corriente? ?Acaso solo su fragil figura sobre la Mobylette, despues de haberse pasado toda aquella manana dando vueltas y mas vueltas por esa carretera, asustado y lloroso, incapaz de cumplir esa determinacion ultima que el mismo habia adoptado?

– ?Que pasa, chico? ?Te has perdido?

El que me dijo eso fue un taxista que se habia detenido a mi lado. Para entonces yo debia de haber recorrido cuatro o cinco kilometros, tal vez mas, y me encontraba en una zona alejada de toda edificacion. Hice una sena con la mano y me meti en el taxi.

– Estas helado -dijo el hombre-. ?Como se te ocurre salir de paseo con un frio como este?

Le dije que avanzara pero despacio. Le dije que estaba buscando a una persona. El taxista trato de iniciar una conversacion en torno a los resultados del futbol o algo asi y, aunque a mi aquello me traia sin cuidado, al mismo tiempo notaba que el sonido de su voz me tranquilizaba.

– Si, si -decia yo para que aquel hombre no se callara, y mientras tanto no dejaba de mirar por mi ventanilla.

Siguiendo el curso del canal dejamos atras los arboles del parque, cruzamos un barrio entero y nos metimos en una zona de huertas, lejos ya de la ciudad.

– ?Sigo? -pregunto el.

– Adelante, adelante…

Tenia el presentimiento de que me estaba acercando, de que muy pronto encontraria a mi padre o su cadaver o lo que fuera.

– ?Sigo? -volvio a decir el taxista, confundido.

Fue muy poco despues cuando, al salir de una curva, nos topamos con dos policias que desviaban el escaso trafico hacia el carril contrario. Uno de ellos nos hizo senas para que siguieramos pero yo exclame:

– ?Alto! ?Pare aqui!

Junto a las motos de los policias habia una grua del deposito municipal. Un hombre con unas altas botas de plastico, como de pescador, se asomaba a la orilla del canal sujetando con una mano el gancho de la grua. Luego le vi acuclillarse y sacudir la cabeza en direccion al conductor. Sali del taxi justo a tiempo de ver como la Mobylette, cubierta de lodo pero aparentemente entera y sin roturas, era izada por aquel cable y quedaba suspendida en el aire. Me detuve un instante a mirarla. Daba vueltas sobre si misma como el auricular de un telefono cuando tratas de desenredar el cordon. Luego me acerque a uno de los policias.

– Es mi padre -dije-. ?Que le ha pasado?

Me temia lo peor. Me temia que aquel hombre me dijera que habian encontrado la moto pero no al motorista. Me temia que el cuerpo sucio e hinchado de mi padre pudiera estar ahi cerca, atrapado por el barro del fondo del canal. El policia, sin embargo, me dijo que habia visto como se llevaban a alguien en una ambulancia.

– Un hombre bajito -dijo-, parecido a Frank Sinatra.

– Pero ?esta vivo? ?Se fijo en como estaba? ?Donde se lo han llevado?

El policia estuvo un rato hablando por la radio de su moto y luego me dijo el nombre de un hospital. Corri al taxi. Tenia una sensacion extrana, como si todo estuviera ocurriendo a la vez muy deprisa y muy despacio. Tenia la sensacion de que habia pasado mucho tiempo desde lo de aquella manana, lo del agente judicial y la huida de mi padre y todo lo demas, pero tambien me parecia que el tiempo en realidad no pasaba para nada ni para nadie, como si la vida se hubiera detenido a mi alrededor y fuera yo el unico que seguia en movimiento.

Llegamos al hospital. No llevaba dinero suficiente para pagar la carrera del taxi pero al taxista no le importo.

– Dejalo, chico -dijo-. Que haya suerte.

En el hospital pregunte por mi padre y una monja anoto mi nombre. Aparecio despues otra monja, que me acompano a una salita y me pidio que esperara.

– Digame al menos si esta vivo…-rogue.

Aquella monja no sabia nada. Me sente. Una mujer a mi lado no paraba de llorar. «Aqui todos tienen su propia desgracia», pense. Sali al cabo de un rato al pasillo a estirar las piernas. Tenia otra vez la impresion de que el tiempo pasaba muy despacio, y sin embargo eran ya cerca de las cinco. Me di cuenta, ademas, de que no habia comido nada en todo el dia. Pero la verdad era que tampoco tenia hambre. Pensaba en mi padre y en la Mobylette manchada de barro, dando vueltas y mas vueltas sobre si misma.

Cuando por fin me dejaron pasar a verle, acababan de encender las luces porque ya estaba anocheciendo. A mi padre lo habian metido en una habitacion junto a otros tres hombres. El ocupaba la cama del fondo, al lado de la ventana. Tenia la cabeza vendada y la mitad de la cara tapada con grandes esparadrapos y con gasas. Le habian cubierto tambien la nariz, y uno de sus ojos asomaba enrojecido y deforme entre las vendas blancas. Mi padre volvio levemente la cabeza para mirarme. Su leve sonrisa acabo convirtiendose en una mueca de dolor.

– No se que fue lo que paso -dijo, el muy mentiroso-. Debia de estar el suelo mojado.

Yo asenti en silencio y le cogi la mano. Le cogi la mano izquierda y la aprete con todas mis fuerzas contra mi pecho, y por un momento casi crei que tenia ganas de llorar. Pero no, no llore. Ya sabeis que yo nunca lloro.

Aquel verano alquilamos un apartamento en la playa. No era ninguna de las playas en las que habiamos vivido en invierno pero para mi, alguna vez os lo he dicho, todas las playas son siempre la misma playa, mi playa. Bueno, eso ya no era del todo cierto. Aquel verano me dio la impresion de que esa playa y todas las playas eran de todo el mundo pero no mias. Mi padre volvio a ponerse moreno, como en el patio de la carcel. Pero ahora no estaba en la carcel sino en una playa en la que habia alquilado un apartamento, como la gente normal que tiene una familia normal y lleva una vida normal. Yo me aburri mucho aquel verano pero puedo decir que al menos mi padre fue feliz. Bastante feliz.

Ignacio Martinez de Pison

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