Se metieron en el coche y mi padre le guino un ojo.

– Don Nicolas es un hombre muy poderoso. No necesita ir pregonandolo. Tu dejame a mi.

Estrella le agarro por los mofletes y le estampo un beso en la frente.

– Claro que si, carinito.

– Yo se como se manejan estas cosas.

– Si es que eres un genio…

– Pues la verdad…

– ?Ay, ay, ay! ?Que haria yo sin ti?

– ?Nos vamos ya? -interrumpi desde atras. Todo aquello me parecia ridiculo.

Nos pusimos otra vez en marcha. Pero no volvimos por la carretera sino que nos metimos por una calle que llevaba al centro. Maranon se me acerco al oido y me pregunto por don Nicolas. «?Otro cientifico?», susurro, y yo asenti sin prestarle atencion. Mi padre, euforico, no paraba de hablar:

– Vamos a empapelar toda la ciudad. ?Que digo? ?Toda la comarca! ?No quedara ni un poste sin cartel!

Estrella reia sin cesar y daba palmaditas como una nina pequena:

– ?Si! ?Que se entere todo el mundo!

A mi tanto entusiasmo me hacia desconfiar. Nos metimos por la calle del cine y mi padre detuvo el coche en- encima de la acera. Entonces se volvio hacia nosotros y nos guino el ojo. Yo conocia muy bien esa forma de guinar el ojo, acompanada de un leve cabeceo y de una mueca de pretendida complicidad. Solia hacer eso cuando queria pedirme un favor, y en esas ocasiones lo normal era que comenzara soltandome alguno de sus habituales discursitos.

Por ejemplo, el de que el queria que le tratara no como a mi padre sino como a mi mejor amigo.

– No -dije.

– ?Que no que?

– Que no pienso pegar ningun cartel.

La mueca de complicidad se borro de su rostro y en su lugar aparecio la del rencor: los parpados entornados, el labio inferior por encima del superior. En ese instante mi padre estaba dudando entre enfurecerse o tratar de mostrarse razonable. Opto por esto ultimo, y con un movimiento de manos que nos abarcaba a todos dijo que Estrella era la artista, Estrella Penseque, el cartel mismo lo decia: ?habiamos visto alguna vez a una artista pegando sus propios carteles? Y el, mi padre, era su representante, su agente artistico: ?habiamos visto…?

– No -dije.

– ?Como que no! ?Es que no lo entiendes? Nosotros tenemos una posicion. ?Una posicion! ?Que pensaria el publico si nos viera…?

– No voy a pegar ningun cartel. Y Maranon tampoco.

Claro que tuvimos que pegar carteles. Empapelamos medio pueblo entre Maranon y yo. Nosotros solos porque, con eso de que ellos tenian una posicion, con eso de que Estrella era la artista y mi padre el no se que de la artista, ni siquiera se rebajaron a salir del coche. Nos seguian a poca distancia por las calles, satisfechos y solemnes, sintiendose importantes, y de vez en cuando bajaban la ventanilla para decirnos que este cartel estaba torcido o que aquel otro se iba a despegar. ?A vosotros os parece sensato? ?No habria sido mas logico que los hubieramos puesto entre los cuatro? Pero, bueno, eso era lo que mi padre entendia por dignidad. Eso y lo de pelar la naranja con cuchillo y tenedor, y lo de saludar a las mujeres con un beso en la mano, y lo de no querer ponerse una corbata que no fuera de la sastreria Sucesores de Bonet, fundada en 1893…

A mi su idea de la dignidad siempre me parecio una gilipollez, y con mas motivo aquel dia mientras pegabamos los carteles. Acabamos verdaderamente agotados. Al final mi padre se nos acerco complacido y nos dio una buena propina. Y todo porque estaba Maranon. Era muy tipico de el hacerse el generoso delante de extranos.

Me acuerdo de la excursion que hicimos a Morella. Eso ocurrio un par de anos antes de lo que os acabo de contar. Me acuerdo de esa excursion porque entonces comprendi lo importante que era para mi padre la opinion que los desconocidos pudieran tener de el.

Morella esta en lo alto de un penasco, y por esa zona dijo mi padre que habia peleado el Cid Campeador. Puede ser, no digo que no. Llegamos a la ciudad en el Tiburon. Mi padre hablaba de moros y de cristianos, y yo tenia ganas de bajar porque me estaba meando.

– En el castillo -dijo el-, pararemos en el castillo.

Yo le pregunte si conocia el camino y el contesto:

– Cuesta arriba. Siempre cuesta arriba.

Si, aquello sonaba logico, pero lo cierto es que nos metimos por una calle y luego por otra y por otra, todas cuesta arriba, y el castillo no aparecia por ningun lado.

– ?Por que no preguntamos? -sugeri, pero mi padre se lo tomo a mal.

– Tu me has preguntado a mi y yo te he contestado. ?No tienes bastante?

La calle siguiente tambien era de subida, y sin duda mi padre pensaba que todas esas cuestas conducian al castillo. Llegamos, sin embargo, a una plazoleta y alli las calles empezaban a bajar. ?Donde quedaba ahora el castillo? ?Era posible que nos hubieramos perdido en una ciudad tan pequena? En uno de los balcones habia una mujer morena secandose el pelo. Yo pensaba que mi padre pararia el coche y preguntaria pero no. Se limito a dedicarle una sonrisa cortes y a pasar de largo.

– Esta calle es cuesta abajo -dije.

– Ya se que esta calle es cuesta abajo. ?Te lo he preguntado? Tu me has preguntado antes y yo te he contestado. ?Te he preguntado yo algo? Entonces, ?por que me contestas? Esta calle es cuesta abajo, y luego hay una calle cuesta arriba y otra calle cuesta arriba y luego esta el castillo.

Volvimos a recorrer una calle que ya conociamos. Unos hombres sentados a la puerta de un bar nos miraron con curiosidad. Estaba claro que nos habiamos perdido. Yo aproveche para recordar que me estaba meando pero mi padre siguio adelante. Le gustaba dar la sensacion de ser un hombre con recursos, alguien capaz de manejar todas las situaciones. Le gustaba la imagen de si mismo al volante del Tiburon. Eso le daba seguridad, le hacia creer que estaba impresionando a alguien, y a lo mejor temia que esa ilusion pudiera desvanecerse si se detenia a preguntar.

– Es por aqui. ?Lo ves? Cuesta arriba. Siempre cuesta arriba.

Ahora la calle era realmente empinada, y tan estrecha que ni siquiera habriamos podido abrir las puertas del coche. Yo creo que muy pocos conductores se habrian arriesgado a meterse con su automovil por un callejon asi.

– Detras de esa esquina aparecera el castillo.

No fue asi. Detras de esa esquina la calle parecia aun mas estrecha, y el castillo seguia sin aparecer.

– Por alli -dijo mi padre, senalando una curva.

– ?Estas seguro?

– ?Seguro! -replico el, casi enfadado.

Volvio el volante a la derecha para tomar la curva, pero estaba claro que el angulo era insuficiente. Era una maniobra complicada. Habia muy poco espacio para un coche como aquel. Mi padre, ademas, no podia permanecer parado sin dejar de pisar el freno, porque ahi la cuesta se habia vuelto particularmente pronunciada. Hizo la primera maniobra ayudandose con el freno de mano. Consiguio ganar unos centimetros pero saltaba a la vista que todavia no podiamos pasar. Volvio a intentarlo. Retrocedio hasta rozar la pared, y no se que ocurrio entonces que, al tratar de cambiar de marcha, el motor se le calo y ya no podiamos ir ni para adelante ni para atras. Hizo girar la llave de contacto una y otra vez, pero el coche no se ponia en marcha. La situacion era absurda. Estabamos encajonados, atrapados en una callejuela desierta. El coche se negaba a moverse y las puertas estaban practicamente bloqueadas por las paredes de las casas.

– Me estoy meando -dije.

– ?Puedes salir?

Pude salir por la ventanilla, trepando desde ahi al techo y deslizandome despues por el capot. Mire a mi padre encerrado en el interior del coche. El me miro tambien, con los brazos cruzados sobre el volante, y lo cierto es que no podiamos dejar de advertir lo comico de las circunstancias.

– Corre a mear. Yo no me movere de aqui -dijo el.

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