veia en ellos una carga de realidad que era incapaz de percibir' en mi. Como si, de hecho, su miseria fuera mayor o mas cierta que la mia.

– El siguiente -dijo el senor Delgado.

Cuando me llego el turno habia tres chicos nuevos en el saloncito. El senor Delgado me hizo pasar a su despacho y, antes de ofrecerme asiento, me miro lentamente de la cabeza a los pies. Yo estaba seguro de pasar ese primer examen. Me habia puesto mi mejor ropa, la que me habian comprado mis tios en Vitoria: un jersey Pulligan de cuello en pico, un pantalon gris con la raya de la plancha bien marcada y unos mocasines italianos de color granate.

– ?Para que necesita este trabajo un chico como tu? ?No tienes bastante con lo que te dan tus papas?

– Mis papas no me dan ni un duro. Yo me gano mi dinero -dije, y me parecio que mi respuesta le satisfizo.

Aquel hombre me hizo un par de preguntas intrascendentes, y yo supuse que solo queria oirme hablar. Luego me explico en que consistia el trabajo: en vender relojes de puerta en puerta.

– Son Timex -dijo-. Una buena marca, ?eh? Me imagino que la conoces. Relojes americanos.

Yo asenti con la cabeza, y pense que a lo mejor aquel hombre habia conseguido esos relojes a bajo precio gracias a algun contacto en el economato de la base americana. Un negocio, por tanto, no muy distinto del que mi padre habia querido montar con los productos no perecederos. Pero tampoco me habria extranado que esos relojes fueran robados. Por cosas que yo habia oido decir a la gente de la base, sabia que eso era habitual. Los espanoles que trabajaban alli robaban todo lo que tenian a mano. Se quedaban con la mitad de las mercancias que descargaban de los aviones americanos y luego comerciaban con ellas, y las autoridades militares lo sabian pero no podian hacer otra cosa que tolerarlo. Si, seguro que esos relojes eran robados.

– Observa los distintos modelos…-dijo el senor Delgado.

Se entretuvo mostrandome un amplio muestrario y yo di por supuesto que el trabajo era mio.

– ?Y lo del conocimiento de idiomas? -pregunte.

– En el mundo de los negocios hay que saber distinguir entre lo principal y lo accesorio -dijo el-. Eso, por ejemplo, forma parte de lo accesorio. La cuestion es tener clase. Y tu la tienes.

No quise preguntarle por la retribucion minima de cincuenta mil pesetas. Supuse que tambien eso formaba parte de lo accesorio.

– A todos los chicos que han pasado antes que tu los he rechazado -anadio-. A ti estoy dispuesto a ponerte a prueba un par de semanas.

Luego coloco sobre la mesa una cartera con una veintena de relojes Timex y me pidio diez mil pesetas en concepto de fianza. Aquellos relojes no valian mucho mas, y yo pense: «Ninguno de los chicos que han pasado antes que yo tenian las diez mil pesetas que tu les has pedido.»

– Esta bien -dije.

Diez mil pesetas era mas o menos lo que aun conservaba de la venta del televisor y las otras cosas. Yo sabia que aquel hombre se estaba aprovechando de mi pero, por muy precario y dudoso que fuera aquel trabajo, lo necesitaba. Por eso acepte.

– Esta bien -volvi a decir.

En unos folios que pretendian parecer un contrato escribi mi nombre, mi falsa fecha de nacimiento y una direccion tambien falsa. ?Por que di la direccion de una de las viviendas anteriores, la del barrio de Torrero, junto al cementerio y la carcel, tambien junto al canal, en lugar de dar mi autentica direccion, la de aquel triste almacen al otro lado del rio? ?Fue por verguenza? ?Por no dar una informacion que contradijera lo que decian mis zapatos italianos y mi jersey de cuello en pico? No se, pero lo cierto es que aquel detalle me parecio intrascendente. Lo del almacen era provisional; en cuanto nos mudaramos a otro sitio le daria las nuevas senas.

Luego firme, deje sobre la mesa nueve billetes de mil y dos de quinientas (llevaba siempre encima todo mi dinero) y me eche a la calle con una de esas carteras repletas de relojes. Yo era ahora un vendedor ambulante, un vendedor de relojes Timex, quien sabia si robados o no, y eso era mejor que no ser nada. Me pasaba los dias yendo de un lado para otro, subiendo y bajando escaleras, llamando a los timbres de las casas. Muchas veces ni siquiera me abrian la puerta. Otras veces me estudiaban en silencio a traves de la mirilla y acababan abriendo, y entonces yo exhibia todos aquellos relojes baratos que llevaba en la cartera y soltaba siempre la misma cantinela:

– Buenas tardes, senora. Solo le pido un minuto. ?Le apetece echar una ojeada? Estoy haciendo una promocion de relojes. Supongo que ha visto los anuncios. Son Timex. ?Americanos! ?Que mejor regalo para estas Navidades?

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