– Eso es peor.

– Ya lo se.

Luego Ignacio anadio:

– Mis padres estan desesperados.

Mateo habia reaccionado.

– ?Bah! -dijo-. Tu madre te perdonara pronto. -Luego anadio-; A tu padre, claro esta… le costara un poco mas.

Ignacio dijo:

– Menos mal que Pilar…

– ?Que?

– Siempre esta aqui, acompanandome y contandome cosas.

Luego anadio que lo que mas dificil veia de todo aquello era perdonarse a si mismo.

Mateo le contesto:

– Yo, en cuanto estuviera curado, iria a confesarme.

Mateo le habia adivinado el pensamiento. ?Confesar! ?Cuanto tiempo llevaba sin hacerlo! Cuando estuviera curado, cuando dejara definitivamente el lecho y pudiera andar como los demas hombres, iria a tomarse un bano, que se llevara todo su sudor y sus impurezas; luego iria a confesar. Como en los tiempos en que correteaba con Cesar por las murallas y Montjuich. Entrar en cualquier iglesia y arrodillarse ante un hombre que hiciera sobre el la senal de la cruz. En realidad, aquella habia sido su primera idea en los instantes del gran miedo, cuando prometio subir a pie a la ermita de los Angeles si se curaba; ahora Mateo se lo recordaba, y tenia razon. La idea de un templo silencioso, semioscuro, con una mano comprensiva puesta en su hombro, le reconfortaba.

Aquel dia era el de Reyes. Mateo habia traido, ademas de las revistas, una caja de bombones para Pilar. Pilar apenas si habia osado tocar el papel celofan que la envolvia; tanta fue su emocion. Era la primera caja de bombones que recibia en su vida. Pilar ignoraba totalmente que Marta, hija del comandante Martinez de Soria, habia recibido de Mateo una caja similar.

Matias y Carmen Elgazu agradecian a Mateo sus visitas y aquellas muestras de delicadeza. Y al verle tan sano y con tanta expresion de juventud en el rostro, no podian menos de compararle a Ignacio, hundido y sudoroso en la cama.

Lo que ocurria era que cinco eran pocos dias para perdonar… Porque, en cuanto a pensar, no cesaba de pensar en su hijo, solo en la habitacion, con la luz apagada. Pero Ignacio tampoco hacia nada para precipitar los acontecimientos, como no fuera su silencio y su postracion.

Al octavo dia ocurrio algo inesperado. Carmen Elgazu se habia quedado sola en el comedor, repasando la ropa. Era media tarde y de pronto la puerta de la habitacion de Ignacio se abrio. De reojo le vio salir en pijama, con una bufanda al cuello, los hombros caidos. Ignacio avanzo hacia el comedor, arrastrando sus zapatillas. Agotado, pero sin dificultad. Carmen Elgazu no levanto la cabeza; sin embargo, sintio que su hijo se habia detenido y que se habia quedado mirandola. Aquella bufanda al cuello y aquellos hombros caidos la habian impresionado. Le vio solo, absolutamente solo. Algo en su corazon estaba a punto de romperse. Entre ella - sentada junto a la ventana- y el -en el pasillo- se interponian la estufa, la mesa. ?Como hacer para no levantar la cabeza? De repente, sintio que Ignacio habia reanudado su marcha. Las zapatillas habian cruzado el umbral del comedor, era evidente que daban la vuelta a la mesa. Tal vez fuera a la cocina, a beber agua… El olor de su hijo -olor a enfermo, a fiebre, a habitacion cerrada- le llego. Y subitamente, las zapatillas se detuvieron. Comprendio que su hijo se habia detenido detras de ella. Tal vez mirara al rio… Pero no. Sintio que una mano se posaba en su cuello, inclinado. Y que luego otra mano, inhabil, se posaba sobre su cabeza. Carmen Elgazu no se movio, la respiracion de Ignacio le llegaba. De pronto Ignacio la abrazo decididamente, aplicando su mejilla a su cabellera; y entonces los ojos de Carmen Elgazu se llenaron de lagrimas y soporto sin protestar la lluvia de besos. Pronto se encontraron las humedas mejillas de uno y otro. Y no se sabia cual de los dos lloraba mas. Y no se sabia cual de los dos acertaria a articular la primera palabra.

Ninguno de los dos. Ignacio dio media vuelta y se volvio, arrastrando las zapatillas. Cruzo el umbral del pasillo, agotado. Carmen Elgazu no le miraba, pero le veia. Hubiera podido describir con exactitud cada pliegue del pijama, la caida de cada mechon de pelo. Llevaba la silueta de su hijo clavada en las entranas.

Ignacio volvio a encerrarse en su cuarto. No habia salido con aquella intencion, pero asi ocurrio. Tampoco Carmen Elgazu se habia puesto a coser pensando en aquello; sin embargo, ahora se daba cuenta de que zurcia unos calcetines de Ignacio. Ya todo tenia otro color, otra dulzura con la tarde cayendo. Se oia la vida secreta, monotona y crujiente de la estufa encendida. Un gran silencio reinaba en la casa. El rostro de Carmen Elgazu habia quedado inmovil como una talla de madera; pero tenia la sensacion de que acababa de separar las buenas alubias de las malas.

Un solo deseo: que llegara Matias Alvear. ?Como le contaria aquello? Matias era duro, no queria oir hablar de Ignacio. Radio de galena, periodico, domino. Pero Carmen Elgazu sabia que desde primeros de enero perdia en el Neutral todas las partidas.

Al dia siguiente, Matias Alvear, sentado a la mesa del comedor, se desayunaba, preparandose para ir a Telegrafos. Y de pronto vio frente a si, afeitado y vestido, a Ignacio. Las canosas sienes de Matias temblaron, lo mismo que la mano que sostenia la taza. Pero continuo bebiendo, como si tal cosa.

Por la noche le habia dicho a Carmen Elgazu: «No le hagas caso. Es un hipocrita». Sin embargo ahora, al intentar levantarse por el lado opuesto al que se encontraba Ignacio, las piernas se le enredaron en la silla y no podia. Entonces oyo la voz de su hijo:

– Padre, te pido perdon.

Las pequenas arrugas que Matias tenia entre los ojos y las sienes se le acusaron como nunca. Se detuvo. Consiguio ponerse en pie y miro a Ignacio. Pilar se habia asomado a la puerta de su habitacion. Ignacio repitio: «Padre, te pido perdon», al tiempo que leia en los ojos de Matias Alvear indicios de lucha. Entonces inclinando la cabeza se le echo al cuello y le abrazo; y su padre se hallo dandole golpes en la espalda.

Carmen Elgazu habia salido de compras. Pilar no sabia si unirse al duo. Se le ocurrio gritar, al ver que los dos hombres se separaban: «?Catarros…?» Pero en vano espero que uno de los dos le contestara: «Neumaticos Michelin». Matias Alvear e Ignacio tenian un nudo en la garganta que les impedia hablar.

Y en medio de todo aquello. Pilar continuaba preguntandose que pecado habia cometido su hermano.

CAPITULO XLIV

Gran jubilo en la familia. Jubilo que devolvio a Ignacio las fuerzas, que le permitio salir al balcon aprovechando los tenues rayos de sol del mediodia. Al dia siguiente, bajo las escaleras. Las piernas le flaqueaban, se paseaba como un viejo. Al otro le dijo a su madre:

– Hoy, si me acompanas, iremos a confesar.

Poco a poco la savia de la juventud le iba penetrando.

En la tarde del domingo habian acudido a verle David y Olga. Le encontraron excesivamente desmejorado. «Tendremos que volver a San Feliu.» Los maestros le contaron que habian conseguido recuperar casi todos sus alumnos. Iban a reanudar las clases. Se acordaban mucho de la carcel… pero ya todo habia pasado.

– Todo pasa. Ya lo ves. La reclusion, las enfermedades.

Matias Alvear, en Telegrafos, habia vuelto a hablar de su hijo. «Ya sale al balcon a tomar el sol.» Y en el Neutral dijo, ante las fichas de domino: «Me parece que se ha acabado la mala racha». En efecto, emparejado con don Emilio Santos, su lapiz no cesaba de anotar tantos a su favor, en el marmol de la mesa. Julio Garcia y el doctor Rossello tenian que pagar las consumiciones de los cuatro.

Y en cuanto a Ignacio, cumplio lo prometido. Del brazo de Carmen Elgazu salio a media tarde, para ir a confesar.

– ?Donde quieres ir?

– Con mosen Francisco.

Carmen Elgazu se alegro de la eleccion. Y tomaron la direccion de la parroquia de San Felix, cruzando la calle de las Ballesterias.

La eleccion de sacerdote habia sido un acto consciente. Ignacio queria alguien que le comprendiera y le

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