– No lo entenderias. Eres demasiado joven.
– Desde luego -dije-. No puedo entenderlo. No puedo entender que hasta en la carcel conserves ese orgullo… ?Por que lo haces? ?Por dignidad? ?Que te importa ya la dignidad?
Mi padre esquivo mi mirada. Lo que mi padre no sabia era que en ese momento me sentia muy orgulloso de el. Lo que no sabia era que su resistencia me parecia absurda pero tambien heroica y que si hubiera aceptado ese dinero me habria defraudado.
– Esta bien -dije-. Pero nos largaremos. En cuanto salgas. No perderemos ni un minuto mas en esta ciudad. Lo que me fastidia es que vamos a hacer lo que ellos quieren y encima les vamos a ahorrar todo ese dinero…
Sonreimos los dos. Yo veia la sonrisa de mi padre y sobre ella veia mi propia sonrisa reflejada en el cristal del locutorio.
Esto ocurria algunos dias despues de haber encontrado en el maletero del Tiburon la funda de plastico de la que ya os he hablado. ?Quereis saber lo que contenia aquella funda? Una poliza de seguro. Un seguro de vida. La estudie con atencion: el beneficiario era yo, y eso queria decir que, si mi padre hubiera muerto, me habrian pagado veinticinco millones. ?Veinticinco millones! No habra mucha gente que haya visto tanto dinero junto.
Pero no fue eso lo que mas me impresiono. Mire la fecha en que mi padre habia suscrito aquella poliza, y yo no se si este dato os dira algo a vosotros pero para mi fue una autentica revelacion. Aquel seguro llevaba una fecha de principios de junio de ese mismo ano. Haced vuestros propios calculos: muy pocos dias antes habiamos estado en Tarrasa y la familia de mi madre nos habia confiado una carpeta con sus ahorros; muy pocos dias despues mi padre se habia apostado todo ese dinero a las quinielas y lo habia perdido. ?Entendeis ahora lo que quiero decir? Mi padre habia cogido ese dinero y habia decidido jugarselo a una sola carta. Si la suerte le hubiera favorecido, habria devuelto a mis tios la parte correspondiente y nosotros habriamos tenido algo de dinero para rehacer nuestras vidas, De no ser asi, lo que mi padre tenia previsto era coger el coche, ponerlo a toda velocidad y estrellarse contra un arbol o despenarse desde alguna curva de la carretera. ?Lo entendeis ahora o no? Mi padre pretendia simular un accidente para que yo cobrara aquel dinero.
Os refrescare la memoria. La noche de su fracaso como quinielista, mi padre entro en mi dormitorio para apagarme la luz. Yo entonces pense que entraba para darme una explicacion o algo asi. No podia ni imaginar que en realidad lo que el queria era solo verme, verme por ultima vez, dedicarme una mirada de despedida. Luego salio del apartamento y se metio en el Tiburon, y yo en aquel momento pense que se iba de putas. De putas, en una noche asi. Pero ?como iba yo a figurarme que si habia cogido el coche era porque pretendia matarse? Me imagino su ansiedad. Me lo imagino despeinado, tembloroso, asido con todas sus fuerzas al volante, dando vueltas y mas vueltas por aquellas carreteras en busca del muro o la farola o el arbol contra el que estrellar el automovil. Me lo imagino tambien con las luces del amanecer, regresando despacio al apartamento y despreciandose a si mismo por no haber tenido el valor necesario.
Y acordaos de nuestra precipitada marcha de Zaragoza, El cuarto de estar, las dos televisiones encendidas, los ojal de mi padre, rojos como los de los conejos… El asunto de los coches americanos debia de haber estallado ese misino dia. Aquella noche yo me asome al balcon y le vi meterse en el coche y tomar la carretera que bordeaba el canal. En esa carretera habia muerto mucha gente y mi padre deseaba ser uno mas.
Asi pues, al menos en dos ocasiones habia pensado seriamente en suicidarse. Y todo ?por que? Por mi. Porque no queria arrastrarme en su caida. Mi padre habia llegado a una situacion en la que no podia tolerarse nuevos fracasos, y eso le habia llevado a suscribir aquella poliza y a planear todo lo demas. Mi padre creia preferible quitarse de en medio para que a mi las cosas me resultaran un poco mas faciles. Pero mi padre, por suerte, no era un hombre particularmente valiente.
Una noche oi a mis tios hablando de mi.
– Menos mal que el chico no es como el padre -dijo el.
Eso para ellos debia de ser un elogio, pero yo en aquel momento comprendi que les odiaba, que odiaba a mi tio Jorge y a todos los demas, que no queria ser como ellos ni vivir como ellos, que preferia incluso parecerme a mi padre, acabar siendo un pobre diablo como el. Comprendi muchas cosas de golpe. Comprendi que, siendo aquella familia como era, o tratabas de ser como ellos querian o ya solo podias ser lo contrario. Y, claro, comprendi un poco mas a mi padre. Mi padre no habia podido ser como ese pariente suyo que habia fundado la empresa de los cines y los hoteles. Ni tampoco habia podido ser como su propio padre, heroe de la Guerra Civil y jefe provincial del Movimiento. Todo lo que mi padre era, lo poco que mi padre era, lo era por oposicion a su madre y a todos esos antepasados suyos a cuya altura jamas habria sabido ponerse. A lo mejor por eso habia llevado la vida que habia llevado. A lo mejor por eso habia acabado pensando en el suicidio.
Bueno, en ese momento comprendi tambien que odiaba los planes del dia, que odiaba la generosidad de mis tios y su caridad cristiana, que odiaba el coro y los rosarios del padre Apellaniz y por supuesto odiaba al padre Apellaniz, que odiaba a esa familia que habia sido injusta con mi padre, que odiaba hasta la ropa nueva y los zapatos nuevos que llevaba, que odiaba a la cursi de mi tia Cristina y odiaba sus antiguedades y el aparato ese con el que se tomaba la tension, que odiaba esa ciudad, que odiaba los retratos que habia en casa de mi abuela y odiaba la casa de mi abuela, que odiaba a las taquilleras de los cines de mi abuela…
Pero, extranamente, la unica a la que no conseguia odiar era a mi abuela. Supongo que la lastima y el odio no pueden superponerse.
Estabamos en la iglesia esperando al padre Apellaniz, El padre Apellaniz todavia no habia llegado y yo llame a Zariquiegui.
– ?Zariquiegui! -dije.
Zariquiegui se me acerco con esa sonrisa de falsa felicidad que tenian todos los del coro, y yo le dije:
– O me comes la polla o te hincho un ojo.
Zariquiegui me miro como si fuera a exclamar «?oh!» pero no exclamo nada. Tampoco ninguno de los otros chicos dijo nada. Alli nadie dijo nada, y ?os podeis creer que Zariquiegui me miro como si no fuera la primera vez que la idea de comerme la polla le pasaba por la cabeza? ?Os podeis creer que, si Zariquiegui se sonrojo, no fue porque aquello le escandalizara sino porque se sintio descubierto en sus deseos mas intimos? Repeti:
– ?Es que no me has oido? ?O me comes la polla o le hincho un ojo!
Zariquiegui me miraba con los ojos muy abiertos. Yo dude apenas un par de segundos y luego hice lo que tenia que hacer. Le hinche un ojo y me marche de alli. Hacia tiempo que necesitaba algo asi.
Fui a recoger a mi padre a la carcel. Fui en taxi. Llevaba todas mis cosas en una maleta y el taxista tuvo que esperar unos minutos con el motor en marcha. Me habia ido de casa de mis tios sin despedirme. Habia dejado una nota en la mesa del comedor que decia solamente: «Gracias por todo. Despedidme de la abuela. Felipe.» Me parecio que eso era suficiente.
– Nos vamos -dije al ver a mi padre, y pense que esas palabras tal vez tendria que haberlas dicho el.
Mi padre estaba en ese momento despidiendose de los funcionarios de la entrada. Les daba la mano a todos y se interesaba por sus familias y por los planes que tenian para las Navidades. Parecia un viajero normal en el momento de pagar la cuenta del hotel y despedirse de los recepcionistas. Su maleta descansaba sobre una silla de anea. Uno de los policias le ofrecio un cigarrillo y mi padre lo acepto con una sonrisa.
– Fumo poco pero la ocasion lo merece -dijo.
Se subio las solapas de la americana y me siguio hasta el taxi. Yo habia cogido su maleta pero el me la arranco de la mano.
– Salgo de la carcel -dijo-. No del hospital.
El taxista arranco en cuanto entramos. Yo ya le habia dado la direccion a la que debia llevarnos. Era la direccion del hostal en el que mi padre habia sido detenido, el Tiburon seguia ahi desde el primer dia.
– Bueno -dijo mi padre, y no dijo nada mas.
Yo iba sentado en el lado de la derecha, mirando por mi ventanilla, y en el primer cruce vi un Mercedes negro aparcado bajo un anuncio de conac. Era el viejo Mercedes negro de mi abuela, y por un instante pude verla asomada a la ventanilla trasera. Si, era ella, mi abuela. Hacia bastante frio pero su ventanilla estaba medio abierta. Nuestras miradas se cruzaron durante dos, tres, quiza cuatro segundos, y su rostro se mantuvo inexpresivo. ?Cuanto tiempo llevaria ahi esperando a vernos pasar?
– Por la abuela no has preguntado -dije.
Mi padre me miro pero no dijo nada. ?La habia visto? Supongo que no: mi padre, despues de todo, ni siquiera podia saber que coche tenia la abuela.
– ?No quieres saber que tal esta?
