Casal?, la de Porvenir se la habia contado…- ahora anadia otras muchas. Constitucion fisica, temperatura del piso en que habitara, y, sobre todo, mas o menos intensa vida familiar. A menos vida familiar -los de la FAI, «La Voz de Alerta»-, mas violencia. A mas vida familiar -sus padres, el profesor Civil-, mas moderacion. Habia excepciones como el Responsable, viviendo con sus hijas y, sin embargo, hecho dinamita, y como Casal… Pero los ejemplos en favor de su teoria se contarian por centenares. Toda la clase media en bloque. El cajero: desde que habia adoptado a Paco era un sentimental. El mismo, Ignacio. Cuando espiritualmente se hallo lejos de los suyos, llego a encaramarse a un tablado de musicos para destrozar un trombon, y acabo nadando en mares de pus; ahora que, como Mateo, a veces se sentaba al lado de la estufa con sus padres y Pilar, tenia formidables inquietudes, pero sabia esperar.

?Y Cosme Vila…? ?Seria tambien una excepcion…? ?Rebajaria el tono cuando su companera le diera el hijo que llevaba en las entranas? Tal vez si. Tal vez ante la debil carne del hijo deseara menos absolutos los poderes del Estado.

?Valgame Dios! Ignacio se dio cuenta de que, pensando en aquellas cosas, proyectaba sobre ellas o bien una luz ironica o bien una luz de suficiencia. Esto le desazono. Le dio miedo incurrir en vanidad, en suficiencia. Demasiado sutil y en paz consigo mismo. ?Bien estaba la perspectiva en el profesor Civil, encorvado bajo el peso de los anos, conocedor del griego y del latin! El era un mocoso, que ganaba veinticinco duros al mes y estudiaba primer curso de Derecho. He aqui los peligros de la virtud. Imposible saber como se las arreglaba Cesar para perseverar sin pecar de vanidoso. Era preciso, no solo callar, sino hacer que callaran determinadas voces que nacian del silencio. Mosen Francisco hablo de ducharse… Tal vez errara no siguiendo, antes que ningun otro, este consejo.

Pero… tampoco tenia que exagerar en este sentido. No, no era tan injusto como todo aquello podia dar a entender. La verdad era que, ahora, amaba al projimo… Tambien con excepciones: Canela y mosen Alberto. Pero contra esto ya no se podia luchar. Lo importante era que se mantenia sereno. Presentia que todos juntos se acercaban a una gran catastrofe; y por ello amaba al projimo mas aun. Ahora en vez de los rusos, de Rousseau y de Voltaire y de laminas de Cronica, leia las asignaturas de la carrera y el libro sobre Teresa Neumann. ?Y la Biblia! Valgame Dios. «Aquellos dieciocho sobre los que cayo la Torre de Siloe, y los mato, ?creeis que eran mas culpables que todos los hombres que moraban en Jerusalen? Os digo que no, y que si no hicierais penitencia, todos igualmente perecereis.»

?Cuantas cosas veia claras! En Gerona bastaba que surgiera un hombre -Porvenir, Cosme Vila, Casal- para que un partido politico cobrara auge. ?Donde estaba, pues, el valor permanente de la doctrina? Claro que a el le habia ocurrido siempre lo propio. Tal vez fuera esa la nueva Torre, peligrosa, de Siloe. En todo caso, en la ciudad lo permanente era la rebeldia de los solitarios, el instinto de conservacion de las familias, la lucha entre los de abajo y los de arriba, las murallas.

Un hecho le aparecia mas claro aun que los demas: continuaba clasificando a Mateo entre los exaltados.

Tambien le parecia evidente que Marta, montada en su jaca o a pie y vestida de negro, era la mujer mas hermosa de la ciudad.

CAPITULO XLIX

La doble boda de los Costa fue, en efecto, sensacional, y se celebro aunque la casa en construccion no estaba terminada todavia; de momento ocuparian dos pisos alquilados.

El obispo no los caso, como habia profetizado Raimundo; ahora bien, la ceremonia fue espectacular. Se celebro en la parroquia del Carmen, tan esplendidamente adornada que parecia el local de la CEDA.

Se comentaba mucho que los Costa hubieran elegido novias tan ricas. Algunos lo consideraban poco democratico, otros opinaban que aquello no tenia nada que ver. En todo caso ellos hicieron las cosas como era debido. No se limitaron a invitar a su hermana Laura, al Comisario don Julian Cervera, a la Junta de Izquierda Republicana en pleno, a los directores de Banco, a muchos amigos hechos en la carcel -Julio, David y Olga, etc.-, sino tambien a todos sus obreros; los canteros, los fundidores, los de los hornos de cal, los marmolistas. A alguno de estos entrar en la iglesia les vino a contrapelo; pero en el fondo se sintieron halagados.

Las novias habian sido mas austeras. Se habian traido sus padres -propietarios con empaque- y media docena de parientes con cuello duro. Testigos, por su parte, un notario de Figueras y un arrocero de Pais.

Despues de la ceremonia religiosa, hubo banquete en el Hotel Peninsular, con musica a cargo de la orquesta del Rubio. Los ciento cuarenta y cuatro obreros de los Costa fueron acomodados en la sala contigua a la de los protagonistas de la boda. Los suegros de los dos industriales miraban asustados a aquellos hombres que no sabian coger el tenedor, y que libaban como soldados carlistas. Cuando el baile empezo temblaron ante la idea de que, por democracia, sus yernos entregaran sus esposas a aquel populacho. La mujer decia: «Esto es demasiado». La sonrisa de las hijas los consolaba, recordandoles que aquello pasaria pronto y que luego nadie les quitaria un apellido cuyo solo eco movilizaba los Bancos de la ciudad. Sin embargo, presentian luchas desagradables por culpa de la politica.

Los Costa fueron prudentes. Un nuevo y oportuno reparto de habanos fue la senal de democratica despedida. «Hasta el lunes, fiesta», fueron diciendo a los obreros; y los obreros, endomingados, rojos de champana y con cara de tarde de toros, fueron saliendo del hotel dandose palmadas y cuidando no tropezar con los dos tiestos de flores instalados afuera.

El Comisario -don Julian Cervera- fue de los que se quedaron. Y bailo con las dos novias. Tambien se quedo Julio Garcia, que fue de los que hablaron despues del banquete. Los directores de los Bancos aguantaron firme, copa en alto, el del Arus bailando dale que dale con dona Amparo Campo, esta feliz. El comandante Campos intento templar los nervios de su esposa, a la que nadie sacaba a bailar. David y Olga se habian ido. Casal y Cosme Vila, tal como estaba previsto, habian declinado la invitacion personal.

Poco antes de las seis, las dos parejas desaparecieron. Partieron en direccion desconocida. Apenas si Laura habia tenido tiempo de hablar con sus cunadas. Le parecieron mas tratables de lo que habia supuesto. Al quedarse sola con los suegros, miro a los invitados, uno por uno, y descubrio a Julio.

Laura tenia un pesimo concepto de Julio, por lo que habia oido de el. Y, sin embargo, el policia la conquisto. Le parecio inteligentisimo. Le conto la vida de las tortugas -no toda, porque no daba tiempo- y detalles curiosisimos sobre musica africana. Le recito unos versos de Hafiz. «Nunca hubiera creido que fuera usted asi. Yo le tenia a usted por un barbaro.» Julio, que habia bebido lo suyo, sonrio. «La barbara es mi esposa.» Laura solto una gran carcajada. «Estoy muy alegre», dijo la muchacha. Tal vez influyera el hecho de que todos los obreros de sus hermanos, uno por uno, habian acudido a saludarla y despedirse de ella. «?Pobres, pobres!», comento, para animarlos.

Don Julian Cervera, el Comisario, habia reflexionado mucho antes de aceptar la invitacion. Julio le habia dicho: «No se preocupe. Pronto se casara «La Voz de Alerta» y haremos que tambien le inviten a usted. Entonces todo el mundo comprendera que el Comisario es imparcial.»

Muchas chicas pegaron sus narices en los cristales del Hotel, desde fuera, para contemplar el banquete; una de ellas, Pilar. Si Mateo la hubiese visto, se hubiera indignado. Pero ya estaba hecho. El taller en pleno lo acordo; imposible rehusar. Todas, incluso Pilar, quedaron desilusionadisimas al enterarse de que los novios ya se habian ido.

?Dos coches…? ?Por separado…? ?Mira que tal! Todas admitieron que Laura estaba muy bien y que la esposa del comandante Campos era verdaderamente espantosa. Pilar, al ver bailar a Julio, penso en unos anos antes, cuando el policia le pregunto: «?Que…? ?Te gusta la primavera?» Aquel dia enrojecio pensandolo.

CAPITULO L

En la ciudad, excepto Cosme Vila, Casal, Julio, el comandante Martinez de Soria y algunos mas nadie habia tomado en serio la Falange que podria llamarse local. Considerada en bloque -Castilla, Madrid y demas-, era otra cosa. Los extremistas de izquierda no cesaban de hablar de asesinatos y los extremistas de derecha la consideraban la FAI blanca. El hecho de que un movimiento de curiosidad se alzara aqui y alla para oir sus

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