entremezclarse los cabellos, que los pies ocupaban una sola pieza de mosaico.
Tambien Mateo se sentia euforico. Por fin habia podido acercarse a Pilar sin que Carmen Elgazu zurciera calcetines al lado. ?Ni una sola llama en la casa, y tenia que secarse la frente sin cesar con su panuelo azul! Pilar llego enfundada en un espeso abrigo. Sin embargo, debajo de el aparecio un vestido increiblemente escueto y fino. La mano de Mateo temblaba en el. Temblaba incluso cuando intentaba encender la pipa con el mechero de yesca, artefacto que arranco gritos de entusiasmo de las hermanas de Rossello.
La nuera del profesor Civil revivia veladas de soltera. Octavio canturreo flamenco con un estilo que, al superar el de la gramola, levanto hasta el maximo el clima de la reunion. Ignacio, completamente entregado a la alegria natural de la casa, recordaba como pertenecientes a otra vida aquellas otras tardes de domingo en que dejaba lo mejor de si mismo en una habitacion rosa, con Canela. ?Que sabor acre le quedaba a uno en el paladar, y, luego, que sensacion de muerte en el alma! Tener amigos como los de ahora era tener alma, vivir.
Le parecio muy raro bailar con su hermana. La encontro mucho mas alada de lo que se figuraba. «?Te diviertes?», le pregunto. Pilar le contesto: «No lo digas a nadie, pero soy completamente feliz». Ignacio le dio un beso en la frente.
De repente, cuando nadie lo esperaba, sono el timbre de la puerta. Mateo fue a abrir: era Marta. La criada penso: «Ya sabia yo que faltaba una taza
Marta vestia de negro, como siempre, y calzaba tacon alto. Los cabellos desmayados, como nunca, a ambos lados de la cara. Palida, flequillo hasta las cejas, ojos serenos y lentos, mano emotiva que fue estrechando una por una las diestras de los demas. Sonreia con timidez y al mismo tiempo con algo de intima seguridad.
Ignacio recibio una de las mas fuertes impresiones de su juventud. Procuro aislar a Marta de todo cuando aludiera al Tribunal Militar de Represion, al asistente que tenia orden de acompanarla a galopar por la Dehesa, a la distancia que ella y su madre establecian entre sus vidas y las de sus semejantes. La admitio como una aparicion, como algo hermoso y serio que surgia del fondo de una antigua ciudad y que venia a su encuentro en aquella tarde de San Jose, cruzando aquel umbral y estrechandole la mano tambien a el. A Benito le pregunto: «Tu eres el hijo del profesor, ?verdad?» Al llegar a Ignacio le dijo: «Y tu eres Ignacio…» Pilar espero en vano que dijera: «Y tu eres Pilar…» Penso que tal vez la desconcertara la flor que llevaba en el pelo.
Y no era asi. Cuando Mateo las presento, diciendo en tono algo solemne: «Marta, ahi tienes la amiga que te mereces», Marta sonrio a Pilar con evidente deseo de resultarle agradable. Y cuando, enterada Marta de que Octavio habia nacido en Sevilla e Ignacio en Malaga, levanto el brazo y acercando sucesivamente su taza de chocolate a los labios de los dos muchachos les dijo: «Brindemos por Sevilla y Malaga», Pilar quedo pasmada ante aquella osadia, pero reconocio que la chica lo hizo con perfecta naturalidad. En cambio, Octavio protesto contra que se brindara por Andalucia con chocolate. «La proxima fiesta la dare yo y se haran las cosas como es debido.»
Perfecta reunion. En otros lugares -cines abarrotados, Ateneo Popular- la tarde festiva avanzaba con mas torpeza. Muchas personas -en la UGT, en Estat Catala, en el Partido Comunista- hablaban de Union; trece personas, en casa de Mateo, la habian conseguido.
Sin cortar con los Costa, que tambien la habian conseguido entre el paisaje nupcial de Mallorca.
En cuanto Ignacio asio a Marta por la cintura observo que la chica bailaba guardando las distancias, pero estrechando fuerte la mano. Hija del comandante Martinez de Soria, penso. Sin embargo, nada en su espiritu se rebelo ante esta idea. Por lo visto, los prejuicios de antano habian muerto en el.
Unicamente recordaba con absurda insistencia a sus dos hermanos, de Valladolid. Tan parecidos uno al otro, con la camisa azul, con el pequeno revolver invisible en la cadera. Pero Marta era menos ironica. Al escuchar prestaba gran atencion. Si comprendia, asentia con viveza; si no, levantaba la mano para apartarse el flequillo a uno y otro lado de la frente. Mateo, que no cesaba de observarla, supuso que Ignacio debia de desconcertarla un poco, pues hablando con el la chica se apartaba el flequillo con inquietante regularidad.
Se bailo hasta las ocho, hasta que la mismisima gramola quedo afonica. Entonces se paso al despacho, volvieron a colocarse las sillas, el conac substituyo al chocolate. La intencion era criticar un poco, y quedo cumplida. ?Pilar opino que aquello era peor que el taller! Octavio conto fabulosas historias de su tierra, de mujeres que para ir a los toros vendian el colchon.
Mateo queria evitar a toda costa que se hablara de politica. Pero no pudo evitar que la mujer de Benito Civil, aludiera a San Jose -«su santo preferido»-, lo cual origino que Octavio, medio ateo, soltara un par de bromas sobre el florecimiento de ciertas varas que escandalizaron a la concurrencia. La nuera del profesor Civil se prometio a si misma no asistir nunca mas a una de aquellas reuniones; junto con la criada, fue el personaje trotskista de la fiesta. Pilar estuvo muy brillante explicando el error en que incurren los hombres al suponer que a las mujeres les gusta vestir bien para que ellos las vean. «Nos gusta principalmente hacer rabiar a las otras mujeres.» Las hermanas de los estudiantes asintieron calurosamente. Ignacio repuso: «?Asi, pues, Marta se puso un collarete blanco sobre jersey negro para haceros rabiar a vosotras!» Todo el mundo se rio. Marta, abiertamente, y al final, ante el regocijo de todos, confeso que era cierto.
La novia de Octavio, Rosario, se rio, pero con timidez. En la fonda, la mayoria de los clientes eran como su padre: hubieran pedido vino tinto en vez de chocolate y hubieran hablado de pesca o de platos de estofado en vez de hablar de San Jose. Por eso le estaba agradecida a Octavio, porque elevaba su nivel en sociedad. Y por ello, al mirar de vez en cuando el retrato de Jose Antonio, que habia quedado a su izquierda, pensaba que desde luego era mas distinguido que el Responsable.
Rosario daba por descontado que alla todo el mundo era falangista, y suponia que no solo Marta, sino incluso la mujer del delineante, y desde luego Pilar, se sabian de memoria lo que significaba «Regimen gremial o corporativo» en vez de «sindicatos politicos» como repetia siempre Octavio. Le daba mucho miedo ponerse a estudiar todo aquello, pero temia aun mas no hacerlo. «Porque yo debo ser distinta de las demas, pero la verdad es que me arreglo para Octavio y no por las demas mujeres.»
Rossello y Juan Roca, Haro y Civil se inspeccionaban unos a otros con gran curiosidad. Ardian en deseos de poder hablarse, comunicarse sus respectivos entusiasmos. Preguntarse: «Que, ?has leido el ultimo discurso?» «?Sabes lo que significa hacer guardia en los luceros?» Pero tuvieron que limitarse a cambiar miradas de solidaridad.
Dos de ellos -Rossello y Roca- sabian que en la reunion habia un disidente: Ignacio. Se mostraban agresivos con el. Ignacio fingia no darse cuenta. Mateo pensaba: «Como el tema suba de tono, se va a armar la de San Quintin». Menos mal que Marta abrio y cerro el asunto en un santiamen. Al enterarse de que Ignacio era mas bien socialista, exclamo: «?Oh, asi no hay pega! En Valladolid todos los socialistas se pasan a Falange». Ignacio se mordio los labios. Y como arma de venganza, eligio tomar la palabra, olvidando el consejo de mosen Francisco, y deslumbrar a Marta, a Octavio, a los catecumenos y al propio don Emilio Santos, el cual acababa de entrar, de regreso del Neutral. Hablo durante bastante rato, solo, ante el entusiasmo de Pilar, que pensaba: «Vaya hermano de categoria que tengo». Hablo de temas diversos, que no tenian nada que ver ni con el socialismo ni con Valladolid. Hablo del Banco, de donde dijo que empleados que habian trabajado juntos ocho horas diarias durante anos no tenian nada comun, y verian la desaparicion de unos y otros sin hacer un solo comentario. Hablo de la carrera de Derecho, que estudiaba con el maximo interes porque ensenaba a no levantar los brazos a mayor altura que la cabeza. Hablo de Teresa Neumann, diciendo: «Es aun mas importante que aquel soldado frances de la guerra del catorce que recibio simultaneamente cinco heridas: dos en las manos, dos en los pies y una en el costado izquierdo. O sea exactamente las cinco heridas de Cristo». Finalmente hablo del baile moderno, diciendo que su ritmo era desde luego obsesionante, pero que a su entender al final ganaria la batalla el
Ignacio se considero satisfecho y Rossello y Roca, nada rencorosos, sonrieron cordialmente. La claudicacion de estos alegro mas aun a todos los componentes de la reunion, los cuales olvidaban por completo que era hora de ir a cenar.
Exito total. Mateo, el mas contento de todos. Ya eran «seis» perfectamente unidos, Pilar estaba encantadora. La idea de invitar a Marta habia sido afortunada -Marta quedaba incorporada al grupo, sobre todo a Pilar-. Ignacio habia conocido de cerca a sus hombres y algo recordaria de todo aquello. ?Que mas podia desear por trece tazas de chocolate?
Tambien Marta estaba contenta. Y en todo el discurso de Ignacio solo se aparto el flequillo una vez: cuando oyo que varios hombres podian trabajar juntos ocho horas diarias durante anos, y continuar siendo absolutamente extranos entre si, sin cederse uno al otro un milimetro de corazon.
En cuanto a lo de Teresa Neumann, le intereso en grado sumo, a pesar de las sonrisitas de Octavio. «El
