mujer, acepto.
Su anarquica cabellera contrastaba con la prematura calvicie de Cosme Vila y con las brillantes ondas de Porvenir. Le fascinaba la lucha de clases; pero la idea de dictadura proletaria le ponia furioso, asi como el hecho de convertir el terrorismo en una religion. Nariz prominente, boca pequena y apretada, su particularidad consistia en llevar siempre algodon en una de las dos orejas. «Para hacerme el sordo si conviene.»
Su triunfo fue tambien clamoroso porque uso un lenguaje directo y energico, al que en Gerona, y sobre todo en la UGT, no estaban acostumbrados. Empezo diciendo que lo primero que tenian que hacer los afiliados, antes que pedir aumento de salario, era ponerse al corriente de pago… Luego anadio que nadie tenia que estar en el Sindicato porque si, ni a disgusto; que si alguien, al salir, se ponia a leer a Santa Teresa perdia el tiempo, se lo hacia perder al Sindicato e incluso a Santa Teresa… que mientras el comandante Martinez de Soria se paseara a caballo por la Dehesa y el Museo Diocesano obtuviera enormes subvenciones del Ayuntamiento, pocas esperanzas habia de mejorar las condiciones de vida de los distintos oficios adscritos; que lo que importaba, por lo tanto, era forzar las elecciones antes de fin de ano… ?y ganarlas! Nada mas.
Leon Blum, desde la pared, sonrio. Canela queria sindicarse, la Torre de Babel aplaudio a rabiar. Casal se abrio paso entre los grupos y salio, porque su mujer y sus hijos le estaban esperando.
CAPITULO XLVIII
Los Hermanos Costa reabrieron Izquierda Republicana con todos los honores, y todo el mundo quedo en su puesto. Mateo e Ignacio, a la salida de casa del profesor Civil, veian a los militantes de los distintos Partidos bajar las escaleras, discutir y por fin dispersarse.
Los dos muchachos ya se llevaban bien, y, por tacito acuerdo, muy raramente hablaban de politica. Estaban al corriente de todo cuanto ocurria en la ciudad -sobre todo Mateo-, de todas las fuerzas que se movilizaban; pero el curso les absorbia -sobre todo a Ignacio-. Este estudiaba mucho, de acuerdo con el eficaz plan de vida que se habia trazado. Todas las noches se sumergia en los libros de texto hasta quedarse dormido. Desde la mesilla de noche, San Ignacio parecia querer tambien estudiar, pues miraba por encima de su hombro el libro abierto.
Lo primero que Ignacio habia hecho, despues de sentirse absolutamente curado, habia sido olvidar su promesa de subir a pie a la ermita de los Angeles En cambio no olvido acompanar al Neutral a Matias Alvear, de vez en cuando, y a Carmen Elgazu a hacer alguna visita a la Iglesia del Sagrado Corazon. Tampoco olvido mandar a Canela un recado que decia: «Muchas gracias».
Sabia por
Pero, sobre todo, Ignacio habia escrito con inesperada emocion a Ana Maria. Empezo por cortesia y luego se hallo reviviendo lo de San Feliu: la espontaneidad de la chica, sus verdes ojos, el balon azul, la conmovedora expresion de disgusto cuando el se puso grosero en la playa. Le escribio: «No, todavia no soy alcalde -lo es un notario- ni abogado; pero lo sere. Y entonces -?si, si, Muntaner, 180, ya me acuerdo!- te nombrare concejal, o tal vez mi primer pasante. Acaso ganemos, juntos, muchos pleitos perdidos. Por de pronto yo acabo de ganar uno; gracias, primero, a una enfermedad y luego a un vicario de sombrero espantoso». Ana Maria le contesto con sello de urgencia, emocionada. Aquel dia se puso sus mejores pendientes.
Mateo, en edad militar, obtuvo, gracias a Marta, que el comandante Martinez de Soria apoyara su peticion de prorroga por estudios. Asi que quedo libre, de momento, y respiro; y con el respiro Pilar. No lo hizo por comodidad: servir a la Patria le parecia muy honroso; pero al igual que J. Campistol, jefe de las escuadras de Barcelona, a quien visito, entendio que su puesto por el momento estaba en Gerona, bajo la camisa azul, y no en cualquier cuartel de la peninsula bajo el uniforme caqui.
Don Emilio Santos se alegro de conservarle a su lado, Carmen Elgazu le hubiera echado de menos; el profesor Civil, mas que orgulloso de sus dos discipulos, se hubiera llevado un gran disgusto; para no hablar de Raimundo, quien tenia en Mateo uno de los pocos clientes de recorte de bigote y masaje.
– Cuando tu necesites prorroga -le dijo Mateo a Ignacio-, hablaremos con Marta y el comandante tambien te lo arreglara.
Una cosa le estaba preocupando a Mateo: el corazon. No acertaba a explicarse lo que le ocurria, pero lo cierto era que al entrar en casa de Ignacio, llena la cabeza de «valores eternos, de mar azul y de yugos y flechas», sin contar con el Derecho Romano y la Economia, la esplendida juventud de Pilar, sus pomulos tersos y rosados, sus alegres vestidos cosidos y cortados por ella misma, su nariz respingada y sus ojos maliciosos le producian una gran sensacion de bienestar. Antes de entrar en el cuarto de Ignacio, para estudiar con el cualquier leccion dificil, se sentaba en el comedor, junto a la estufa, unos minutos, al lado de Carmen Elgazu, frente a Pilar. Y el jubilo de la muchacha en estos casos, lo hacia suyo, sin querer. Se iba interesando por sus pensamientos. Todo lo de la chica se le iba haciendo familiar y le parecia logico saber a que hora fue al taller, a que hora salio, que hizo luego, si volvio directamente a casa. Matias Alvear, con los auriculares de la galena en la cabeza, o leyendo el periodico, pensaba: «A ver si una de las flechas de que habla don Emilio Santos cruza este comedor y engarza a esos dos chicos». Carmen Elgazu, haciendo calceta, tenia aire de preparar la venida al mundo de un nuevo ser.
Todo aquello preocupaba a Mateo porque en un principio penso que, en todo caso, le interesaria Marta. Perfil castellano, montaba a caballo, iba a Bellas Artes, se conmovia cuando alguna gran palabra se introducia en la conversacion. Y, sin embargo, lo mas que sentia por ella era admiracion y estima, la consideraba una magnifica camarada. Podria fundar la Falange femenina en la ciudad; mirando a Pilar, nunca se le ocurrio preguntarle que opinaba de Jose Antonio.
– ?Y de que hablais en el taller?
– Pues… de nada. De chicos.
– ?Y de cine…?
– Naturalmente.
– Y… ?de que chicos hablais?
– ?Toma! De ti, si te parece.
– Yo no he dicho eso… Ignacio abria por tercera vez la puerta de su cuarto y decia:
– Mateo, que nos espera el Romano.
Los discursos de Cosme Vila, Porvenir y Casal habian sido publicados integros por
Ignacio no sabia que pensar. Intentaba ser justo. Seguia los consejos de mosen Francisco. En vez de calibrar los peligros que todo aquello podia entranar para la ciudad, pensaba en los tres hombres que se erigian en jefes, y buscaba las causas posibles de su explosividad.
A su antigua teoria de que la infancia influia decisivamente -?cual habria sido la de Cosme Vila, cual la de
