Bueno, la gente desfilaba -Blasco en cabeza- inconsolable; si en ultima instancia el Bueno se llevaba la victoria, el cine amenazaba con venirse abajo.
Con frecuencia Matias Alvear, al salir de Telegrafos, veia la multitud haciendo cola para entrar en el local. Y su sorpresa era grande al advertir que en las filas abundaban las mujeres, y personas de las que nunca se hubiera podido creer que asistirian a tal espectaculo. Por ejemplo, el teniente Martin; por ejemplo, Julio Garcia. A veces, Salvio, el novio de la criada de don Emilio Santos.
Algunas personas acudieron a Comisaria para protestar contra estas sesiones: don Pedro Oriol, mosen Alberto. El Comisario dio a entender que no estaba facultado para impedirlas. Raimundo decia en la barberia: «Por lo menos en los toros hay arte». Mateo, que ahora siempre se afeitaba alli, asentia con la cabeza.
Pero la distraccion de aquellos cerebros era ficticia. En el fondo los roia un gran malestar. A lo largo del dia se entrecruzaban por las calles asqueados. En las conversaciones citaban a los Estados Unidos, de donde se aseguraba que los obreros parados iban en coche a cobrar el subsidio.
Un lugar habia en que la crisis se hacia sentir terriblemente: el Banco de Ignacio. Cuando el muchacho se reintegro a su trabajo, se encontro con que su Seccion de Impagados absorbia a dos empleados mas que de ordinario. «Nadie paga, todo el mundo devuelve las letras.» Firmas solventes pedian: «Guarden las letras cinco dias, ocho». El director preguntaba: «?Donde iremos a parar?» Cosme Vila leia sin cesar, entre los papeles. Y en el cajon tenia un retrato de Vasiliev. Cada vez que lo abria para escribir una carta a otro Banco o a una empresa burguesa, veia a Vasiliev con su poderosa cabeza. Cosme Vila y su companera no se perdian una sola sesion de lucha libre.
Ningun empleado parecio sospechar la enfermedad que tuvo Ignacio. Si no ?menudas bromas! Se le habia ocurrido llevar al Banco el libro sobre Teresa Neumann que recibiera de Cesar, y todos se rieron mucho con el.
En la portada se veia a la estigmatizada con los ojos manando gotas de sangre.
– ?Que pasa? ?Quien es?
– Es una mujer austriaca que tiene visiones.
– ?Visiones? Los obreros en paro tambien las tienen.
– No os riais. Es un hecho cientifico. Apenas si come desde 1923.
– ?Los obreros no comen desde Felipe II!
– ?Bah! Siempre sereis lo mismo. Docenas de medicos la han visto. Cualquiera puede ir a comprobarlo.
El unico que le escucho en serio fue el subdirector. A Ignacio el libro le habia causado enorme impresion. Le dijo al subdirector: «Ahora yo me especializare en este asunto de los estigmatizados, como usted lo hizo en Masoneria. Ya hablaremos de ello, si le interesa». El subdirector le contesto: «Claro que me interesa». Luego anadio, mirandole con fijeza: «?Que te ha ocurrido? Me parece que vuelves a ser el de antes».
Ignacio se callo. En realidad, no sabia. Al entrar en el Banco habia recibido la impresion de que era la primera vez que pisaba aquel local. Incorporados a su mente, y, sobre todo, a su sangre, los consejos de mosen Francisco, todo lo veia de otro modo. Penso que habia sido imprudente llevando el libro de Teresa Neumann. Y mas aun, hablando de ello. Por un momento habia olvidado que debia callar.
En todo caso, no reincidio. En los dias subsiguientes cumplio a rajatabla su proposito: guardo un silencio estricto. No hablaba sino lo necesario, y se iba habituando a ello. «?Te has vuelto mudo!» Callaba por conviccion. Porque veia que, en efecto, el resultado de la cura era sorprendente. No hablaba sino le preciso en casa, y con el profesor Civil, los dias de clase. Y el resultado era el previsto: se encontraba otro hombre, sereno, que trabajaba hacia adentro, que iba viendo las cosas claras. Parecia como si aprendiera a respetar al mundo, a si mismo. Veia por las calles a los obreros en paro y callaba. Pensaba: «?Senor, aqui hay un desequilibrio. Ayudadme a descubrir su causa!» Y entonces no pensaba -como hubiese hecho antes- en el fascismo o en «La Voz de Alerta» o en los moros que entraron en Oviedo. Sabia que el problema era mas hondo. Pensaba que Espana no habia encontrado su centro, que la gente andaba despavorida por la peninsula buscando remedios parciales, y que desde docenas de anos ninguna voz se habia levantado a la altura suficiente para indicar: «El cancer esta ahi. Hay que hacer esto y lo de mas alla». Entonces se asustaba porque le parecia que estas conclusiones se acercaban a las de Mateo; y callaba mas que nunca, para alcanzar la verdad. Y viendose incapaz, por el momento, de alcanzar la verdad de Espana, se tornaba humilde y pedia alcanzar por lo menos su verdad personal; lo cual suponia menos dificil porque en el fondo no tenia mas que veinte anos y su cuerpo no media mas que 1,74 metros.
Su verdad personal era esta, la experimentada en el Banco: era la primera vez que veia el mundo. No sabia nada de el. Mosen Francisco tenia razon. O San Agustin. Hablando, el mundo enganaba; callando, se prestaba atencion. Y con solo prestar atencion, cada minuto, cada segundo, cada mirada o cambio de luz cobraba un valor absolutamente imprevisible. Por ejemplo, acababa de descubrir que, a pesar de haber hecho el trayecto centenares de veces, no tenia idea de las tiendas que se encontraban desde su casa al Banco. Y que jamas habia comprendido como entonces hasta que punto cada voz tenia una honda resonancia espiritual, que podria dar la medida del hombre. No se habia fijado ni en la nariz de Pilar, apuntando graciosamente al techo, ni en que el director llevaba tres anillos en un solo dedo, ni en que David y Olga andaban siempre asidos de la cintura, no del brazo, ni en que dona Amparo Campo tenia una cicatriz en la barbilla, ni en la gran diversidad de cielos que se sucedian en Gerona en invierno. Ahora cada segundo le reservaba una sorpresa, como si hubiera vuelto a nacer. Miraba el rostro completo de las personas, la superficie y contorno enteros de los objetos. Y desde luego el cielo. Apenas salia de casa, el cielo. Cielo que, a diario, era distinto, a veces lejano, a veces proximo, siempre inmenso, siempre de azul purisimo, nunca gratuito. Presidiendo la vida de todos. ?Gran descubrimiento el de fijar la atencion! Nuevos colores, nuevas formas, nuevos sonidos se ofrecian a su espiritu, en desfile infinitamente generoso. Las fachadas creaban luces y sombras, las sillas cobraban formas humanas, los arboles conseguian expresar cualquier sentimiento, desde el jubilo hasta la desesperacion, en el borde de un plato habia mil reflejos, mil rostros en la concavidad de una cuchara, los zapatos no gemian porque si, sobre el lomo de los libros se detenia el tiempo, de repente los hombres parecian viejos, de repente la naturaleza se ponia a danzar. ?Y que colores! Morados, amarillos, rojos. Colores en los cristales de las ventanas, en el fondo de los ojos, en las unas, en los techos. ?Como era posible que antes no hubiera advertido su multiplicidad? «Cada hierba un milagro», como Cesar entrevio.
Y el mundo de las formas. ?Que hermosos los campanarios de la ciudad! Era muy dificil hacer imagenes. Todo el mundo decia: el de San Felix parece una flecha dirigida al cielo, o una plegaria hecha piedra, o que se yo. La Catedral asciende poderosa como un baculo gigantesco; craso error. Mosen Francisco tenia razon: la palabra no servia para dar la medida justa. Por ello Ignacio se limitaba a contemplarlos sin descanso. Segun donde se situara, el de la Catedral le parecia el mas alto de los dos; segun donde, le parecia mas alto el de San Felix. Pero siempre subian, subian los dos juntos. Tan inseparables como David y Olga, como los cipreses y los huesos, como la revolucion y la sangre.
Y luego estaban todos los sonidos. Los sonidos cotidianos y entranables, que empezaban con el alba, se sucedian unos a otros a lo largo del dia y morian con el sueno. A veces todos parecian ahogarse en el rio. Pasaba un coche, y su bocinazo ?paf!, se caia al agua y quedaba detenido, absorbido, empapado. Otras veces era lo contrario, todos los sonidos parecian emerger del agua: latir de motores de fabricas, ?llantos de nino!
Y luego el tictac de los relojes, y los pasos de la gente, y las campanas.
?Que maravilloso mundo! Y que hombre mosen Francisco, a pesar de cubrirse la cabeza con un espantoso sombrero. Porque si el silencio conducia efectivamente a la atencion, tambien era cierto que esta desembocaba en la armonia, como el sacerdote predijo. Mejor dicho: se la revelaba -regalo de Reyes- a quien estaba atento. Colores, formas y sonidos formaban un conjunto a la vez uno y multiple, que estaba siempre en su lugar. Un todo armonico, cuyas partes se completaban unas a otras. Hombres y sillas se completaban, libros y tiempo, manos y unas, arboles y viento, padres e hijos. Buenos y malos. Las cosas se parecian entre si, o se parecian sus efectos, o sus divergencias convergian hacia un alarido, o una letania comun. De ahi que las campanas no se entorpecieran unas a otras ni siquiera cuando tocaban simultaneamente; de ahi que ahora el Onar, al descender enorme a causa de las lluvias, a Ignacio le pareciera que era la imagen de su corazon.
Y todo parecia tender a un mismo fin: la belleza. Y no habia nada que fuera exagerado, excesivo, que traspasara los limites. ?Tal vez el frio! Pero no; gracias al frio la estufa, con Matias Alvear y Carmen Elgazu y Pilar en torno a ella, adquiria una personalidad secreta y honda, de fuente de vida. Incluso las tempestades tenian su ley. Cada relampago iluminaba la zona precisa para crear grandeza, y los truenos profundizaban en el vientre del mundo recortandole su origen. Un cactus que el vendaval hizo caer en plena Rambla quedo enraizado, verde y reluciente, en un arbol, como anunciandole que la primavera volveria a hacer brotar de el hojas hermosas.
