Benita nos fue sirviendo la sopa por riguroso orden jerarquico. Benita era la mujer de Ernesto, el chofer. Bueno, Ernesto era chofer, jardinero, electricista y todo lo que hiciera falta. Mi abuela empezo a tomarse la sopa antes de que nos la hubieran acabado de servir a los demas.
– Se ha enfriado -comento, y aquellas palabras sonaron como un reproche.
Mi abuela me empezo a inspirar lastima cuando vi como se tomaba la sopa. Ahi tendria que haber estadomi padre para soltarle todas aquellas historias suyas sobre angulo del brazo y sobre como es la cuchara la que va a la boca y no la boca la que va a la cuchara. Mis tios y misprimos y el padre Apellaniz comian sin ruido, pero mi abuela sorbia la sopa de la cuchara y luego se pasaba unos segun dos masticandola como un rumiante. ?Se puede masticar la sopa? En el silencio general cada una de sus cucharadas sonaba como el gorgoteo que hacen los desagues de las baneras cuando estan acabando de vaciarse, y yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos para contener la risa.
– ?Tenias ganas de conocer la ciudad de tus antepasados?
Esta pregunta me la hizo mi abuela por lo menos cuatro veces a lo largo de aquella comida. Yo creo que estaba mal de la cabeza, y que ni siquiera se acordaba de lo que acababa de decir.
– Si -dije, y era verdad.
Estabamos ya en los postres. Durante el ultimo cuarto de hora se habian olvidado de mi y habian hablado de asuntos que no me concernian y de gente a la que no conocia. Comprendi que aquel era un mundo de adultos,unmundo en el que los menores de edad debiamos permanecer casi siempre al margen, preparados para hablar solo cuando se dirigieran a nosotros. Mi abuela agarro su baston, senalo uno de los retratos de la pared y dijo:
– Aquel se llamaba Felipe. Como tu. Fue el fundador de la empresa. ?Llegaras tu a hacer algo parecido?
Yo no quise decepcionarla y me limite a encogerme de hombros. Ella, sin embargo, debio de interpretarlo como un gesto de asentimiento.
– Y ese otro era tu abuelo -anadio-. Mi marido. Un gran hombre y un gran patriota.
Las paredes del comedor estaban llenas de retratos. Algunos eran muy antiguos, otros no tanto, y sin embargo tollos me parecieron oscuros, tenebrosos, como si el tiempo hubiera corrido mas deprisa para unos que para otros y hubiera acabado igualandolos, devolviendo a todos aquellos senores a un pasado remoto e indeterminado. Mi abuela fue identificandolos uno por uno. De cada uno de ellos destacaba algun hecho o contaba alguna anecdota: este peleo en la guerra de Cuba, aquel enviudo tres veces… Al final acerco a mi su cara arrugada y sus ojillos minusculos.
– Uno tiene que saber de quienes procede para tratar de estar a su altura. ?No te parece?
– Si -dije, pero lo que yo pensaba era otra cosa. Lo que yo pensaba era que esos hombres no significaban nada para mi, que eran el pasado, algo definitivamente muerto, y que sin embargo para mi abuela todavia estaban vivos, que esa era la epoca a la que ella pertenecia.
Esa misma tarde fuimos a dar una vuelta en el viejo Mercedes. Yo la ayude a pasar de la silla de ruedas al asiento del coche. Luego me sente a su lado, mientras Ernesto plegaba la silla y la metia en el maletero. Con su abrigo de astracan parecia un ovillo menudo y oscuro.
– ?Tenias ganas de conocer la ciudad de tus antepasados? -me pregunto nuevamente, y justo despues se quedo dormida con la boca abierta.
Por lo que me dijo Ernesto, todas las tardes salian a dar una vuelta en coche y el itinerario era siempre el mismo. primero paraban en el fronton, y el encargado le entregaba un papel con la recaudacion del dia anterior. Luego hacian lo mismo en cada uno de los cines de la ciudad, y las taquilleras tenian siempre preparado un papel similar. Normalmente mi abuela se quedaba dormida en cuanto se metia en el coche, y solia ser Ernesto el que se ocupaba de todo. Una vez concluida esa ruta, el Mercedes se detenia delante de una iglesia y Ernesto anunciaba a mi abuela que habian llegado.
– Despierte, senora. Es la hora del rosario.
– No estaba dormida -replicaba mi abuela-. Estaba pensando.
Eso era lo que solia decir, pero aquella primera tarde, cuando desperto y me descubrio a su lado, lo que dijo fue:
– Por un momento he creido que eras tu padre y que estabamos como hace treinta anos. Cuando tu padre tenia tu edad, tambien me acompanaba al rosario…
Al que no podia tragar era al padre Apellaniz. El padre Apellaniz era algo asi corno el consejero espiritual de la familia. Comia con frecuencia en casa de mi abuela y no habia dia en que no apareciera en mi plan del dia. Lo veia en las comidas y en la misa de los domingos y en los rosarios a los que algunas tardes acompanaba a mi abuela. Tambien lo veia en los ensayos del coro. El padre Apellaniz dirigia un coro de chicos y chicas que cantaban canciones de iglesia con musica de los Beatles. A mi aquello me parecia una gilipollez pero esos chicos y esas chicas del coro se lo tomaban muy en serio. No se. Quiza les hacia sentirse mejor, mas modernos o mas internacionales.
Ademas, cantar. Nunca me gusto cantar. Eso de cantal era algo que estaba bien para Estrella y la gente como Estrella, no para mi, y sin embargo en mi plan del dia ponia que tenia que cantar en ese coro y yo cantaba, claro que si, Tambien mis primos cantaban, y los otros chicos y chicas del coro me parecian igual de tristes y educados que ellos, Sonreian todos mucho, pero sonreian como esa gente que sonrie para hacerte saber que es feliz y que no tiene problemas y que esta satisfecha con la vida que lleva. Sus sonrisas querian decir: «?Has visto, Felipe, que alegres somos, y que modernos y que internacionales, y lo bien que cantamos las canciones de los Beatles?» Sus sonrisas eran identicas a la del padre Apellaniz cuando fingia querer sincerarse conmigo y me decia:
– ?Fuera ese eterno gesto de fastidio! ?La vida es bella! ?La vida es bella y hay que ser siempre optimista!
La vida seria bella para el, que tenia la sopa asegurada en casa de mi abuela y estaba siempre rodeado de chicos y chicas que sonreian como el.
Al padre Apellaniz le gustaba tocar a los chicos y a las chicas de su coro. Los cogia por los hombros y, mientras les preguntaba cosas sobre sus costumbres intimas o su atraccion por el otro sexo, no paraba de acariciarles el cuello. Lo hacia mas con los chicos que con las chicas y mas con Zariquiegui que con el resto de los chicos. Zariquiegui era el solista, el que mejor cantaba, y el padre Apellaniz lo agarraba por los hombros y se lo llevaba a una esquina, y su mano subia y bajaba por el cuello de Zariquiegui, al principio suavemente, luego con mas brio, y yo pensaba que ese cura era un cerdo y que esa era su manera de pelarsela: en vez de tocarse la polla le tocaba el cuello a Zariquiegui.
Creo haberos dicho que a mi los curas siempre me han dado un poco de miedo. Con sus sotanas negras hasta el suelo, con esas historias suyas sobre el infierno y el pecado, con ese aspecto que tienen de pervertidos y de pajeros. Si, tambien yo era un pajero. Pero yo no era sacerdote. Yo no iba por ahi soltando sermones sobre la salvacion del alma o la resurreccion de los muertos. Yo tenia derecho a ser un guarro y un pajero y todo lo que quisiera, y el padre Apellaniz no, ?me explico?
El padre Apellaniz me daba miedo por todo eso, pero tambien porque de algun modo habia sido designado mi confidente o interlocutor para asuntos serios. Lo que supe sobre el pasado de mi padre y sobre su fracaso como medico forense lo supe por el. Bueno, tambien por Ernesto y Benita, que me contaban lo poco que sabian sobre el noviazgo de mis padres. Pero estos me lo contaban como en secreto, porque de toda la gente de Vitoria que yo conocia solo ese cura parecia autorizado a hablar de mi padre y su pasado. Para que os hagais una idea de lo idiota que era el padre Apellaniz os dire que era de ese tipo de personas que, cuando se enfadan o fingen que se enfadan, exclaman «?cono!» y luego se tapan la boca con una sonrisita picara y rectifican: «?Corcho!» Los chicos y las chicas del coro acogian con muchas risas sus «conos» y sus «corchos» y todos esos chistecillos suyos en los que, cuando habia que decir «mierda» o habia que decir «puta», decia solo «eme» o solo «pe». Sin embargo, cuando estaba a solas conmigo, no solia tratar de resultar gracioso o simpatico. Se cruzaba de brazos y adoptaba la misma actitud que mi padre cuando pretendia hablarme de hombre a hombre: asentia con la cabeza, fingia darme la razon y se reservaba siempre el derecho a decir la ultima palabra. Mi padre y ese cura habrian podido ser buenos amigos.
Yo, en su presencia, solia permanecer en silencio. Permanecia en silencio y me encogia de hombros. Habia aprendido a encogerme de hombros de un modo que no queria decir ni si ni no pero que todos interpretaban como una afirmacion. Mi intencion era aguantar todo lo que pudiera. No replicar nunca, no protestar ni insultar. Claro que a mi el padre Apellaniz jamas intento tocarme el cuello como a Zariquiegui. Si alguna vez lo hubiera intentado, no se si no le habria pegado un par de punetazos y dicho esas cuatro palabritas que alguien tendria que haberle dicho mucho antes.
