ser lo manifestaba a su manera. Las viejas saliendo de la parroquia del Carmen, pegada a Comisaria, y persignandose al ver pasar a Julio. Los veteranos tradicionalistas coincidiendo en tomar el sol en parajes apartados donde pudieran hablar a sus anchas. Los educandos de los Hermanos yendo una y otra vez a contemplar los escombros de su Colegio, con la esperanza de encontrar el lapiz perdido, los libros. El sobresalto de las taquilleras en los cines al ver entrar por la ventanilla unas manos ennegrecidas. La ausencia en la Rambla de toda persona que no llevase en el bolsillo un carnet obrero con todos los sellos necesarios.

No obstante, esta protesta era en el animo de la mayoria un simple sentimiento miedoso. Al notario Noguer, que no se cansaba de repetir: «Hay que tomar una determinacion», fueron infinidad los que le contestaron. «?Que quiere hacer? La batalla esta perdida».

En realidad, en los unicos lugares donde se perfilaba claramente una voluntad de accion, y de accion comun, era en el interior de algunos cerebros repartidos por la ciudad; el cerebro de «La Voz de Alerta», los cerebros de ciertos oficiales del Ejercito, los cerebros de algunos jovenes tradicionalistas y de la CEDA, cerebros de falangistas y, dominandolos a todos, el cerebro del comandante Martinez de Soria.

Un indicio claro lo suministraba la manera de tratar a los soldados. Algunos oficiales veian sin lugar a dudas que su autoridad disminuia y eran blanco de bromas y frases alusivas; por el contrario, otros habian adoptado de repente una actitud rigida, imponiendo la mas estricta disciplina, como defendiendo en cada orden el amenazado prestigio del uniforme.

En cuanto a los jovenes tradicionalistas y de la CEDA, tuvieron una curiosa reaccion, parecida a la del cajero de la Tabacalera: leyeron con avidez y se pasaron de mano en mano las octavillas de Mateo.

«Es un error suponer que los militantes comunistas se han lanzado a la calle para tener una piscina como la de Novogorod. Nadie se juega la vida por una piscina. Solo se combate por algo espiritual, aunque a veces los propios protagonistas no se dan cuenta.»

«Si Falange ha puesto rosas rojas en las tumbas de Jaime Arias y Joaquin Santalo, ha sido porque respeta a los que dan la vida por una idea.»

Los hijos de don Santiago Estrada no daban credito a lo que leian sus ojos. Habian visto arder su Internado en Mataro y ante el incendio de los Hermanos revivieron la escena. Las palabras de Mateo penetraban en ellos certeramente. «Nadie combate por una piscina.» Nadie combate tampoco por unas prendas de abrigo.

Los dos muchachos se encontraban sin partido y con el local clausurado. Desde aquel momento no pensaron sino en la manera de entrar en contacto con Mateo. ?Que hacer? No querian comprometerle; por otra parte, querian oir de sus labios explicaciones concretas. Finalmente, fueron a ver a Marta…

En cuanto a «La Voz de Alerta», la entrada de Teo en la carcel acabo de convencerle de que el dilema estaba claro: matar o morir. Verse obligado a compartir la celda con el gigante era una tortura superior a sus fuerzas. A traves de las rejas del locutorio le dijo a Laura: «?Vete a ver al comandante Martinez de Soria y dile que te de una pistola! En el momento senalado usaremos de ella, saldremos de aqui y nos uniremos a las fuerzas. Don Jorge esta decidido, a pesar de la edad, y los demas lo mismo. Y el primero que desaparecera sera Teo».

Laura se habia horrorizado viendo a su marido en aquel estado; el comandante Martinez de Soria, a quien los nervios de aquella mujer inspiraban escasa confianza, le dijo: «No se de que fuerzas esta usted hablando».

En cuanto a Mateo, por primera vez se atrevio a confiar a sus camaradas que, en efecto, se preparaba un movimiento militar para el caso de que el Gobierno no se decidiera a poner orden en la nacion. Despues de la paliza al doctor Relken y de restituir la imagen al Museo, aprovechando el caos por la manifestacion comunista, se habia ido a casa del Rubio y alla se quedo, en la cocina. La madre del Rubio estaba convencida de que era un musico de la Pizarro-Jazz y de que tambien eran musicos Padilla y Rodriguez, los unicos camaradas que, vestidos de paisano, iban a verle.

Mateo, en ausencia de Octavio, Haro y Rossello, y por ser los dos guardias civiles los unicos no conocidos como falangistas, los nombro jefes de escuadra. Serian los encargados de enlazar con Roca, Jorge y Benito Civil, a quienes, de momento Julio parecia dejar en paz a pesar de lo del cementerio, y con Marta; asi como de dar instrucciones a los que ingresaran de nuevo.

Fue, pues, a Padilla y Rodriguez, a quienes Mateo comunico que el comandante Martinez de Soria estaba en contacto con Barcelona y Madrid «para defender a Espana con la sangre.»

– Esta claro que no hay otro remedio -dijo-. La pasividad de Julio y la de todos los Julios en el resto de nuestra pobre Patria resulta monstruosa. Hay una autentica conspiracion masonico-socialista-sovietica contra Espana. Los movimientos de salvacion que se inician son muchos, especialmente dentro del Ejercito. Falange ha dado la orden de no obedecer sino al jefe militar que pronuncie la palabra «Covadonga»; y esta es la palabra que pronuncio el comandante Martinez de Soria al llamarme, por mediacion de Marta. Asi que ya lo sabeis. La cosa esta prevista para octubre o noviembre, quiza mas tarde. Cuando la red quede establecida con seguridades de exito; en estos meses nos defenderemos como podamos, captando el mayor numero posible de adeptos y sin perder nunca contacto.

Padilla y Rodriguez le preguntaron:

– ?El capitan Roberto esta al corriente…?

Mateo levanto los hombros.

– No se… El problema de la guardia civil es muy delicado. No se sabe.

Padilla parecio preocupado. Luego anadio:

– ?Que generales dirigen el golpe?

Mateo saco el panuelo azul.

– Creo que Mola y Sanjurjo… Pero no se. Hay otros.

Rodriguez pregunto que impresion se tenia de Gerona, si podria contarse «con muchos fusiles».

Mateo hizo un gesto de duda.

– Depende mas de ellos que de nosotros. Si continuan incendiando y matando, creo que podremos contar con… ?que se yo!, con trescientos hombres.

Padilla estimo que la cifra era exagerada. Tenia pesima opinion de las posibilidades combativas de los catalanes, y estimaba que casi todos «estaban liados con la chusma».

– Te equivocas -dijo Mateo-. Aqui hay mas reservas de lo que parece. La gente es cauta, desde luego, porque tiene mucho que perder; pero si se acierta con darles la palabra justa, responderan como en Castilla u otro lugar. Ya veis que hasta don Jorge pide un fusil.

Rodriguez se quito de los labios la colilla.

– Don Jorge ha ido siempre de caza.

Mateo les recomendo en grado sumo que Marta se abstuviera de visitarle. «Si hay algo urgente, que le de el recado al Rubio.»

Luego les pidio que, al pasar bajo el balcon de los Alvear, saludaran con la mano.

En cuanto al comandante Martinez de Soria, no se tomaba ya la molestia de discutir el «porque». Para el ya no existian mas que la palabra «Covadonga», la obediencia a los jefes de Madrid y el numero posible de «fusiles» con que podria contar en Gerona. Sentia como Mateo las heridas a la Patria, cada ?Viva Rusia! en labios de mujer espanola le atravesaba el uniforme; pero queria que dominara en el el militar. Serian muchas vidas las que arrastraria consigo. La suerte de una plaza, quien sabe si la suerte del Movimiento. La provincia era importante, fronteriza, con puertos de mar. «Covadonga». No habia dicho nada aun a su mujer; nada tampoco a Marta. Marta se reia de sus precauciones, pues siempre a traves de Mateo, y ahora a traves de Padilla y Rodriguez, iria sabiendolo todo.

El comandante contaba con el apoyo de varios oficiales de la guarnicion. Habia notado en la mirada que le serian fieles. El que recibio en la puerta del cuartel a Teo le habia dicho, al ver pasar unos guardias civiles acompanando a los Hermanos al Palacio Episcopal:

– Mi comandante…?sabe usted que el general Franco ha escrito varias veces al Gobierno conminandole a que restablezca el orden?

El comandante se habia atusado el blanquecino bigote.

– Conminacion es mucho decir… Pero, en efecto, parece ser que ha advertido a varios ministros.

Julio estaba enfurecido contra los Costa y Casal, que no habian querido secundar su proyecto por estupidos regateos.

– No se dan cuenta -le decia a Antonio Sanchez, volviendo a su primitivo pensamiento- que he de tener algo mas que guardias que oponer a esa chusma. Hubiera podido ordenar que se disparara contra los asaltantes, ya lo se. ?Hubieramos podido sacar incluso la artilleria! Pero hubiera sido peor. Hay que darles algo que masticar.

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