– Pagina siete. Blaiberg ha superado la reaccion de rechazo. Los medicos se muestran optimistas.

Yo buscaba la pagina indicada y la incorporaba a mi coleccion. Dia tras dia, iba haciendo un completo y cuidadoso seguimiento de la evolucion del corazon de Blaiberg, en el que no faltaban articulos de opinion de prestigiosos especialistas espanoles ni entrevistas con familiares y amigos del enfermo y con medicos del equipo de Barnard. Las notas de prensa, sin embargo, eran cada vez mas escuetas y, para mi decepcion, hubo incluso algun dia en que ni siquiera se menciono el asunto, como si los periodistas hubieran decidido desentenderse de el. Pero Blaiberg seguia vivo, y cada dia que pasaba era un triunfo para Barnard. Un triunfo tambien para mi padre y para mi.

Cuando se cumplieron los dieciocho dias del trasplante aparecio un pequeno titular que decia «El corazon de Blaiberg resiste mas que el de Washkansky». Decidimos celebrarlo por todo lo alto. Abrimos una botella de litro de cocacola y unas latas de sardinas y berberechos.

– ?Por Blaiberg! -brindamos.

– ?Por el doctor Barnard, as de corazones! -brindamos.

– ?Por todos los medicos del Groote Schuur! ?Y por las enfermeras! -brindamos.

Yo creo que ni siquiera en esa lejana clinica sudafricana lo celebraron con el feliz entusiasmo con que nosotros lo hicimos. Seguimos brindando hasta que se nos acabo la cocacola. Y con ella practicamente se acabo todo. A partir de entonces los periodicos dejaron de informar sobre la evolucion del enfermo. Nada. Ni una simple nota, ni un par de lineas perdidas en la seccion de ciencia y salud.

– No te lo tomes asi -me decia mi padre-. Si no dicen nada sera porque todo va bien.

A mi eso me parecia injusto. Si Blaiberg se hubiera muerto como se murio Washkansky, seguro que le habrian dedicado paginas enteras. Que silencioso estaba siendo el exito de Barnard y que ruidoso habria sido su fracaso.

Pasaron varias semanas sin noticias de Blaiberg, y tambien yo fui olvidandome del asunto. Me despreocupe hasta tal punto de mi coleccion de recortes que ya ni siquiera me molestaba en echar un vistazo al periodico cuando mi padre lo dejaba abandonado en el sofa.

– ?Ven! ?Date prisa! -me llamo una noche desde su dormitorio.

Debiamos de estar ya en mayo. Mi padre tenia dificultades para conciliar el sueno y solia meterse en la cama a escuchar la radio hasta altas horas de la madrugada. Llegue a su habitacion. Con una mano me pidio silencio mientras con la otra senalaba la radio-despertador.

– Estenosis aortica -susurro, sacudiendo la cabeza arriba y abajo con solemnidad.

– ?Que?

Mi padre me chisto para hacerme callar y volvio a senalar la radio. El locutor estaba hablando de una operacion que iba a realizarse por la manana en una clinica madrilena.

– Acto seguido, y en presencia de algunos de nuestros mas prestigiosos cardiologos, procedera a hacer una demostracion de sus tecnicas quirurgicas, efectuando un trasplante de corazon de un perro a otro perro.

Prosiguieron luego con la informacion deportiva, y yo mire a mi padre con ansiedad.

– ?Donde? -pregunte.

– En Madrid.

– ?Si, pero donde!

– En la clinica La Paz…

Permanecimos un momento en silencio, mirandonos nada mas. Luego mi padre echo un vistazo al reloj de la radio y dijo:

– Vistete. Nos vamos dentro de media hora.

Entonces viviamos en una urbanizacion en la provincia de Murcia, no muy lejos del Mar Menor. Nos esperaban una noche cerrada y cuatrocientos kilometros de carreteras mal asfaltadas. El viaje iba a ser largo y pesado, pero eso nos traia sin cuidado. Mi padre me dijo que me echara a dormir en el asiento de atras. Yo, sin embargo, estaba demasiado nervioso para pensar en dormir. Me sente a su lado. Mi padre me cubrio las piernas con una manta de cuadros escoceses y arranco. Luego estuvo unos minutos manipulando la radio y encontro una emisora en la que sonaban las canciones deMy Fair Lady y Los paraguas de Cherburgo. Nos pasamos mas de una hora tarareandolas, porque en aquella epoca a mi todavia no me disgustaba la musica de peliculas, y recuerdo que me sentia feliz asi, envuelto en aquella manta al lado de mi padre, siguiendo con la mirada las rayas blancas de la carretera, canturreando. Volvimos a hablar de Barnard y de sus operaciones prodigiosas, y yo tragaba saliva y trataba de imaginar lo que ocurriria horas despues, cuando consiguieramos verlo en la clinica. Fijaos que absurdo. Yo me lo imaginaba viniendo desde el final de un largo pasillo en el que habia un cartel con una flecha que decia «Quirofanos». Yo estaba en el otro extremo del pasillo y le veia avanzar hacia mi, lento, solo, impenetrable. Llevaba puesta su ropa de trabajo y, a medida que avanzaba, se quitaba alguna prenda. Primero un guante, luego el otro, despues el gorrito verde. Llevaba la boca cubierta por una mascarilla tambien verde, y solo se la quitaba al llegar junto a mi. Entonces me mostraba la franca sonrisa de las fotografias y me decia en un castellano perfecto: «La intervencion ha sido un exito.» Y, claro, yo sonreia tambien, y me ponia a aplaudir hasta que las manos casi me dolian: ?tres hurras por el doctor Barnard…!

– Aprovecha para dormir -me insistia mi padre.

– No tengo sueno.

Dije esto, pero lo cierto es que la mayor parte del viaje la pase durmiendo. Desperte cuando ya estabamos en Madrid y mi padre preguntaba a un guardia la direccion de la clinica. Dimos no se cuantas vueltas hasta encontrarla. Por fin, mi padre aparco el 1500 y dijo:

– Ya estamos.

Yo mire la fachada de la clinica y automaticamente me eche a temblar. Asi es. Estaba tan nervioso que me temblaban las manos, las rodillas, los pies. Era como si me estuviera muriendo de frio: respiraba sin compas ninguno y los dientes me castaneteaban igual que cierto dia de Reyes en que probando un barco de juguete me cai a un estanque. Pero aquella manana no hacia frio en Madrid.

– ?Sales o no? -me pregunto mi padre.

Sali. Le segui por la acera y por las escaleras hasta la entrada, y alli un hombre de uniforme nos paro y nos pregunto que queriamos.

– Queremos ver al doctor Barnard.

El hombre nos dijo que, si no eramos periodistas ni familiares de enfermos, no estabamos autorizados a entrar.

Tuvimos, pues, que esperar en el exterior. Yo me sente en un rincon y mi padre fue a un bar cercano a buscar unos bocadillos de salchicha. De la clinica entraba y salia gente sin parar, y en las escaleras habia una docena de personas esperando. A mi me gustaba creer que eran todos periodistas pero la verdad es que tenian aspecto de simples curiosos, como nosotros. Yo miraba a mi alrededor y pensaba que, por supuesto, nada iba a ser como habia imaginado. Llego mi padre con los bocadillos. Estuvo un rato explicandome lo que ibamos a hacer, y yo observaba las comisuras de sus labios manchadas de mostaza y seguia temblando.

– No creo que tarde demasiado. He visto que ya han llegado los de la tele. Nosotros iremos a recibirle a la puerta del coche. Le saludaremos. Tu le pediras un autografo y yo os hare una foto juntos.

Yo solo hablaba para poner objeciones: ?y si tenia prisa?, ?y si no conseguiamos hablar con el?, ?y si resultaba que la gente le molestaba? Mi padre sacudia la cabeza con la boca llena de salchicha.

– El doctor Barnard es un caballero. Y a los caballeros la gente como nosotros no les puede molestar.

La espera se prolongo tanto que, acostumbrado a mi propio nerviosismo, acabe dejando de temblar. Seguia llegando gente y, sin embargo, en las escaleras permaneciamos mas o menos los mismos que antes.

– ?Lo ves? No tendremos ningun problema para acercarnos a saludarle -decia mi padre.

Llego Barnard. Mejor dicho: llegaron tres Mercedes Benz. Nosotros corrimos hacia el primero pero no era el de Barnard. Corrimos despues hacia el segundo, y tampoco. El tercero, por supuesto, si que era el coche que traia a Barnard, pero, para cuando nos dimos cuenta, era tal la cantidad de gente que se habia congregado a su alrededor que resultaba imposible acercarse a menos de seis o siete metros. ?De donde habian salido todos aquellos periodistas con sus camaras y sus microfonos? Mi padre me tenia cogido de la mano, y yo solo veia nucas, espaldas, culos que pugnaban por acercarse unos cuantos centimetros mas hacia donde previsiblemente se encontraba Barnard.

– ?Si, es el! ?Ya lo he visto! -anuncio mi padre, alzandose sobre las puntas de los pies y oscilando como un tentetieso.

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