Ignacio Martinez de Pison

Carreteras secundarias

© 1996

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Llevaba los pantalones arremangados y el agua me mojaba los tobillos. Me gustaba estar asi, de pie, inmovil, en silencio. Me gustaba tener los ojos cerrados y sentir como la brisa del mar me revolvia el pelo. Tambien me gustaba escuchar el rumor de las olas e imaginar que me estaban diciendo algo. Me ocurria como con el tictac del despertador en las noches de insomnio, que siempre me decia lo mismo: «No puede ser, si puede ser, no puede ser.» Las olas, en cambio, decian: «Ahooora, ahooora.» O decian: «Bueeeno, bueeeno.» O tambien: «Vaaamos, vaaamos.»

– ?Nos vamos! -oi, pero no eran las olas.

Abri los ojos, me volvi hacia el pretil. Mi padre estaba junto a la puerta abierta del Tiburon. Con una mano hacia sonar el claxon y con la otra gesticulaba de un modo casi violento, como quien llama un taxi en mitad de un aguacero. No se. A lo mejor llevaba un buen rato ahi, haciendo sonar el claxon y desganitandose.

– ?Nos vamos! -volvio a gritar.

Cogi mis zapatillas de deporte y fui hacia el. Avance con una lentitud premeditada, desafiante, como los futbolistas que son sustituidos con el unico proposito de perder tiempo. Me encarame al pretil con gestos desganados.

– Recoge tus cosas. Tenemos que marcharnos ya.

Yo le mire pero no dije nada. Estaba enfadado con el por lo de siempre, por lo del perro. Mi padre me insto a entrar en el coche y yo me senale los pies e hice un ademan que queria decir: «Para no manchar.» Que absurdo, a mi nunca me ha importado manchar.

Asi pues, volvi andando a la urbanizacion. Llevaba las zapatillas en la mano derecha y el Tiburon de mi padre me seguia a muy pocos metros por la calzada. Recorrimos de esa manera el paseo maritimo y cruzamos el aparcamiento. No se veia ningun signo de vida, ni personas ni automoviles ni ropa tendida en las terrazas. Todas las persianas de la urbanizacion estaban bajadas, y mi padre y yo pareciamos personajes de una pelicula de gangsters, el coche siguiendome como para un ajuste de cuentas.

Subi por las escaleras. La puerta estaba abierta y en el cuarto de estar no quedaba ni rastro de muebles. Ni la comoda ni el sofa ni la mesita de cristal: solo los horribles estanos de Marisa. De la cocina faltaban la nevera y el horno. Que podia haber pasado, decidi no preguntarlo. Tambien mi habitacion estaba semivacia. Los timbrazos de mi padre me apremiaban desde el portal mientras yo metia en la bolsa mi ropa, mis cintas, mis cuatro o cinco libros, mi coleccion de recortes del doctor Barnard. Me lave los pies y me calce y, antes de salir de alli dejando la puerta tal como la habia encontrado, rescate tambien alguno de los posters de la pared.

Mi padre me esperaba con el coche en marcha. Arranco ruidosamente, las ruedas patinando sobre la gravilla, y eso parecio ponerle de buen humor. Volvimos por donde habiamos venido, mucho mas deprisa ahora, y cuando llegamos al cruce mi padre tomo el desvio que llevaba a la nacional. La carretera, flanqueada por esporadicas palmeras y por zarzas, era recta y estrecha, y no nos cruzamos con ningun coche hasta que ya estabamos cerca de la nacional. Entonces vimos aparecer un 1430 azul con ostentosos faros antiniebla y mi padre solto un bufido. Era el coche del administrador, la unica persona capaz de ponerse unos faros asi en un lugar en el que nunca habia niebla. Mi padre y el intercambiaron un saludo sobre la marcha, y luego mi padre se echo a reir como un loco y dijo:

– ?Cabron! ?Ahora veras que sorpresa!

Cogimos la nacional en direccion norte. Mi padre parecia contento y ni siquiera protestaba por no poder adelantar una caravana de camiones. De vez en cuando sacudia la cabeza y decia como para si:

– Me gustaria poder ver su cara…

No nos detuvimos hasta que el indicador de la gasolina senalo la reserva. Llenamos el deposito y, cosa rara en el, mi padre dio una buena propina al mozo que nos limpio el parabrisas. Un rato despues paramos a comer en un restaurante de carretera ante el que estaban aparcados varios de los camiones que no habiamos podido adelantar.

– Nada de menu -dijo mi padre-. A la carta.

Yo seguia tan callado como al principio. Mi padre pidio una racion doble de sesos rebozados, su plato preferido, y dijo de ellos que eran un lujo asiatico, su frase preferida.

– Come, hombre -me animaba-. ?A la salud del majadero del administrador!

Menciono al administrador y se creyo obligado a darme una explicacion:

– La gasolina, esta comida… Las paga el. Se lo tiene merecido por haber tratado de tomarme el pelo.

Ahora mi padre no parecia tan euforico. Hablo del apartamento, de la cantidad que el pasado septiembre habia tenido que dejar en deposito, de como el administrador se habia negado a devolverle ese dinero pretextando que rescindiamos el contrato de alquiler antes de lo previsto.

– La vida es una partida de ajedrez. El ha movido sus piezas, yo he movido las mias.

Dijo esto con una conviccion excesiva, como replicando a una objecion que nadie le habia hecho. No se si estaba tratando de justificarse o de convencerme de algo.

– Por esas birrias de muebles no me han dado casi nada. Pero eso es lo de menos. Alguien tenia que darle una leccion, y ese alguien he sido yo, tu padre.

Yo comia en silencio y el creia que con mi actitud le estaba reprochando la apresurada mudanza, el apartamento vacio y todo lo demas. Mi padre solto una carcajada, pero una carcajada como las de los malos actores, demasiado ruidosa, demasiado perfecta, y anadio:

– ?Sabes quien me lo va a agradecer? ?Los nuevos inquilinos, que tendran nevera nueva y estrenaran muebles y ropa de cama!

Su chiste no obtuvo la acogida prevista y mi padre, repentinamente serio, dijo que yo era muy joven y que habia cosas que todavia no podia entender. Luego hablo de la justicia y dijo que habia momentos en la vida en los que tenias que elegir entre pisotear y ser pisoteado. Cuando ya no supo que decir, dijo simplemente que ya no tenia hambre y aparto su plato. Permanecio el resto de la comida en silencio, como yo mismo. Queria parecer enfadado pero yo sabia que solo se sentia avergonzado e inerme, tal vez ridiculo.

El televisor estaba situado sobre una repisa a unos tres metros del suelo, y el camarero necesito una vara para encenderlo a distancia. El presentador del telediario dijo que el dia anterior habia sido secuestrada Patricia Hearst, hija de un magnate norteamericano. Despues nos trajeron la cuenta, y el dinero de los muebles quedo un rato sobre la mesa. Mi padre lo miro como miraria un automovilista el cuerpo de un peaton atropellado, y luego junto las palmas de las manos y me dijo:

– No te lo tomes asi, por favor.

Que infeliz. A mi todo eso me traia sin cuidado, pero el se negaba a entenderlo. Por mi podia haber quemado esos muebles y esa nevera y hasta la urbanizacion entera con el administrador dentro, y yo jamas se lo habria recriminado. Ya he dicho que yo estaba enfadado por lo de siempre, por lo del perro.

Yo queria tener un perro pero mi padre siempre me soltaba las mismas gilipolleces, que quiza mas adelante, cuando las cosas nos fueran mejor, cuando tuvieramos una casa en propiedad. Una casa en propiedad. Con los adultos no hay forma de entenderse: yo le hablaba de tener un perro y el me hablaba de tener una casa, como si entre las propiedades y los perros existiera una relacion magica que a mi se me escapaba.

– El coche es nuestro -replicaba yo para ver hasta donde llegaba esa relacion, y mi padre soltaba un momento el volante y daba una palmada breve y triunfal:

– ?Precisamente!

O sea que no teniamos un perro porque teniamos un coche y no una casa.

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