Ignacio penso: «Lo mejor sera que le confiese la verdad a mi padre». Pero no se sentia capaz. ?Que humillacion, y que disgusto tan grande le iba a dar! Paso revista a cuantas personas podian ayudarle: Julio, David, La Torre de Babel… Cualquiera de los del Banco debia de conocer la manera de… ?Ah, si su primo Jose, de Madrid, estuviera alli! Recordo que Jose le habia dicho: «A mi me han pillado tres o cuatro veces. Pero ahora eso se cura en un santiamen».

Es… Pero ?y si tenia algo grave?

Luego penso en Mateo. Si, el chico era apropiado. Serio, y guardaria el secreto. Pero… ?y si era tan inexperto como el? Mateo siempre le habia dicho: «Yo procuro contenerme. La castidad es muy importante».

El reloj del Ayuntamiento iba dando las horas. Su madre entro a verle. «?Como te sientes? ?Te falta algo?» El termometro subio aun mas. Carmen Elgazu se sento un momento al lado de la cama. Ignacio vio su silueta recortarse contra el postigo semiabierto. «No sera nada. Un poco de gripe.»

Hacia el mediodia tomo una determinacion. Se lo diria a su padre. La mancha de la sabana era imborrable y acabaria por saberse. Su padre tal vez encontrara el medio de ocultarlo al resto de la familia.

Escuchando con atencion, descubrio que su madre se habia sentado en el comedor y que separaba en la mesa las buenas alubias de las malas. Las buenas resonaban al caer dentro del plato. Era un ruido familiar, inimitable.

Matias Alvear llego de Telegrafos mas temprano que de ordinario. Estaba impaciente por Ignacio. Colgo el sombrero en el perchero, se quito el abrigo, le dijo a su mujer que hacia un frio insoportable. Luego entro en el cuarto de Ignacio.

– ?Que hay? ?Como estas, hijo?

– Lo mismo.

Matias se le acerco y le puso la mano en la frente. Ignacio penso: «Ahora». Pero un miedo irreprimible le atenazaba la garganta.

De pronto, estallo en un sollozo. No pudo reprimirlo. La silueta de su padre en la semioscuridad, la tibia y entranable silueta de su padre le habia desarmado.

– Pero ?que te pasa, Ignacio? ?Por que lloras?

Ignacio sintio deseos de encender la luz, de tirar de las sabanas y gritar:

– ?Mira!

Pero se contuvo. Lloro, lloro incansablemente.

– Pero ?que te pasa? Habla. Cuidado, que tu madre te va a oir.

Ignacio se decidio.

– Papa… Tengo que darte una mala noticia. Lo siento.

– ?Que mala noticia?

– No te hice caso y… tengo algo.

Matias se incorporo y dio la luz.

– ?Como que tienes algo?

– Si. -Ignacio anadio-: Canela…

Matias quedo desconcertado. De pronto comprendio. Apreto los punos y los dientes. Miro a su hijo. «?Vaya!» De pronto, sin acertar a dominarse, levanto el brazo y le pego a Ignacio un terrible bofeton.

El muchacho estallo en un llanto sin consuelo y en aquel momento Carmen Elgazu aparecio en la puerta. Ignacio se oculto tras el embozo.

– Pero… ?que ocurre?

Matias dijo:

– Nada, mujer. Nada de particular.

Luego Matias se lo conto todo a su mujer. Imposible ocultar aquello, por duro que fuera. Era preciso llamar al medico, curarle.

Como un rayo habia caido sobre la cabeza de Carmen Elgazu. No supo que decir. Se quito el delantal, se fue a la cocina.

Matias Alvear la siguio, diciendo:

– Yo se lo perdono todo, menos que haya sido un hipocrita.

Carmen Elgazu no comprendia. Se acerco a Matias. Le miro a los ojos. «Algo grave habremos hecho tu y yo, que merezcamos tal castigo.» No pensaba entrar a ver a su hijo Y seria la primera vez que ocultaria algo a mosen Alberto.

El medico dijo: «No es nada grave».

Una de las mas grandes preocupaciones era Pilar. Era preciso impedir a toda costa que Pilar se enterara. Ello los obligaba a medias palabras, a repentinos silencios. Y aun asi Pilar preguntaba: «?Que os pasa? ?Es que Ignacio tiene algo grave?»

Ignacio habia encontrado un consuelo: Pilar. Nunca la quiso como en aquellos dias. En su ausencia, cuando la chica se iba al taller, se quedaba absolutamente solo. Sus padres no entraban a verle jamas; solo cuando llegaba el medico o cuando cumplian sus instrucciones; pero no le dirigian la palabra. En cambio, Pilar habia hallado la ocasion de demostrarle su carino. No se movia de su lado. Le contaba cosas, le arreglaba la cama, le llevaba tazones de leche haciendo tintinear la cucharilla en el camino. Ignacio, para no llorar de agradecimiento, simulaba quedarse dormido. Entonces Pilar suspiraba y con frecuencia se sentaba en la cama de Cesar y permanecia inmovil.

En cuanto al muchacho, soportaba dificilmente su situacion. Una sensacion de miedo le invadia. Las visitas del medico eran una tortura, la verguenza le mataba. Y cualquier gesto de sus padres, cualquier palabra, le parecia una alusion. A veces pensaba que no le perdonarian nunca. El medico estaba serio. Ignacio hubiera preferido el doctor Rossello…

A veces pensaba que nunca mas podria dar sangre para el Hospital… Sus libros de Derecho, quietos encima del armario.

Una cosa deseaba y le molestaba a un tiempo: las visitas. Del Banco habian acudido la Torre de Babel, el cajero y el de Impagados. «Una gripe. No sera nada.» Al de Impagados le dijo. «Lo siento por el trabajo». «No te apures -le contesto este-. Nos arreglaremos entre todos. Aunque trabajo no falta.» El cajero llevaba una franja negra en el antebrazo, y siempre hablaba de Paco, su hijo adoptivo.

Julio Garcia le ofrecio: «?Quieres algun libro? ?Quieres la gramola?» Mosen Alberto bromeo. Viendole la barba le dijo: «?Te advierto que yo tambien manejo la navaja!» Pero Ignacio, ante la expresion de su madre, sentia tanta verguenza que no acerto a contestar.

Don Emilio Santos le visito el primer dia. Y luego no dejaba de telefonear a Matias todas las mananas, a Telegrafos, preguntandole por Ignacio.

En cuanto a Mateo, le dijo:

– He visto al profesor Civil. No reanudaremos las clases hasta que estes restablecido.

No pasaba dia sin que Mateo le hiciera una visita, antes de cenar. Si le parecia que Ignacio no se fatigaba, se quedaba una hora a su lado; si no, se iba en seguida.

El peso de Ignacio era tan fuerte -el de su soledad-, el corazon le daba tal vuelco cada vez que Matias Alvear, despues de abrir la puerta del piso, pasaba frente a su habitacion sin detenerse, que un dia, el dia de Reyes, al ver entrar a Mateo sonriente, con un pliego de revistas debajo del brazo le dijo:

– Tu crees que tengo la gripe, ?verdad?

– Claro…

– Pues… No es cierto. Tengo una enfermedad venerea.

Mateo quedo estupefacto. Saco el panuelo azul.

– Pero… ?como ha sido? No comprendo. ?Algo grave?

– No. Hace unos anos lo hubiera sido. Ahora se cura.

– Pero… ?quedaras bien…?

– Completamente.

Mateo no sabia que decir.

– No me sermonees -corto Ignacio-. Se que es culpa mia. Soy un imbecil.

Mateo estaba afectado. Despues de un silencio pregunto:

– ?Conocias a la mujer…?

– Si. Hacia medio ano que duraba la broma.

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