Barcelona. Tenia las senas del Jefe, J. Campistol; se las habian mandado de Madrid. Pero le preocupaba Gerona. «?Era una ciudad tan complicada!» De un lado espanolisima, arquetipo casi, con su obispo siempre alerta, capacidad emotiva, conventos, chicas guapas, gran riqueza mental, cuarteles insalubres, amor propio; en otros aspectos inabordable. Ya se lo dijo: catalanista, empezando por los curas. Insensible a las grandezas de Espana: sin darse cuenta, preferian influencias que ellos llamaban europeas y que Dios sabe de donde habian salido. Comerciantes por naturaleza, no avaros, pero dandoselas de saber administrar. Al oir las palabras peligro, sacrificio, dar la vida, etc…reaccionaban violentamente: «Aqui quijotes, no». Y luego a lo mejor lo eran mas que nadie. Imperio, mar azul, flechas y Falange, etc…todo ello era un lenguaje que les sonaba distante tal vez a consecuencia de la vecindad con Francia, de su idioma, menos epico que el castellano, de un sentimiento poco heroico de la tierra. Los obreros decian: «Senoritos de Madrid», aunque se hubieran fusionado con las JONS y fueran de Zamora o de Burgos. Los abogados, propietarios, grandes industriales, etc… sabian vivir. Gran solidez familiar. Dificil que emprendieran una aventura si no la encabezaban senores con barba. La juventud les aterrorizaba, y Falange era juventud. En fin, esto ocurria en todas partes. Su propio padre, con ser de Madrid, le habia dicho que tuviese cuidado; y el propio comandante Martinez de Soria, al parecer los tomaba por escapados de una jaula.
Los Martinez de Soria se rieron. ?Que se les iba a hacer! Nunca se creyo que la labor fuera facil. Sin embargo, arriba siempre. De momento ?que mas queria? El tenia una formacion. Y tal vez, en Hacienda, aquel Octavio Sanchez resultara un gran camarada. El menor de los hermanos anadio:
– Tu veras lo que te conviene. A mi me parece que deberias rodearte de gente de aqui. Y desde luego, pocos militares. Ya sabes: barberias, cafes. Lastima que estes en la Tabacalera. Mejor te valdria trabajar en una fabrica.
Fernando vio una posibilidad entre los decepcionados de la revolucion de Octubre.
– Tienes el ejemplo en Oviedo. Mas de cien mineros se han incorporado a Falange Asturiana.
– Lastima que nos marchemos el dia cinco. Te ayudariamos muy a gusto.
Llegaron a la plaza de la Catedral. Gerona habia conmovido mucho a los Martinez de Soria. San Pedro de Galligans, los Banos Arabes. Iban recorriendo la ciudad de punta a punta. Palpaban los muros, se indignaban ante muestras de abandono. Especialmente les gusto la calle que unia la de la Barca con la Rambla, la de las Ballesterias. Estrecha calle, a los pies de la cuesta de la iglesia de San Felix, taller de artesanos en cada entrada. Pequenos simbolos surgian de las fachadas: un paraguas en miniatura, un cuchillo, una bota. Al anochecer se encendian los farolillos y con el viento estos y los simbolos se bamboleaban. Pero no importaba; al fondo del taller, la figura del artesano aparecia inconmovible, seguro, sentado ante sus instrumentos, frente a la bombilla. Especialmente les llamaron la atencion los herbolarios. Encima de uno de aquellos establecimientos trabajaba Pilar. «Casa fundada en 1769.» «Casa fundada en 1800.»
Mateo se sentia a gusto entre sus dos camaradas. Le habia ocurrido como a un misionero que de repente oye por radio la voz de la Patria.
Marta los acompanaba. Tambien la muchacha estaba enamorada de la parte antigua de la ciudad. Pero, sobre todo, le gustaba la Dehesa, que conocia palmo a palmo, gracias a su jaca, cuyo
La muchacha le habia dicho: «?Mateo Santos…? Me acordare muy bien. Estoy muy contenta de que en Gerona haya alguien de Falange. Me sentire mas acompanada».
Fernando y Jose Luis dijeron a Mateo: «Marta es una criatura extrana». Mateo no lo creia asi. Mateo observaba que aquellos de sus amigos que tenian hermanas les hacian poco caso. ?Que barbaridad! ?Como podia ser extrana una mujer que mira a los ojos abiertamente, que sonrie a tiempo, cuyo rostro se ilumina cuando una palabra grande se introduce en la conversacion? Delgada, gran cabellera partida en dos. Cuando se sentaba, unia los brazos a partir del codo. Sabia escuchar. Vestida de negro, uno la imaginaba levantandose, echando a caminar sosteniendo un libro, siempre adelante, hasta llegar a una cima donde se celebraba en la noche la Gran Fiesta de la Discrecion. Mateo habia estrechado con fuerza la mano de Marta y le habia dicho: «Yo tambien me sentire mas acompanado».
A ultima hora, cuando oscurecio, el falangista invito a sus camaradas a su casa. Queria que vieran su despacho. «Cuando se conoce la habitacion de un amigo, se es mas amigo de el.» Tambien queria ensenarles el revolver.
Don Emilio Santos, ante Fernando y Jose Luis, arrugo el entrecejo. «Dime con quien vas y te dire quien eres.» El pajaro disecado brinco de gozo en su rincon.
Los Martinez de Soria se sentaron en las sillas preparadas para las reuniones, inaugurandolas simbolicamente. Luego, el menor de los dos, senalando el escritorio, dijo:
– Nosotros, ahi donde el tintero, tenemos una calavera.
Fernando miro el retrato de Jose Antonio y explico:
– El dia quince estuvo en Valladolid.
CAPITULO XLIII
El terror de Ignacio al descubrir la mancha de pus en la sabana fue tal que creyo que estaba perdido. ?Enfermedad venerea! La imagen de Canela se le clavo en la mente como un impacto.
Fue tanta su verguenza que, alelado, apago la luz; pero entonces sintio aun mas claramente el roer del mal.
Retardo el instante de volver a iluminar la habitacion. «Senor, si todo esto fuera una pesadilla…» Prometio mil cosas a la vez, subir a pie en penitencia, a la cercana ermita de los Angeles…
Dio la luz de nuevo y con cuidado saco las piernas de la cama y se puso de pie sobre la alfombra. Sintio una fuerte punzada. Intento andar. Lo conseguia con dificultad. Y era evidente que a cada minuto iria empeorando.
Entonces, yerto en el centro de la habitacion, levanto la vista. El espejo le devolvio su imagen, despeinada, en pijama, y al fondo los ojos de San Ignacio fijos en el.
Repentinamente decidido, se examino el mal. Recordo ilustraciones entrevistas en folletos higienicos. Luego examino la sabana. ?Como borrar aquello, para que su madre y Pilar no se enteraran? Su madre y Pilar, lo primero que hacian cada manana, era entrar en su cuarto y hacer la cama.
Volvio a acostarse, volvio a pensar en Canela, y recordo la advertencia de su padre. Sollozo, agarrado a la almohada.
De pronto llamaron a la puerta. ?Santo Dios! Daban las ocho, tenia que levantarse. La puerta se entreabrio y entro Carmen Elgazu.
– Mama… -balbuceo.
Carmen Elgazu se acerco a la cama.
– ?Que tienes, hijo?
Ignacio la miro con desacostumbrada intensidad. Carmen Elgazu, con temor, extendio su brazo y le toco la frente.
– ?Tienes fiebre!
– Creo que si.
– Pero ?que te duele? ?Cuando empezaste a sentirte mal?
– Esta noche.
El termometro fue elocuente. Matias Alvear acudio. Y Pilar. El desfile comenzaba. Todos rodearon su cama, sin saber lo que las mantas ocultaban. Todos le querian. «No te preocupes, iremos al Banco a avisar.» «?Vamos a traerte otra manta!» «Un poco de gripe.»
La nueva manta cubrio definitivamente su secreto. Los postigos fueron entornados y quedo solo con su oscuridad. Oia los pasos cuidadosos de los suyos, en el pasillo. Reconocia los ruidos familiares en el comedor. Un absoluto abatimiento le invadio.
Al despertar sintio en el acto que el mal avanzaba implacable. Era preciso tomar una determinacion. Algo que evitar a toda costa: la visita del medico. Por desgracia el era sumamente inexperto: necesitaba actuar con rapidez, que alguien le aconsejara.
