mujer rubia y rechoncha, con los parpados pintados de azul como las putas. Mi padre detuvo el coche para recogerla, y Estrella me saludo revolviendome el pelo con la mano, que es una de las dos cosas que mas detesto.

– Sigue -le indico a mi padre-. El tercer portal.

Luego salimos del coche y Estrella me observo con una sonrisa.

– ?Has dado otro estiron? Estas hecho todo un hombre -me dijo.

Que me digan que estoy hecho un hombre: esa es precisamente la otra cosa que mas detesto.

Yo en ese momento solo tenia una idea en la cabeza: que esa mujer no se quedara a vivir con nosotros. Entramos en el apartamento y lo primero que vi fueron unos marquitos con fotos suyas repartidos por la estanteria. Me asome a uno de los dormitorios y sobre la cama de matrimonio descubri, todavia a medio deshacer, unas maletas que no podian ser sino suyas. ?Desde cuando las artistas compartian habitacion con sus agentes? «Te odio», le dije a mi padre con la mirada. Se lo dije con mas claridad que si lo hubiera formulado de viva voz, y mi padre aparto los ojos e improviso un par de apresurados elogios al apartamento.

– Pero todavia no has visto lo mejor -anuncio Estrella senalando la chimenea.

Era una de esas chimeneas electricas, con lenos de plastico que se iluminan por dentro como si fueran ascuas. En ese momento estaba apagada y Estrella, con aire satisfecho, pulso un interruptor. Mi padre vio encenderse aquella incandescencia falsa y temblona y se echo a reir como un tonto, ensenando una horrible caries en una de las muelas superiores.

– ?Que gracia! ?Y ademas calienta de verdad! -exclamo acercando las palmas de las manos-. Nunca habia visto una cosa asi…

No aguante mas. Cogi mi bolsa y busque mi dormitorio. Tenia literas y en la de abajo la cama ya estaba hecha. Me llamo la atencion el embozo de la sabana, igualado, sin arrugas, insolito. Coloque los posters y deje algunas de mis cosas en la litera de arriba. Luego con mi navaja suiza de ocho usos me dedique a escribir la palabra mierda en el lateral del armario. Guarde mi ropa, mis libros, mi album de recortes. Al cabo de un rato llamaron a la puerta y Estrella me trajo una cocacola con una paja y un emparedado. El emparedado recordaba la bandera japonesa, porque en el centro tenia un primoroso agujero por el que asomaba una yema de huevo. Del cuarto de estar me llegaba la voz de mi padre, colgado del telefono:

– Tiene usted que oirla. Es sencillamente genial. La nueva Maria Callas.

Estrella se quedo un momento a verme merendar y me dirigio una de esas sonrisas de senora gorda que todo el mundo califica de maternales. Cuando por fin se marcho, yo pense: «Menos mal que no me ha pedido que la llame mama, porque soy capaz de clavarle mi navaja de ocho usos.»

Lo que mas me fastidiaba era que mi padre tambien hacia esas cosas por mi, por mi bien, o al menos eso decia. Ocurria lo mismo que con nuestra forma de vida. Yo ni queria ni necesitaba tener una madre. Era el el que no podia vivir sin una mujer que le planchara las camisas por la tarde y se le abriera de piernas por la noche. Claro que mi padre jamas lo habria enfocado asi. El se lamentaba siempre de la temprana muerte de mi verdadera madre y luego hablaba de mi desarrollo emocional y de lo delicada que era la edad en la que yo me encontraba. Gilipolleces. Tambien decia que estaba dispuesto a sacrificar su independencia por mi y que lo importante en esos momentos era darme una familia para que me sintiera arropado, protegido. Mas gilipolleces, y el caso es que cada cierto tiempo me aparecia con una fulana que me estampaba dos sonoros besos en los carrillos y acababa pidiendome que la llamara mama. Primero fue la hortera de Vicky, que se pasaba todo el dia en casa haciendo solitarios y limandose las unas, luego Marisa, la de los bajorrelieves en estano. Ahora Estrella.

Entro poco despues y vio casi intacta la bandera japonesa del emparedado. Yo me habia metido en la cama y me tapaba la cabeza con la almohada.

– Este chico debe de estar malo -oi que le decia a mi padre.

– Voy a ver -dijo el.

– ?Estoy bien! ?No me pasa nada! -grite yo desde la calida profundidad de las sabanas.

Mi padre habia estudiado medicina pero nunca llego a ejercer de verdad, y yo creo que no sabia ni poner una inyeccion. Antes de que yo naciera habia trabajado como medico forense en un juzgado. El nunca hablaba de aquellos anos, y casi mejor asi. Medico forense. No es que a mi me gustara ser hijo de un senor que un dia se presentaba como agente artistico y otro como vete a saber que, pero, desde luego, es seguro que me habria sentido muy poco orgulloso de el si hubiera seguido trabajando como medico forense. Medico forense. Yo puedo comprender que una persona quiera ser medico y que aspire a sentirse util a la sociedad, salvando vidas y haciendo cosas asi. Puedo comprender que uno quiera ser psiquiatra y pretenda que los locos recuperen la razon, o que quiera ser cardiologo y pasarse la vida resucitando senores fulminados por un infarto. Hasta entenderia que alguien aspirara a ser dentista y a sentirse orgulloso de la honesta artesania de los empastes y las dentaduras postizas. Pero ?medico forense? ?Puede existir gente en el mundo con una vocacion asi? ?Conoceis a alguien capaz de estudiar medicina para luego encerrarse en un juzgado a rellenar formularios, redactar informes y aguantar a jueces viejos y malhumorados?

Claro que tampoco mi padre debia de suspirar por esa clase de vida, y yo supongo que lo que el habria querido ser era cirujano. Si, un cirujano eminente, mundialmente reconocido, como el doctor Barnard, a quien tanto admiraba. De hecho, mi coleccion de recortes de revistas la habia empezado el. Fue el quien un dia de finales del sesenta y siete compro un portafolios y le puso el titulo de «Doctor Barnard, el as de corazones».

– Un trasplante de corazon, ?te das cuenta? -me explicaba con un temblor de entusiasmo en la voz-. Ya nada sera igual a partir de ahora. ?Quien podia imaginar hace unos meses que un hombre podria vivir con el corazon de otro?

Yo tenia entonces ocho anos, y tambien a mi me parecia que el mundo habia cambiado de repente, que ese medico sudafricano habia abierto las puertas de un futuro en el que todo era posible. Mi padre busco las tijeras y recorto las fotos que aparecian en los reportajes de las revistas. Luego las fue pegando en diferentes cuartillas, al lado de la fecha y de algun comentario personal.

– Mira esta. Aqui esta Criss Barnard con su equipo de medicos en Ciudad del Cabo.

Barnard era un hombre apuesto, elegante, con aspecto de antiguo campeon de tenis, y sonreia como el hermano pequeno deBonanza, mi serie favorita de aquellos anos.

– ?Y este que esta en la cama?

– ?Louis Washkansky! ?El primer hombre que ha tenido el honor de llevar en su pecho un corazon ajeno!

– Esta sonriendo.

– ?Claro! La operacion ha sido un exito.

Mi padre hablaba de aquella operacion como si el fuera el cirujano jefe y adoptaba una actitud de cardiologo experto cuando leia en voz alta los terminos especializados que reproducian los periodicos: aquellas ocasiones fueron tal vez las unicas en las que le vi comportarse como lo haria un medico.

Un dia aparecio por el apartamento con aspecto decaido y arrojo sobre la mesa un periodico abierto.

– Washkansky ha muerto -anuncio, luctuoso.

– No puede ser… -dije.

Mi padre asintio tristemente con la cabeza y explico algo sobre el rechazo del organismo al nuevo corazon y sobre mecanismos de inmunidad. Yo no entendia nada pero estaba igualmente desolado. Permanecimos luego unos minutos en silencio, y yo cogi el periodico y pregunte:

– ?Lo recorto?

Mi padre se encogio de hombros. El fracaso de Barnard le habia afectado muy profundamente.

A partir de ese dia fui yo quien se ocupo de la coleccion. Pase el resto de la tarde poniendo en orden los recortes que ya teniamos y hojeando periodicos atrasados en busca de alguno que se nos hubiera escapado. Unas semanas despues dijeron por la television que el doctor Barnard habia vuelto a realizar otro trasplante. Corri a avisar a mi padre.

– El paciente se llama Philip Blaiberg -decia el locutor-. Es dentista, y parece que su evolucion posterior a la intervencion esta siendo satisfactoria.

En aquella epoca todavia no teniamos el Tiburon. Teniamos un Seat 1500 gris con una bocina en la que sonaban las primeras notas deEl puente sobre el rio Kwai. Fuimos en el 1500 a comprar un periodico vespertino y guarde el recorte que hablaba de la operacion. Las semanas siguientes las pase pendiente del estado de salud de ese desconocido dentista sudafricano. Llegaba mi padre con el periodico y me decia:

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