Yo luego me mire al espejo y casi no me reconoci, pero lo que queria deciros no era eso. Lo que queria deciros es que entonces, en aquella habitacion del hostal, habia dado gracias al cielo por haberme enviado a alguien como mi tio, alguien capaz de dar ordenes cuando lo que yo necesitaba eran precisamente unas ordenes a las que someterme. Las cosas quedaron entonces claras entre nosotros. El mandaba y yo obedecia, y tal vez esto os ayude a entender mi conducta durante aquellas semanas.
Por ejemplo, con lo del plan del dia. Todas las mananas, al acabar el desayuno, mi tio se volvia hacia mis dos primos y hacia mi y decia: -?Veamos el plan del dia!
Entonces sacabamos las libretas en las que teniamos que apuntar los planes del dia de todos los dias y leiamos por turnos el plan del dia de ese dia. Teniamos que haberlo dejado escrito la noche anterior, antes de acostarnos, y, claro, eso para mis primos era muy facil porque ellos iban al colegio y luego tenian clase de judo y de piano. Asi, mi primo Jorge abria su libreta y leia:
– Colegio. Clase de judo. Clase de piano. Hacer los deberes.
Despues mi primo Inigo leia mas o menos lo mismo, y luego me tocaba a mi y, con todas las horas vacias que tenia por delante, no sabeis lo dificil que me resultaba completar un plan del dia medianamente presentable. Leia, por ejemplo: -Ayudar a Ernesto a regar jardin de la abuela. Pedirle que me ensene algo de mecanica. Cantar en el coro del padre Apellaniz. Comer en casa de la abuela. Practicas de di- bujo. Repaso de ingles. Paseo. Lectura.
?Entendeis ahora? Yo ya se que todo aquello era una gilipollez, pero entonces no lo sabia y de todos modos lo necesitaba. Me habia incorporado a un mundo nuevo, desconocido para mi, y necesitaba unas pautas de comportamiento, una guia que me permitiera orientarme. La autoridad de mi tio se me antojaba incontestable, y tal vez lucra tambien por eso: porque sabia que obedeciendole jamas me equivocaria. Si, ya se. Ya se que este Felipe no se parece en nada al que hasta ahora conociais, pero asi eran las cosas y asi es como yo os las cuento.
Mis tios vivian en una calle que daba al parque de La Florida. El piso era muy grande pero la mitad de las habitaciones estaban cerradas porque mi tia Cristina, la mujer del tio Jorge, la que os dije que era hija de un gobernador civil, coleccionaba antiguedades y temia que pudieramos romper alguno de sus bucaros o de sus porcelanas. Mi tia Cristina tenia fama de elegante y todo el mundo alababa su buen gusto. Desde luego, se veia que era una mujer que tenia clase: nada que ver con Estrella o con Paquita. Se pasaba el dia entero dandole instrucciones a la asistenta, y luego la asistenta se iba y ella se ponia a protestar porque aquella mujer no entendia nada y porque, por su culpa, se le habia vuelto a disparar la tension. Mi tia Cristina se pasaba el dia dandole instrucciones a la asistenta y tomandose la tension con un aparato muy moderno que habian comprado en Londres las ultimas Navidades. Y en cuanto a mis primos, que quereis que os diga. Eran buenos chicos pero un poco tristes. Sosos y bien educados. Yo supongo que en algo asi acabas convirtiendote si tu vida consiste en cumplir todos los dias el correspondiente plan del dia.
En casa de mis tios habia television en color. Un televisor asi: eso era lo mas parecido a la idea de la felicidad que yo entonces tenia. Supongo que os acordais de los dias de Electrodomesticos Andorra, de las horas que perdia ante los televisores del escaparate. En aquella casa habia television en color, y eso significaba que no les faltaba de nada. Yo miraba a mi tio y a mi tia y a mis dos primos y pensaba: «Estos tienen todo lo que se puede tener, una casa grande y bonita, una tele en color, un coche bueno y dinero de sobra para gastarselo en lo que quieran. Esta es exactamente la clase de vida con la que mi padre siempre ha sonado.» Y tambien pensaba: «Esta es la vida con la que siempre ha sonado, una vida normal en una casa normal y con una familia normal, y precisamente por eso ahora esta en la carcel.»
Mi tio me habia abierto la puerta el primer dia y me habia dicho:
– Esta es mi casa y estos son mis hijos. Mientras estes con nosotros, esta casa sera la tuya y estos seran tus hermanos.
Eso estaba muy bien, pero no era del todo cierto. Aquella casa y aquella familia nunca serian mi casa ni mi familia. Esas cosas se notan. Uno ya sabe cuando esta a sus anchas y cuando no, y entre aquella gente tan amable y aquellos muebles tan buenos yo siempre me sentiria un poco incomodo. Un ejemplo: el «Taller & Taller New System». En todo el tiempo que pase en Vitoria no lo use ni una sola vez. Ni siquiera lo saque de su bolsa, y os aseguro que no era porque hubiera crecido los centimetros prometidos y ya no lo necesitara. Otro ejemplo: los posters de tias desnudas, preferiblemente negras. Bueno, esos posters ya no los tenia, pero, si todavia los hubiera tenido, no habria llegado a colocarlos en la pared de mi habitacion. No me habria atrevido, como no me atrevia a colgarme de las cuerdas del «Taller & Taller» o no me atrevia a hacerme pajas. Mi tio me habia dicho que su casa era la mia, pero es- taba claro que no: ?puede uno considerar como propia una casa en la que ni siquiera se atreve a encerrarse en el cuarto de bano y pasar un rato pelandosela tranquilamente?
Pero no creais que estoy protestando. Yo puedo ser cualquier cosa menos ingrato, y si trataba de comportarme como ya os he explicado, obedeciendo siempre y transigiendo con todo aquello del plan del dia, era tambien porque sentia gratitud hacia esa gente que me habia recogido en la habitacion de un hostal y me habia ofrecido cama y Comida.
Al mismo tiempo, tampoco podia ignorar lo peculiar de mi posicion en aquella casa. Yo era el hijo de mi padre, y mi padre habia sido siempre el «problema» de la familia. Nuestros destinos estaban definitivamente unidos. Mi pro- pio destino formaba parte del de mi padre y en aquella casa era yo el «problema». Ya digo que esas cosas se notan. Mis tios evitaban siempre tocar ciertos asuntos en mi presencia, y todo lo que capte fue algun que otro intercambio de miradas, algun gesto de entendimiento cuando yo decia o hacia algo que no tendria que haber dicho o hecho. Yo toda esa discrecion la interpretaba como un rasgo de delicadeza hacia mi, y la verdad es que lo preferia asi. No se si habria sido capaz de aguantar un solo sermon sobre todas esas miserias familiares, que a mi ni me iban ni me venian. ?Que luego hablaban de mi entre ello«y se felicitaban por su propia generosidad? ?Que ante sus amistades se dejaban alabar por su caridad cristiana y por su misericordia y por todas esas cosas que a los catolicos les gusta que se les alabe? Supongo que era asi, pero que importancia podia tener eso.
Mis tios eran catolicos de los de misa diaria y bendecir la mesa, y tambien mi abuela lo era. Ya va siendo hora de que os hable de ella. No negare que siempre habia sentido curiosidad por conocerla, por conocer a mi abuela rica y a mis otros familiares de Vitoria, por saber como vivian. A mi tio y a mi tia y a mis primos los vi el primer dia. A mi abuela tarde casi una semana en conocerla. ?Quereis saber mi opinion? Yo creo que mi tio confiaba en que a mi padre lo soltarian al segundo o tercer dia y que entonces nos iriamos y alli no habria pasado nada. Quiero decir que, si a mi padre no lo hubieran tenido tanto tiempo en la carcel, a mi abuela no le habrian dicho una palabra y a mi jamas me habrian llevado a su presencia. No se. Mi abuela era una mujer vieja y achacosa, y quiero pensar que no querian darle un disgusto. Pero tambien es cierto que mil primos nunca supieron que mi padre estaba en la carcel, v lo que yo me pregunto es que historia les habrian contado para justificar mi estancia en su casa. ?Veis lo que os decia cuando os hablaba del «problema» y todo eso?
– Ven. Acercate. No tengas miedo -fueron las primeras palabras que la oi pronunciar.
Mi abuela me esperaba al pie de la escalera, con una mano en el extremo de la baranda y la otra en la empunadura de su baston. A su lado tenia la silla de ruedas. Yo avance contando mis pasos: siete hasta la primera puerta, y luego ocho, nueve, diez, once hasta la escalera, y todavia habria podido seguir contando. Nunca antes habia estado en una casa tan grande como aquella. Mi abuela solto la baranda y me cogio la barbilla con dos dedos. Alzo mi cara y la observo con atencion, supongo que buscandome parecidos con uno u otro de la familia.
– Dame un beso -dijo, por fin-. Eres mi nieto.
Dijo eso y me ofrecio su mejilla. Luego se apoyo en mi hombro y senalo la silla:
– Ayudame a sentarme. Y vamos ya a comer, que se enfria la sopa.
La lleve al comedor. Yo empujaba su silla de ruedas y ante mis ojos tenia su pequena cabeza de pelo blanco y es- escaso. Pense que era su cabeza lo que olia a viejo y a gastado, pero luego comprendi que todo en esa casa olia de ese modo. Las ventanas del comedor estaban ocultas detras de gruesas cortinas, y en la lampara de arana solo la mitad de las bombillas estaba encendida: ?por que los viejos prefieren la oscuridad? La mesa nos esperaba ya dispuesta. La vajilla y la cuberteria eran iguales para todos menos para mi abuela, que tenia su propio plato y sus propios cubiertos. Me fije tambien en los servilleteros. El de mi abuela era de plata; los de mis tios y mis primos y el padre Apellaniz eran de madera, cada uno de un color. Habia tambien una servilleta sin servilletero, doblada en forma de triangulo. Ese, por supuesto, era mi sitio.
