Me cogio por las axilas y me subio a sus hombros para que tambien yo pudiera verle. Y en efecto le vi. Estaba de pie junto a la puerta abierta del Mercedes, contestando a las preguntas que le hacian, y con una mano se alisaba el pelo despeinado por el viento. Luego saludo con una sonrisa y trato de abrirse camino hacia los escalones. Entonces mi padre echo a correr y yo vi que nos dirigiamos hacia la puerta de la clinica, donde una comitiva de medicos de bata blanca y senores con traje y corbata esperaba pacientemente al ilustre cirujano. Nos colocamos a escasos metros de ellos y mi padre me bajo al suelo. Me dio un boligrafo y una libreta y saco su camara de bolsillo.

– Cuando yo te diga, corres hacia el -me dijo.

Se habia formado un estrecho pasillo de gente en direccion a la entrada, y Barnard avanzaba flanqueado por media docena de senores con aire de peces gordos y autoridades.

– ?Ahora! -me grito mi padre.

Yo vi que Barnard pasaba por delante de nosotros pero no me movi.

– ?Venga! ?Ya! ?No seas tonto!

Yo segui quieto en mi sitio. Hubiera querido obedecer pero una fuerza secreta me tenia como paralizado.

– ?Corre!

Si ahora corri fue porque mi padre me empujo. De golpe me encontre abalanzandome hacia el grupo de Barnard. Llevaba en una mano el boligrafo y en la otra la libreta y, cuando ya me hallaba a apenas un metro de Barnard, alguien me puso la mano en el pecho y me aparto. Fue entonces cuando el me miro. Se detuvo a mirarme y todos los que estaban con el tambien lo hicieron. De algun modo me converti momentaneamente en el centro de atencion. Barnard sonrio, dijo unas palabras que yo no entendi y senalo mi libreta. Se la tendi, tembloroso, y Barnard garabateo unos signos incomprensibles y me la devolvio con un gesto amable. Lo demas fue cosa de muy pocos segundos. De repente todos desaparecieron en el interior de la clinica y mi padre y yo, solos en las escaleras, nos miramos.

– ?La tengo! ?Tengo la foto! -proclamo el, alzando su camara de bolsillo.

Yo no podia creermelo. Barnard me habia sonreido y me habia firmado un autografo. Unos instantes de su vida me habian pertenecido. Estaba feliz.

– ?Que te habia dicho? -sonrio mi padre-. Barnard es un caballero.

Nos tomamos otro bocadillo de salchicha y emprendimos el viaje de vuelta. Mientras saliamos de Madrid hicimos sonar varias vecesEl puente sobre el rioKwai con la bocina.

– La foto y la firma seran las joyas de tu coleccion -me dijo mi padre.

– Si -dije yo, sacando la cabeza por la ventanilla.

En cuanto al corazon de Blaiberg, mas tarde supe que resistio un ano y pico. Cuando se murio, yo ni siquiera me entere.

– Y tu padre, ?que es?

Claro, yo nunca decia que mi padre fuera medico. Eso me sonaba a mentira y, puestos a decir mentiras, preferia elegir alguna que me gustara.

– Instructor de astronautas. Les ensena como conducir el cohete, como realizar un alunizaje, cosas asi. Hasta la semana pasada viviamos en Cabo Kennedy. Teniamos una piscina en forma de corazon y Armstrong venia todas las semanas a banarse con nosotros. Es un buen amigo de mi padre. Los otros dos tambien, pero sobre todo Armstrong.

En el ano sesenta y nueve mi padre habia sido instructor de astronautas, en el setenta corresponsal de guerra en Vietnam, en el setenta y uno director tecnico del equipo ciclista en el que corria Ocana, en el setenta y dos agente secreto al servicio de una organizacion internacional, en el setenta y tres realizador de programas de television. Ahora mi padre era agente artistico de Estrella y yo eso no lo podia tolerar.

– Y tu padre, ?que es?

– Mi padre es cientifico. Tenemos en casa una computadora que llega hasta el techo. Grandisima.

– ?Mas grande que la gorda esa que te ha traido en coche?

El que habia hablado era Maranon, un chico grandote, repetidor, orgulloso de los cuatro pelillos que le crecian sobre las comisuras de los labios. Los otros rieron. Yo mire a Maranon y pense: «Esta te la guardo, gilipollas. Aqui nadie se rie de mi padre ni de sus novias sin mi permiso.»

Yo sabia lo que era ser nuevo en un colegio. Tambien sabia lo que tenia que hacer para ganarme el respeto de los demas. El hermano Ramon toco el silbato y todos volvimos al aula para la clase de geografia. Despues teniamos gimnasia. Bajamos al vestuario y yo espere a que hubieran entrado todos para cerrar la puerta. Luego me subi de un salto a uno de los bancos y grite:

– ?Maranon, ven aqui!

Se volvio Maranon y se volvieron todos. Me miraban como tenian que mirarme, con una media sonrisa de curiosidad, esperando que fuera a hacer alguna payasada para granjearme su admiracion. A lo mejor pensaban que iba a hacer el pino sobre el banco o a dar un salto con voltereta incluida.

– ?Maranon! -repeti.

– Que pasa… -contesto el, indolente, y se fue abriendo camino hacia mi con pasos lentos, calculados, como un hombre duro en una pelicula de vaqueros.

Cuando lo tuve delante le dedique mi mas amplia sonrisa. Maranon agito la cabeza en un ademan de impaciencia. Los demas, expectantes, habian hecho lo que yo sabia que harian: formar un corro a nuestro alrededor. Para ellos era la primera vez. Para mi no. Yo montaba una es- cenita asi siempre que cambiaba de colegio. Maranon me devolvio la sonrisa como en anteriores ocasiones me la habian devuelto otros: Hurtado, Gutierrez, aquel desdentado del que ya ni me acuerdo. Lo importante era escoger al mas chulo de la clase.

– ?Que! -grito el, mostrandome las palmas de las manos, y yo me baje la cremallera del pantalon y le dije:

– O me comes la polla o te hincho un ojo.

Bueno, el resto casi no vale la pena contarlo. Todos los chavales, incluido Maranon, me observaron boquiabiertos, como si no creyeran lo que acababan de oir. Al fin y al cabo ninguno pasaba de los catorce anos. Yo disfrutaba diciendo guarradas y amenazando a la gente, asi que me puse a gritar como un energumeno. ?Me habia oido o no? ?No se lo repetiria mas! ?O me comia la polla o le hinchaba un ojo!

Maranon, por supuesto, no me comio nada, y yo tuve que hincharle un ojo, que era lo que queria. Al momento llego el hermano Ramon, que me cogio de una oreja y me arrastro hasta el despacho del rector. Me soltaron unos cuantos sermones y luego llamaron a mi casa para que alguien viniera a buscarme.

– Una semana de expulsion -decretaron.

Una semana, un mes, un ano. A mi eso me daba lo mismo. Lo que me importaba era que, cuando volviera, seria el mas respetado de toda aquella pandilla de mamones.

Estrella me habia llevado aquella manana al colegio porque le cogia de paso para El Vendrell, donde recibia lecciones de canto tres dias a la semana. Los lunes, los miercoles y los viernes. Estrella queria ser cantante de opera. O de zarzuela, si, de zarzuela, y si yo hasta entonces habia concentrado mis odios en la musica de peliculas, ahora tenia ya otro genero al que detestar. Pensareis que soy un maniatico o algo asi, pero es que vosotros no sabeis lo que es vivir con una persona que se pasa el dia cantando zarzuelas. Una pesadilla. Un autentico suplicio. A lo que mas se parecia mi vida era a esos inaguantables programas de television que se llamabanAntologia de la zarzuela o Paginas de oro de la historia de la zarzuela. Y todo por culpa de Estrella y de los malditos consejos de su profesor de canto.

– Ayer don Sebastian me dijo los tres secretos de las grandes divas…

– Ensayar, ensayar y ensayar. ?Es la cuarta vez que lo repites!

– Pues eso. A ensayar, a ensayar y a ensayar.

Estrella ensayaba mientras fregaba o barria, y entonces cantaba aquello de «pobre chica la que tiene que servir». Ensayaba cuando tendia la ropa, y yo desde la playa la oia gritar «?salero, salero!, ?el me tiene muy ufana porque hay muchas que le quieren y se quedan con las ganas!». Ensayaba tambien en el Tiburon cuando me llevaba al colegio: «De Espana vengo, soy espanola, en mis ojos traigo luz de su cielo.» Ensayaba, en fin, siempre que me tenia al lado, y si habia algo que de verdad me sacaba de quicio era que de golpe me mirara con ojos de chulapona enamorada y me soltara aquello de «ay, Felipe de mi alma, Mari Pepa de mi vida…». Porque no se si lo he dicho, pero yo me llamo Felipe, y si cualquiera de sus canciones me molestaba, os podeis imaginar que aquella directamente me indignaba. Una cancion dedicada a mi: era lo que me faltaba. Esa mujer habia confundido la vida con un musical y pretendia darme un papelito en su pelicula.

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