Aquella vida no era mi vida, del mismo modo que la casa del tio Jorge no era mi casa. Me miraba al espejo y casi no me reconocia. Veia a un Felipe que no era exactamente yo, Felipe. Veia al mismo Felipe al que las taquilleras de los cines saludaban con una sonrisa servil cuando acompanaba a mi abuela en su vuelta de todas las tardes. Veia a un nieto de mi abuela que yo no era, por muy nieto de mi abuela que pudiera ser. Ernesto y Benita me llamaban senorito Felipe, pero yo solo era Felipe. Nunca antes me habia tratado nadie de ese modo, como si perteneciera a una clase superior. Las taquilleras me sonreian como se sonrie al nieto del jefe. Nunca nadie me habia sonreido asi, y yo sabia que sonreian a un Felipe que no era yo, al senorito Felipe de Ernesto y Benita. Toda esa gente me trataba como si yo fuera de la misma clase social que mi abuela, y no de mi verdadera clase, que era la de mi madre y la de mi padre. Y tambien la suya, la de Ernesto y Benita, la de las taquilleras.

En realidad a mis tios y a mis primos no los veia demasiado. Y a mi abuela tampoco. Ella tenia el dormitorio en el piso de abajo y podria decirse que el de arriba habia sido clausurado cuando empezo a necesitar silla de ruedas. O, mejor dicho, se habia ido clausurando poco a poco: primero cuando mi padre fue destinado a Bilbao, despues con la boda de mi tio, finalmente con la rotura de cadera de mi abuela. Tambien Ernesto y Benita habian acabado instalandose en el primer piso para estar mas cerca de ella, y el resultado de todo este proceso era que la mitad de la casa habia quedado abandonada y ya nadie subia ni bajaba nunca por aquellas escaleras. Yo subi en un par de ocasiones y entre en el que habia sido el dormitorio de mi padre. Nunca mas se habia vuelto a necesitar esa habitacion y todo en ella se conservaba como veinte o veintidos anos antes, como cuando todavia mi padre vivia en esa casa. Veamos algunas de las cosas que habia: una lamparilla con pantalla de pergamino, una estanteria con libros de medicina y novelas de Tarzan, una raqueta de tenis marca Dunlop colgada de la pared (?jugaba mi padre al tenis?), un galan de noche, una silla desfondada, una comoda con dos cajones grandes y cuatro pequenos, un tintero, una pluma, un calendario del ano cincuenta y cinco con un recuadro en torno al mes de julio, una agenda, unos cuadernos con anotaciones universitarias, unos pinceles secos y endurecidos, una caja de oleos con la cerradura oxidada (?le gustaba pintar?), unas tijeras, unos tubos de ensayo como de juguete, unos botes de cristal vacios, una camara fotografica Hasselblad, un atlas en el cajon de abajo, un par de cartones con paisajes nevados pintados al oleo (si, le gustaba pintar), un despertador, un gato de porcelana, mas cuadernos de notas, una pequena coleccion de fosiles… Yo rebuscaba entre todas aquellas cosas esperando encontrar algo que tuviera que ver con mi madre pero sabia que no encontraria nada: mi padre ya no vivia alli cuando la conocio. Abri el armario y no me sorprendio hallar en su interior una gorra, una bata de cuadros y unos guantes. Me probe la bata, que me iba un poco pequena, y mientras me la probaba pensaba: «Lo raro es que solo quede esto.» Yo habia esperado encontrar aquel armario lleno de ropa de mi padre. Era como si mi padre hubiera muerto hacia mucho tiempo y alguien pretendiera conservar el recuerdo de cuando estaba vivo. O como si hubiera desaparecido misteriosamente y todavia le estuvieran esperando. Como si se hubiera marchado al extranjero y pudiera volver en cualquier momento.

– Esa camisa es nueva -dijo mi padre.

Siempre que le visitaba hacia comentarios como ese. No quise decirle que tambien mis primos tenian una camisa asi y que a mi tia Cristina le gustaba que fueramos los tres vestidos del mismo modo.

– ?Y los zapatos? Ensename los zapatos.

?Por que insistia, si ya sabia que tambien los zapatos eran nuevos y que me los habia comprado el tio Jorge? Desde que habia entrado en la carcel, mi padre no hacia otra cosa que compadecerse de si mismo. Recordar que era mi tio y no el quien me compraba la ropa era una manera como otra cualquiera de seguir compadeciendose.

– Ensenamelos -insistio-. Levanta la pierna.

Solte un bufido y obedeci.

– Son elegantes -dijo-. Yo creia que no te gustaba llevar zapatos. Que solo te gustaban las zapatillas de deporte.

– ?Has visto elABC? -pregunte.

ElABC era el periodico que leian mi abuela y mis tios. Los ultimos dias habian publicado un anuncio de una compania de revista que estaba actuando en Madrid. En una de las fotos pequenas aparecia Estrella, que ahora se llamaba Estrella Alvarado y se dedicaba a la cancion espanola. Saque el recorte que llevaba en el bolsillo y lo acerque al cristal blindado.

– Estrella -dijo mi padre.

En ese momento, mientras sostenia aquel trozo de papel pegado al cristal, me acorde de cuando mi padre me guardaba los recortes sobre el doctor Barnard y yo los incorporaba a mi album. Ahora todo habia cambiado. Ahora era como si yo fuera el adulto y mi padre el nino.

– Estrella -volvio a decir-. ?Alvarado? ?Por que se habra cambiado el apellido? A mi Pinseque me parece muy bonito. Sonoro, con clase. ?Pero Alvarado…! Para un rejoneador no estaria mal, pero para una cantante de zarzuela…

– Ahora canta cancion espanola. Lo pone abajo: «La nueva voz de la cancion espanola.»

Mi padre sacudio la cabeza con disgusto. Yo pregunte:

– ?Cuando saldras? ?Sabes algo nuevo?

– Aqui nadie sabe nada.

– El tio Jorge esta intentando que me admitan en el colegio de los primos. Dice que no puede ser que me pase todo el curso en blanco…

Entonces mi padre se olvido de Estrella y del recorte y me miro con tristeza. Yo sabia que era lo que estaba pensando en ese momento: que me estaba perdiendo, que la vida nos estaba alejando y que quien podria asegurar que volveriamos a estar juntos. No pude sostenerle la mirada.

– ?Necesitas algo?

Cuando le hacia esa pregunta era que ya no quedaba nada de lo que hablar.

– El tio Jorge ha dicho que a lo mejor necesitas jabon o pasta de dientes. Cosas asi. ?Necesitas algo o no? ?Quieren que venga alguien mas a visitarte? El tio ha dicho…

Mi padre nego con la cabeza. Solo yo. Solo queria que fuera yo.

Mi tio si que se habia ofrecido a visitarle en la carcel, pero lo habia hecho como por compromiso.

– Si le apetece hablar conmigo, dile que estoy dispuesto -me habia dicho.

Mi abuela ni siquiera eso. Mi abuela no habia vuelto a mencionarle desde aquella tarde en el Mercedes, cuando me dijo que tambien mi padre, a mi edad, solia acompanarla al rosario. Mi abuela, su madre. ?Os parece normal? Yo no habia conocido a mi madre y no sabia muy bien como se comportaban las madres con sus hijos en los momentos dificiles. Pero estaba seguro de que una buena madre nunca abandonaria del todo a un hijo suyo. Nunca, en ninguna circunstancia, aunque su hijo fuera el peor de los criminales. Y mi padre, al fin y al cabo, tampoco era un criminal. Solo un delincuente. Un delincuente de poca monta.

De todas formas, os podeis imaginar que tampoco mi padre habria accedido a recibirla. ?Mi padre recibiendo a mi abuela en aquel sordido locutorio de la carcel? Imposible. Su orgullo o su dignidad o como querais llamarlo jamas le habria permitido hacer una cosa asi.

Yo entonces pensaba mucho en mi madre. Ya se que es absurdo, porque mi madre no tenia nada que ver con aquella casa y aquella ciudad, y solo en una ocasion habia estado alli. Pero pensaba en ella y con frecuencia me preguntaba como habria sido mi relacion con ella si no hubiera muerto. ?Habria podido ser como la de mi padre con la suya? No, seguro que no. En mi imaginacion yo me representaba a mi madre con los rasgos de Audrey Hepburn, y tambien con su voz y su elegancia y sus suaves maneras, y yo no se si Audrey Hepburn tiene o no tiene hijos y si se lleva bien con ellos o no, pero estoy seguro de que una mujer que se parece a Audrey Hepburn no puede ser una mala madre.

Yo pensaba mucho en mi madre y habria dado cualquier cosa por encontrar a alguien que me hablara de ella. Si, pero ?quien? Con quien mas horas pasaba era con Ernesto y Benita. En mis planes del dia yo hablaba de regar con Ernesto el jardin de la abuela o de aprender algo de mecanica o de acompanar a Benita a hacer recados, pero luego no hacia nada de eso. Me limitaba a sentarme en la vieja habitacion de mi padre o en cualquier otro sitio y dejar simplemente que el tiempo pasara. Algunas veces aprovechaba los descansos de Ernesto y de Benita para darles conversacion. Era entonces cuando me hablaban de mi padre y me decian que me parecia a el, que tenia sus mismos ojos.

– Los mismos ojos, senorito Felipe, el mismo pelo -decian-. Hasta la misma expresion.

A mi eso no dejaba de extranarme. Si, los hijos suelen parecerse a los padres, eso es lo habitual, pero por

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