Habia algo que preocupaba mayormente a Cesar. Saber si en los Hermanos habia ardido la capilla.
Ignacio informo:
– Fue donde prendieron fuego.
Carmen Elgazu anadio:
– ?La Sagrada Forma ha sido quemada, si! Ya ves hasta donde hemos llegado.
Matias hubiera deseado celebrar la llegada de Cesar de otra manera.
– ?Bien, bien! -cortaba-. Ya me estaba yo preguntando: ?cuando veremos a Cesar?
Cesar sonreia.
– Ya lo ves. Ya estoy aqui.
Pilar le conto mas tarde que habian asesinado al hermano Alfredo. Cesar quedo inmovil. Se toco las gafas.
– ?Por que precisamente al hermano Alfredo?
Ignacio contesto con naturalidad:
– Querian una victima. Uno u otro tenia que ser.
El seminarista se hallaba visiblemente afectado, pero conservaba una extrana calma.
– ?Y que pasara ahora? -pregunto.
Carmen Elgazu volvio a intervenir:
– Nada, hijo. ?Absolutamente nada! ?Que quieres? Eran mas de mil.
– Bueno, bueno. Dejemos eso -decia Matias.
Cesar se hizo cargo de que con su actitud intensificaba la pena de los demas. Matias se habia levantado y miraba al rio. El muchacho se dirigio a Pilar, la cual estaba preocupadisima.
– Pilar… -dijo-. ?Cuando podre saludar a Mateo?
La muchacha se volvio hacia el como tocada por un resorte.
– ?Imposible! Piensa que te seguiran dondequiera que vayas.
Era inutil eludir un obstaculo; salia otro.
Cesar pregunto por mosen Alberto y por mosen Francisco.
– Mosen Alberto, deshecho por lo de la sirvienta. Mosen Francisco… trabajando como siempre.
Entonces sono bruscamente el timbre de la puerta.
– ?Quien sera?
Por un momento la familia supuso que seria Julio. No, Julio no; tal vez Marta.
– Pilar, vete a abrir.
Era don Emilio Santos. Todos se levantaron para recibirle. Al ver a Cesar, el padre de Mateo tuvo una gran sorpresa y algo asi como un presentimiento de que traeria aires beneficos. Le puso la mano en la rapada cabeza.
– Mejor hubieras hecho quedandote donde estabas -le dijo.
Cesar nego, sonriendo.
– Me echaron.
Don Emilio Santos tomo asiento. Carmen Elgazu fue a prepararle cafe.
– Me sentia solo, y he venido… -dijo. Todos exclamaron:
– ?Bien hecho! ?No faltaba mas!
– Todo esto es una locura, Cesar -comento, mirando de nuevo al seminarista.
Matias pregunto a don Emilio:
– ?No le han molestado a usted…?
Don Emilio movio la cabeza.
– Pues… ayer tuve una nueva visita de los agentes. -Luego anadio-: Parece mentira que Julio suponga que yo he de delatar a mi hijo.
Ignacio le dijo:
– No se. No me gusta que se quede usted solo en casa.
– ?Por que? Yo no temo nada…
Ignacio insistio:
– No diga eso. Todos sabemos que le asusta quedarse solo.
El hombre movio la cabeza.
– No es que me asuste, Ignacio -explico-. Pero es natural. A mi me gusta la vida familiar, ?comprendes?
Ignacio no sabia que decir. Don Emilio suspiro:
– Parece que medio mundo se ha vuelto loco -dijo-. Y lo que asusta -anadio- es pensar que el otro medio se defendera.
Carmen Elgazu, que acababa de servirle el cafe, le miro con curiosidad.
– ?Cree usted que la otra mitad se defendera?
Don Emilio tomo un sorbo.
– ?Claro! -exclamo, sintiendose reconfortado-. Miren ustedes. Puedo darle un detalle. En la Tabacalera, el cajero, que no es hombre belico ni mucho menos, les aseguro, se presento ayer con una de las octavillas de Falange y dijo: «Hay que reconocer que esto es algo».
Ignacio hizo un gesto de escepticismo.
– Sabe usted… -dijo- lo de Mateo es muy bonito, pero…
– ?Pero que…?
– Pues… que asaltar conventos es mas facil.
– No tan facil -dijo Matias.
– ?Bueno! Quiero decir que le es mas facil a Cosme Vila ganar adeptos.
Ignacio anadio, despues de un silencio:
– Me averguenzo de lo que esta ocurriendo, en serio. Nunca hubiera creido que Espana pudiera ser asi.
Carmen Elgazu asintio con energia.
– Tienes razon, hijo.
– La capacidad de odio que hay es terrible -prosiguio Ignacio-. Estoy verdaderamente avergonzado. Son miles de espanoles capaces de cualquier barbaridad.
Don Emilio Santos dejo la taza sobre la mesa.
– ?Ah, no simplifiquemos las cosas! -dijo-. Tambien los hay a miles capaces de lo contrario. Y si no, al tiempo…
Ignacio no insistio. Don Emilio Santos se sentia consolado. En aquella casa se encontraba a sus anchas. Miro a Cesar. Queria preguntarle algo y no sabia que.
– ?Que se dice en el Collell? -hablo por fin-. ?A que se atribuye todo esto?
Cesar le miro con fijeza.
– A que la sociedad se aparta de Dios.
Por el momento, las medidas tomadas por la Jefatura de Policia eran dos: interrogatorio a Cosme Vila y detencion de Teo; por otro lado se buscaba a Mateo y a los dos desconocidos que tomaron parte en el atentado contra el doctor Relken.
Esta era la reaccion practica registrada en las alturas. Julio habia dicho: «Se procedera severamente contra unos y contra otros».
Tocante a la poblacion, la muerte del hermano Alfredo provoco indignacion general, y salieron muchas personas afirmando que las acusaciones contra el sacristan carecian de fundamento. Por fortuna, parte del edificio pudo ser salvado, gracias a la eficaz intervencion de los bomberos. Pero toda una ala del convento se derrumbo.
Los que con mayor vigor reaccionaron en contra del hecho fueron los innumerables ex alumnos de los Hermanos de la Doctrina Cristiana. En el patio de aquel Colegio habian jugado al futbol muchos ciudadanos gerundenses y, en algun rincon, fumado el primer pitillo. Por lo tanto, el convento era sagrado para ellos y consideraban que ni la miseria que pudieran pasar los seguidores de Cosme Vila ni la noticia de la paliza al doctor Relken justificaban que hubiera sido incendiado.
En resumen, «la otra mitad» de que hablaba don Emilio Santos sintio por primera vez, con fuerza inequivoca, que algo vital estaba en peligro, que estaba en peligro la propia vida de la sociedad, las creencias, la historia y tradiciones por las que el pais habia vivido siempre. El sentimiento era inequivoco en el fondo de cada ser, y cada
