reproducirla y tal vez hasta de reconocerla, sabia que aquel instrumento era una trompeta, una trompeta con sordina como la que tiempo atras le habia visto tocar a un musico negro en television. Oia esa musica de trompeta muy cerca de mi, como si me estuvieran hablando al oido. La sentia en la mejilla como una caricia y se me erizaban las escamas de la piel, y yo entonces contenia la respiracion porque sabia que en cualquier instante veria a la persona que me estaba esperando en esa playa desconocida al otro lado del mar, y esa persona era una chica, mi chica, que se me aparecia como en los duermevelas, sin rostro o con un rostro oscuro e indefinido, y de la que solo sabia que era bailarina porque llevaba siempre un tutu blanco, reluciente. La veia. La veia durante un rato que se me antojaba siempre demasiado breve. Luego, de golpe, volvia a encontrarme en mi playa, en la misma playa en la que habia iniciado ese viaje, y trataba de retener la imagen de mi bailarina como quien se aferra a un sueno placentero que un timbrazo inoportuno acaba de interrumpir.
– ?Cabron! ?Esta vez me has dado! -grito Maranon, y yo cogi otra piedra y se la lance.
Esa manana estaba lloviendo pero a mi no me importaba. Le volvi la espalda y anduve por la orilla hasta el lugar en el que habia dejado la cartera y las zapatillas. Maranon me seguia, oscuro y silencioso, y yo lo sabia sin necesidad de mirarle. Yo habia pasado por muchos colegios y todos me parecian iguales. En todos habia un gordo, un pelirrojo y un tonto. En todos habia tambien un repetidor que queria ser amigo mio y me seguia a todas partes.
Me sente sobre la cartera y deje que el agua de lluvia me resbalara por la cara. Maranon se sento a un par de metros. Yo ni le mire. No lo queria como amigo porque a mi los amigos me duraban muy poco. Un par de anos antes habia tenido uno. Se llamaba Wilfredo. Tenia sesenta y tantos anos y un detector de metales. Recorria las playas buscando monedas, anillos, cadenitas, y a mi me gustaba acompanarle. Habia dias en que no encontraba mas que unas cuantas llaves oxidadas, pero una vez hallo un reloj de oro. Aquello debia de valer un dineral.
Cerre los ojos y trate de imaginar que estaba solo.
– Oye, ?tu te haces pajas? -me pregunto Maranon, el muy cerdo.
Fingi no haberle escuchado.
– Yo me hago muchas -prosiguio el-. Tres al dia. Una en la cama, cuando me despierto. Otra antes de comer, en el lavabo. Y otra en…
– ?Callate, gilipollas! -le grite y, como no tenia a mano ninguna piedra, le lance una zapatilla.
Maranon se puso a hacer montanitas con la arena humeda y yo pense que finalmente me dejaria en paz. Pero no. Al cabo de un rato volvio a hablar de lo mismo. ?Por que tenia que contarme todas esas guarradas?
– ?Sabes lo que hago? Me la meneo con un calcetin. Asi da mas gusto. ?Y has probado a ponerte una mosca? Coges una mosca, le arrancas las alas y te la pones en el capullo. Cuando estas en la banera no hay nada mejor. La cuestion es mantener la polla fuera del agua. Como un periscopio, ?entiendes?
No pude aguantarlo mas. Me levante de un salto, me eche sobre el y le aprete la cara contra la arena. El trato de zafarse pero yo le tenia inmovilizado. Le habia doblado un brazo a la espalda, y cada vez que se lo apretaba Maranon proferia un aullido de dolor.
– ?No te habia dicho que te callaras? ?Gilipollas!
– ?Sueltame, por favor! ?Te juro que me callare! -me suplico.
Le solte finalmente. Maranon escupio la arena de la boca y se froto el brazo dolorido.
– Eres un cabron, eres un cabron… -lloriqueaba con voz de marica.
?Por que se quejaba tanto? Podia haberle roto el brazo y no lo hice. Maranon se levanto y fue a lavarse a la orilla. Habia dejado de llover.
No se si fue esa manana u otra parecida cuando vi a Estrella y a mi padre bailando junto al bunker. Aquel bunker de los tiempos de la guerra separaba nuestra playa de la siguiente, pero a mi no me gustaba frecuentarlo porque habia bichos y olia a mierda. Maranon y yo los mirabamos subidos al tejadillo de un quiosco abandonado.
– ?Se han vuelto locos? -pregunto Maranon.
Muy cuerdos no parecian. Por encima del rumor de las olas nos llegaba la voz de Estrella cantando aquello de «un manton de la China-na, China-na, China-na» y, de forma mas irregular, el sonido de las risas de mi padre, que con los brazos en jarras daba saltitos en torno a Estrella como un bailarin escoces. Luego ella tarareo un vals y mi padre con muchos melindres la cogio por la cintura. Estuvieron un buen rato girando sobre si mismos como una peonza, pero al final cayeron torpemente sobre la arena, ella encima de el, gorda, regocijada, aplastandolo a conciencia y negandose con risitas pueriles a atender sus gritos de auxilio.
Nos acercamos Maranon y yo. En esas circunstancias era improbable que me cayera otra bronca por haber faltado a clase. Nos detuvimos a unos cinco o seis metros de ellos, y ahora Estrella le estaba haciendo cosquillas. Mi padre, entre carcajadas y gestos de dolor, se revolvia desesperadamente bajo su peso.
– ?Para, por favor, para! -le suplicaba-. ?Asi me lo agradeces?
Maranon me lanzo un vistazo como pidiendome permiso para sonreir. Yo me encogi de hombros, y entonces mi padre nos vio y logro por fin retener las munecas de Estrella. Esta se levanto sin dejar de reir. Le hacia gracia ver a mi padre tan azorado y a la vez tan energico.
– Bueno, bueno. Te estaba buscando -me dijo, mientras se levantaba y recomponia su atuendo-. Nos vas a echar una mano. Y tu amigo tambien, si quiere.
Al cabo de un rato ibamos los cuatro camino del pueblo en el Tiburon. Estrella parecia muy excitada. Hablaba de la ropa que se queria comprar y de una diadema con brillantitos que habia sido de su madre y que habia guardado cuidadosamente durante anos. Tambien hablaba de someterse a un regimen de adelgazamiento que habia visto anunciado en una revista.
– Garantizado. Pierda cuatro kilos en una semana. Sin ejercicio fisico. Sin pasar hambre -recito, como si tuviera la revista ante sus ojos-. A mi me sobran ocho kilos. Dos semanas seran suficientes.
– Olvidate -dijo mi padre-. Si adelgazas demasiado puedes perder la voz.
A mi padre le gustaban gordas. Mi madre, sin embargo, era muy delgada. Recuerdo unas fotos suyas de recien casados. Aparecia en ellas con ropa de verano, y las claviculas le asomaban como dos cintas. Mi madre se parecia bastante Audrey Hepburn. Si mi padre se parecia a Frank Sinatra, mi madre se parecia a Audrey Hepburn. Era tan delgada como Audrey Hepburn pero bastante mas menuda. Mi padre nunca ha sido un hombre alto, y ella en esas fotos casi no le llegaba a los hombros.
– Cuatro kilos si -dijo Estrella, concluyente, y se puso a cantar a voz en grito una de sus horribles zarzuelas.
Maranon y yo ibamos en el asiento de atras, el un poco acobardado, yo aguardando una explicacion. Mi padre se volvio a mirarnos en un ceda el paso. Maranon se aclaro la garganta y dijo:
– ?Es dificil manejar una computadora gigante? A mi me gustaria saber hacerlo.
Que tonto era Maranon, se habia creido todas mis mentiras. Mi padre me miro sin comprender, y yo le hice una sena que queria decir: «No le hagas caso, ya te explicare.» Paramos delante de un taller de artes graficas. Entraron mi padre y Estrella.
– ?Cuando podre ir a tu casa a ver la computadora?
– La tenemos en Suiza, en un sotano de nuestra casa. Aqui esas computadoras estan prohibidas porque sirven para hacer bombas atomicas.
– ?Y no teneis miedo de que os la roben?
– Hay un vigilante. Por eso no nos hemos traido a los perros. El se ocupa de ellos cuando no estamos.
– ?Perros?
– Doce.
– Me gustaria tener doce perros y una casa en Suiza.
Aparecieron Estrella y mi padre. Llevaban varios rollos como de papel pintado. Eran carteles. Estrella, nerviosa, saco uno de ellos y lo desenrollo parcialmente. Permanecio unos instantes observandolo complacida, como esos sastres que salen a la calle para comprobar el color de un tejido a la luz del sol. Luego lo exhibio alborozada, y a traves de la ventanilla pude leer lo que ponia en el cartel: el proximo viernes, dia tal, a tal hora, presentacion mundial en el casino de esta localidad de la gran cantante ESTRELLA PINSEQUE, que interpretara romanzas de
Asi que era eso. Ese era el motivo de tanto baile y tanta excitacion.
– Sigo pensando que una foto mia no habria estado mal. Una foto con la diadema -dijo Estrella con expresion pensativa-. ?Y don Nicolas? ?No tendria que aparecer su nombre en alguna esquinita? Como patrocinador…
