Tampoco entonces dijo nada, y yo pense que si hubiera dicho algo tal vez habria dado instrucciones al taxista para que diera la vuelta y buscara el viejo Mercedes. Que acaso mi padre se habria acercado a pedir perdon a mi abuela o que mi abuela se habria adelantado a hacer lo mismo o que se habrian pedido perdon al mismo tiempo y que en ese instante se habria cerrado aquella historia tan vieja y tan absurda. Que quien sabia si no era eso lo que a mi padre le hacia falta, lo que le habria ayudado a enderezar de una vez por todas el rumbo de su vida.

Pero mi padre permanecio en silencio hasta que llegamos al aparcamiento del hostal.

– Gracias y buen viaje -nos dijo el taxista.

Yo, mientras tanto, seguia pensando en mi abuela y trataba de imaginar lo que ella misma estaria pensando en ese momento. Que habia visto a su hijo un par de segundos y que ya nunca lo volveria a ver.

6

– Debe de ser un error -dijo mi padre haciendo una sena hacia la larga hilera de coches en venta-. Se trata de un Tiburon, de un Citroen Tiburon. No de un Mini ni de un 600.

– Es todo lo que le puedo dar -dijo el empleado-. Los precios no los pongo yo. A mi me los mandan de Madrid, de la central. Lo unico que yo puedo hacer es decir «compro» o «no compro». Pero el precio, ni tocarlo.

Mi padre se froto el puente de la nariz como suelen hacer los que llevan gafas. Avanzabamos entre dos filas de coches. Yo iba un poco adelantado y de vez en cuando me volvia a esperarles. El empleado insistio:

– Le estoy haciendo un favor. Podria haberle dicho que 110 me interesa. Los coches de importacion no tienen buena salida. Por los repuestos, ya sabe.

Era odioso aquel hombre.

– Ademas estan los adhesivos. ?A quien se le ocurre llenar de adhesivos un coche asi? Eso tambien baja el precio.

Era realmente odioso. Mi padre se detuvo junto a un Dos Caballos azul con matricula de Soria. Alargo la mano hacia la cartulina que estaba atrapada entre el limpiaparabrisas y el cristal. Senalo el precio.

– Pero ?se da cuenta de lo que me esta diciendo? ?Por un Tiburon no puede usted ofrecerme lo mismo que pedi por un Dos Caballos de cinco anos…!

– Las cosas son asi -replico el otro-. A mi no me interesa comprar. Es a usted a quien le interesa vender.

«Vender», pense yo, «no malvender.» Mi padre soltoun bufido y volvio a frotarse la nariz. Luego agito la cabeza como queriendo decir que no pero en realidad diciendo que si, que aceptaba.

– Esta bien -dijo.

– No esta bien -intervine yo-. Ese dinero es una puta mierda. No puedes dejar que este gilipollas te tome el pelo.

– He dicho que esta bien, y esta bien.

El empleado me miraba con rencor. Se metieron en la oficina y rellenaron unos papeles. Yo espere fuera, apoyado en el capot de un Simca. Aquel hombre me senalaba de vez en cuando con el dedo y le decia a mi padre que no sabia por que lo hacia, que no sabia por que le compraba el coche despues de lo que habia tenido que escuchar. El no tenia por que aguantar impertinencias de nadie y menos de un ninato mal educado como yo.

Vi a mi padre contar el dinero y empece a sacar nuestras cosas del maletero del Tiburon. Tres maletas viejas y unas pocas bolsas de plastico: ahi estaba todo lo que poseiamos. Yo pense: «Asi, sin el coche, se ve muy bien lo pobres que somos.» Tuve que hacer dos viajes para sacar todo aquello a la calle. Amontone las maletas y me sente encima de ellas a esperar. Vi como mi padre entregaba las llaves a aquel hombre y como se detenia a echar un ultimo vista/o al Tiburon. Aquel coche era lo unico que le unia con la idea que el tenia de si mismo. Era logico que se despidiera Luego vino hacia mi y cargo con las dos maletas mas pesadas.

– Un coche asi. Identico al del presidente de Francia -dijo con tristeza, y luego anadio-: Vamos a buscar a Felix.

Yo asenti con la cabeza y le segui. Llevaba una maleta en la mano derecha y dos o tres bolsas pequenas en la mano izquierda.

– Vamos -dije.

Nos habiamos vuelto a instalar en Zaragoza. Podiamos haber ido a cualquier otro sitio pero en Zaragoza al menos teniamos un amigo. Mi padre le habia llamado por telefono y Felix se habia ofrecido a encontrarnos un sitio donde pasar la noche. Habiamos quedado con el en el centro de la ciudad, delante de unos grandes almacenes. Al cabo de un cuarto de hora estabamos en ese sitio, esperandole. Junto a nosotros habia unos musicos con gorros y barbas de Papa Noel cantando villancicos. Mi padre y yo teniamos frio y estabamos cansados, y aquellos villancicos y aquellas calles repletas de luces navidenas tenian muy poco que ver con nosotros.

Habia aguantado bastante bien su paso por la carcel. En la carcel mi padre no era nadie, pero eso no importaba porque ahi dentro todos eran lo mismo: nadie. Lo malo era salir y darse cuenta de que tampoco fuera de la carcel era nadie. Yo creo que, si mi padre se apresuro a vender el Tiburon, fue precisamente por eso: porque habia descubierto cual era su sitio, el sitio que le correspondia, y cual la vida que le habia tocado vivir. ?Me explico? Mi padre habia podido enganarse a si mismo durante anos, pero esas semanas en la carcel lo habian cambiado todo y ahora no cabia ya la menor posibilidad de engano.

Mi padre era un muerto de hambre y estaba dispuesto a vivir como tal, como un muerto de hambre. Vivir en una casa prestada y sin categoria, renunciar a tener un coche, ganarse la vida con alguno de esos trabajillos que hasta hada poco tiempo consideraba degradantes… Estabamos otra vez en Zaragoza, y lo mas facil habria sido volver a lo del locutorio clandestino. Habriamos buscado otra casita cerca de la base y avisado de nuestro regreso a los americanos que ya conociamos. Habriamos vuelto a nuestro anterior negocio, ilegal pero tambien inofensivo, y al cabo de dos o tres meses la compania de telefonos nos cortaria la linea y nosotros tendriamos que volver a empezar, buscando otra casita cercana a la base y avisando de nuevo a nuestros clientes americanos y preparandonos ya para la proxima mudanza y para todas las mudanzas que vendrian despues. Pero no. Mi padre habia decidido aceptar su destino, y eso implicaba una ruptura con nuestra anterior forma de vida, con ese constante peregrinar y esa sensacion como de estar huyendo de nuestro pasado y de nosotros mismos, incapaces de detenernos y de volvernos atras. Eso implicaba tambien una ruptura con sus actividades de los ultimos meses: mi padre no estaba dispuesto a hacer nada que pudiera rozar lo delictivo.

Yo creo que la carcel le habia vuelto temeroso. Recuerdo, por ejemplo, que uno de los primeros dias, muy poco despues de vender el Tiburon, paseabamos por una calle centrica y unos policias nos hicieron senas para que no siguieramos avanzando.

– Retrocedan -dijo uno de ellos-. Una manifestacion.

Yo en ese momento mire a mi padre, y vi que temblaba y que casi no podia ni articular palabra. ?Es normal eso? ?Todos los que han pasado alguna vez por la carcel experimentan ese mismo miedo hacia la policia?

Se asustaba tambien cuando alguien llamaba a la persiana metalica de nuestra vivienda. En principio se negaba a abrir, y solo si insistian acababa haciendome una sena con la cabeza para que echara un vistazo por el ventanuco de la persiana y la abriera. Supongo que tenia miedo de que la historia se repitiera, de que algun dia apareciera un par de policias y volviera a ocurrir como en el hostal de Vitoria Ahora si que mi padre se sentia perseguido. Culpable y perseguido, y me imagino que eso formaba ya parte de su vida. Se habia convertido en un hombre temeroso de la policia, pero ese temor expresaba un temor mucho mas amplio, y a mi sus reacciones me recordaban las de los ninos maltratados, que apartan la cara en cuanto alguien levanta la mano.

Viviamos entonces al otro lado del Ebro, en un local que Felix solia utilizar como almacen pero que en aquella epoca tenia vacio. Por eso he dicho lo de la persiana metalica. Viviamos en un sitio que no podia considerarse una casa porque no tenia ni puerta, que es lo minimo que debe tener una casa. Tenia una persiana metalica con un ventanuco cuadrado en el centro, similar al que mantienen abierto algunas farmacias cuando estan de guardia, y cada vez que entrabamos o saliamos teniamos que empujarla con fuerza hacia arriba.

– Ya se que es molesto -dijo Felix-. Y ruidoso. Pero no puedo ofreceros nada mejor.

Felix se porto muy bien con nosotros. Nos proporciono un par de colchones, una mesa vieja y unas sillas plegables. Eso y nuestras escasas pertenencias era todo lo que habia en aquel sitio. Era un local de unos ochenta metros cuadrados, sin tabiques ni divisiones, y en la pared del fondo habia dos puertas. Una de ellas era la del

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